Dejó de ser colectivo y ahora es casa. Lo instalaron en un terreno de Ezequiel Fersen, en Reina Marg

Sociales

Un colectivo hecho casa

Transformer

11|07|21 12:46 hs.


Por Valentina Pereyra 
Fotos Marianela Hut

El sueño de la casa propia. El sueño de vivir juntos. El sueño del techo que los cobije para siempre. El sueño de formar una familia. No hay límites para los sueños. 

Ezequiel Fersen y Maribel Marchi encontraron el suyo cerca del cementerio, tirado en un terreno. Las páginas de compra y venta que aparecen en Facebook motivaron la búsqueda que llegó en el momento menos pensado. 

Ezequiel encontró una publicación que llamó su atención, miró las fotos, las especificaciones técnicas y habló con Maribel sobre la posibilidad de hacer la compra de su vida. La pareja deliberó, analizó posibilidades, opciones. Antes, quisieron comprar un conteiner, idea que quedó descartada por su precio en dólares. Ahora, podían tener un colectivo. Estaba a la venta, tenía la baja como transporte, no tenía motor y había hecho su último viaja a La Salada. 

El sueño comenzó a forjarse hace cuatro años cuando la aplicación Tinder los unió, cuando Maribel decidió dejar su pueblo de adopción Guatimozil, una localidad del partido de Marcos Juárez. 

Ezequiel era chofer de camión, trabajaba en Isla Verde, Córdoba, cerca de Venado Tuerto y del pueblo de Maribel. Mensaje va, mensaje viene, se afianzó la relación. Un día, el joven manejó hasta la casa de la chica y se conocieron. Las conversaciones virtuales se materializaron, se sucedieron las visitas de Guatimozil a Tres Arroyos y al revés, hasta que Maribel se quedó en nuestra ciudad y comenzaron el proyecto de vida juntos.

 Los primeros años vivieron en un espacio que compartían con la mamá de Ezequiel hasta que comenzaron a pensar en la casa propia. Sin embargo, los ladrillos, el cemento o la chapa no fueron los materiales elegidos para la construcción del hogar. No pensaron en algo convencional. “Queríamos tener un lugar para nosotros”. 





El sueño estaba a cinco llantas y unos pesos más de distancia y, una vez que concretaron el negocio, estuvo en el terreno que Ezequiel tenía en Reina Margarita al 1300. “Compramos el colectivo y fue tremendo su traslado. Lo habían dado de baja, no tenía motor y cuando le dije al dueño para qué lo quería me dijo que iba a ser imposible, en realidad a cada uno que le contaba opinaba lo mismo”. 

Arrancar Ezequiel trasladó el colectivo con el camión, la primera y gran complicación. “Fue muy difícil entrarlo, sacarlo del terreno donde estaba, durísimo porque adelante es doble eje, la dirección es de cuatro gomas y sin dirección fue todo fuerza, lo enganchamos y lo tiramos hasta acá”. Empezó la transformación en el galpón de la empresa para la que trabaja, una vez que lo más pesado estuvo listo llevó el colectivo a su terreno de Reina Margarita 1300 donde concretó el sueño de la casa propia. “Cuando tomó forma me empezaron a ayudar, cuando vieron que no estaba tan loco y que lo iba a lograr”. 

Ingresaron con la casa de catorce metros de largo y tuvieron que pedir cinco metros extras a la hermana de Ezequiel que edifica en el terreno lindero. “El día de mañana que tengamos hijos construiremos adelante y el colectivo quedará como un quincho”. 





Ese mundo de 55 asientos tenía que convertirse en un hogar, “ya sabía lo que quería, además me doy maña para hacer cosas, saqué los asientos, había que cortar los tornillos, todavía me quedan dos, algunos vendí y otros se los di a un compañero que me estuvo ayudando. Siempre supe cómo iba a hacerlo, hubo, por supuesto, ensayo y error porque nunca tuve planos, pero tenía todo en mi cabeza”. 

La puerta de ingreso es la original, la que conducía a la cabina de los choferes. Detrás de ella, tres escalones altísimos dan la bienvenida a la cocina. Las velas, adornos, portarretratos se disponen sobre los muebles que armó el joven a modo de alacenas o de mesadas. Una pileta, el horno eléctrico, la heladera. Las cortinas que cierran la decoración le dan el toque femenino. “Estaba la butaca del chofer, otra larga al lado, la cucheta y una baulera, así que tuve que cortar porque era muy chico el espacio, por suerte no perdí ningún dedo en el intento de hacer lugar”, bromea. 

No todo lo que está en la casa encontró su lugar al primer intento, como la pileta de la cocina que divide dos ambientes, porque su primera instalación fue en otra mesada. Como quedó incómoda Ezequiel la cambió de lugar. “Iba construyendo sobre la marcha, haciendo y cambiando. Me regalaron cajones y puertas que aproveché para hacer muebles”. 

La decoración tiene la mano y el gusto de Maribel. “Le voy poniendo de a poquito los detalles con el mínimo peso que hago, voy acomodando la casa, falta…Pero…” 

Cuando se mudaron no tenían ducha, pasó un tiempo hasta que la construyeron en el primer piso frente al baño original del colectivo que ahora luce un revestimiento moderno. “Lo que falta es para poder estar cada vez más cómodos, nos regalaron el horno eléctrico y nos estamos haciendo amigos”. 

Para ingresar al comedor hay que subir otros escalones, los que conducían del primer piso del colectivo al segundo. “Ahí adelante corté”, dice Ezequiel en referencia al sector del transporte donde estaban los asientos que quedan casi pegados al parabrisas. “Por ahí no te das cuenta, pero el piso del comedor es el original, pero tuve que cortar para que el espacio de la cocina fuera más amplio”. 





Varias sillas rodean una larga mesa de madera que apoya sus patas sobre una alfombra negra antideslizante, la misma función que tuvo cuando fue el piso de los asientos. “La parte de adelante no me servía dejarla original porque era muy bajita, así que desarmé el tablero, el volante, todo. Y corté para hacer el comedor”. 

La luz del mediodía ingresa sin temor por las ventanas vestidas con cortinas blackout, envuelve el ambiente y le brinda una tibieza hogareña. 

El interior del colectivo luce impecable, blanco, prolijo, una membrana invisible cubre el techo de fibra de vidrio protegiéndolo de la lluvia y la humedad, el corte de los buches en los que el pasaje guardaba sus pertenencias, ganó espacio para el comedor. “Saqué las baulera de arriba de los asientos, para hacer lugar”. Las paredes de durlock también tienen aislante, quedan algunos vidrios de las ventanas originales y a otros los cubren las placas de construcciones en seco. “Cuando hace calor, sin el aire te derretís, así que lo primero que pusimos fue un aire frío calor”. 

Una puerta corrediza separa el comedor de la habitación instalada en lo que fueran los últimos asientos del colectivo. Es un espacio luminoso, con una cama doble cubierta por un hermoso acolchado y con almohadones combinados. “Primero pensé hacer la habitación abajo, no me daba por la altura, abajo arme la ducha y el baño original, es provisorio porque estoy comprando para hacerlo en la parte de adelante del colectivo”. 







La transformación se completó con la cubierta de machimbre y chapas con la que revistieron el exterior del transporte, le sacaron las ruedas y después de un año se convirtió en una casa. “Fui haciendo cambios afuera para que no diera tan pobre”, dice. 

Hay otros materiales para realizar más arreglos, más ideas en lo que fue la baulera del micro. Ezequiel construyó una platea de nueve por cuatro metros entre la puerta por la que subían los choferes y la que daba el ingreso a los pasajeros, con la esperanza de levantar un baño, una nueva cocina y un fogón. “Veo que falta todavía, lleva tiempo, voy comprando de a poco”. 

La electricidad, el agua, el gas, fueron obstáculos que se solucionaron con muy buena voluntad. El hermano de Ezequiel es electricista y resolvió el problema eléctrico colocando térmica para las luces, térmica para enchufes y disyuntor. 

Antes del primer día del 2021 Ezequiel y Maribel concretaron el proyecto de sus vidas, dejaron la casa donde vivían, en la parte de atrás de la vivienda de la madre del joven, y se subieron al colectivo. La gente pasa por Reina Margarita al 1300 para ver el espectáculo de la casa montada íntegramente en un colectivo, “Se sorprenden que vivamos en un colectivo, pero los amigos lo consideran una buena idea, algunos nos confiesan que le gustaría tener uno, pero que sus mujeres no los dejan… Nos mandan ideas y fotos de todos lados para que incluyamos al proyecto”. 

Ezequiel y Maribel tienen una casa de catorce metros, un mundo de 55 asientos sin asientos. Viven en el colectivo que es su hogar. Los sueños son eso, sueños que cuando se cumplen, invitan a otros, nuevos, diferentes, más o menos locos, pero posibles, como este.

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Los locos del colectivo
-Si vas a poner un título tiene que ser “Los locos del colectivo”. 

Después de la visita guiada por toda la casa, Ezequiel bajó las escaleras y dijo esta frase que resume el proyecto de su casa propia. Fue un trabajo en equipo, mano de obra calificada, paciencia y apoyo mutuo. 

Maribel Marchi estudia en el Instituto 167 maestra de educación primaria, está en tercer año, da clases particulares y trabaja con su suegra en el kiosco del hospital que la familia de Ezequiel concesiona hace unos siete años. Antes de llegar a Tres Arroyos trabajó cuidando a una niña con la que todavía mantiene contacto y vivió con su abuela, hermana y hermano mellizo. “En mi pueblo Guatimozil, al sur de Córdoba en el límite con Santa Fe, tenía una rutina que me aburría, muy lindo pueblo y con mucha actividad económica, pero yo buscaba algo más. Decidí cambiar aunque hasta el día de hoy pienso que me voy a volver a Córdoba, lástima que le sacamos las ruedas”, bromea. 

Maribel tiene 28 años y muchas ganas de hacer y de aprender. Al principio fue difícil la adaptación, no conocía a nadie y vivía muy encerrada, extrañaba la vida social, a los amigos, a su familia. La joven nació en Córdoba pero a los once años se fue al pueblo desde donde emigró hacia nuestra ciudad. “Estábamos viviendo en la casa de mi suegra y venía hablando con él de que teníamos que vivir solos, yo desde los 17 años estaba sola, así que lo pinché y lo pinché para que tengamos nuestra casa, siempre lo apoyé con sus ideas”. 





La “seño del colectivo”, como la llaman sus compañeras de la carrera docente, nunca imaginó que viviría ahí, confió en su pareja aunque frente a ellos solo hubiera asientos, volantes y ruedas. “La vida es una, hay que tener esperanzas, proyectos, nunca imaginé que iba a quedar habitable”. 

Ezequiel Fersen es un busca vidas, un todo terreno, que arrancó vendiendo el diario La Voz del Pueblo cuando todavía estudiaba el secundario en la Escuela Media. “Me levantaba a vender a las siete de la mañana y a la tarde iba al colegio. Se vendía bien el diario en el barrio de Huracán y tenía más ganancia los domingos. Después, empecé en una carpintería en calle Balcarce al 200, estuve bastante ahí, ya me había pasado al nocturno porque se hacía difícil estudiar trabajando”. El trabajo le enseñó un oficio y muchas habilidades. Después lo contrataron en un taller de chapa y pintura donde también aprendió. 

“Estuve trabajando en Rosario, por esas cosas, en una fábrica de pallet y cuando me vine hice la inscripción para el servicio militar voluntario. Me llamaron y me alisté en Punta Alta, pero me volví porque no aguanté. Así que seguí trabajando en el taller un tiempo”. Luego estuvo en el kiosco de la terminal, en la confitería y después al restaurante de mozo con Mariano Guzmán, y siguió con él cuando puso su comedor en calle Alsina. “Fue un muy lindo trabajo”. 

El periplo no terminó, del restaurante se fue a su propio negocio, un mercadito en la avenida Güemes al 900 que trabajó mucho y no paraba ni de día ni de noche, fines de semanas o feriados. “Era muy esclavo y justo mi vieja agarró el kiosco del hospital, así que lo cerré, llevé toda la mercadería para allá y me puse a trabajar con ella”. 

Pero la cosa no quedó ahí, inquieto, decidió comprar un auto cero kilómetro con un socio para hacer el servicio de remís. “No alcanzaba para pagar la cuota del auto y ganar, ahí dejé y me subí al camión y estoy de chofer desde hace cinco años, pero me gustaría hacer cosas, lo mío es otra cosa, es hacer con mis manos”. 

-No tuve en ningún momento el problema de estancarme, siempre seguí avanzando, no me pasó decir: bueno, llegué hasta acá, dice Ezequiel. 

-Me encanta trabajar en las instituciones de la ciudad, siento que con el trabajo con niños no voy a tener problema, me encanta estar acá, dice Maribel. 

-Desarrollamos la idea muy rápido, hay que animarse, tenés que tener paciencia e imaginación, hay que ver más allá, dedicación y esfuerzo, dicen Maribel y Ezequiel. Hay oportunidades en la búsqueda, amor en cualquier lugar, familia sin distancias, y casa propia… ¡En un colectivo!