(Imagen ilustrativa)

La Ciudad

Por Martina T. Rodríguez (*)

Día del Amigo: Una hermandad elegida

20|07|21 21:07 hs.

Desde nuestra práctica profesional -en la clínica- solemos entender en el sujeto que acude a la misma es alguien que está sobrellevando alguna angustia, y qué a la vez está dispuesto a lidiar con su fantasma e historia para dejar de padecerla. 


Muchas veces notamos que quienes acompañan a este sujeto tienen una relación -entre otras- de “confraternidad solidaria”, y a eso le llamamos coloquialmente: Amistad. 

 Este vínculo tiene una función primaria durante toda la vida, pero sobre todo en la adolescencia y en la ancianidad manifestándose de distintas maneras, en tanto identificación y confrontación, posibilitando cotejar lo diferente, lo semejante y lo complementario. 

Uno de los referentes en psicoanálisis es Sigmund Freud, quien sin ahondar demasiado en el tema durante su teoría, ha mencionado lo siguiente: 

 “La amistad es una relación de hermandad elegida, no impuesta por lazos consanguíneos, en la que se desactivan los deseos edípicos y fraternos puestos en movimiento por la aspiración fálica de alcanzar a ser el heredero único y el preferido hijo de un padre-madre-Dios…” 


Sin adentrarnos en un análisis exhaustivo de esta frase -ya que no es el motivo de este artículo- no debemos dejar pasar la trama combinatoria, original y singular que determina la irrepetible identidad de cada sujeto -plasmada en la amistad- y en donde se desactivan en gran medida las relaciones de poder; que sin embargo podemos percibirlas en otros aspectos vinculares de la vida, incluso entre sujetos de una misma familia y consanguineidad.

 Todos hemos experimentado esa sensación de contar con alguien que nos hace sentir únicos. La amistad entonces es constitutivamente desinterés no saca ni guarda nada de esa relación, salvo, claro, la gratificación afectiva de comprometernos de humano a humano, determinando a través de un amigo nuestra propia identidad. 

Ante esto, y entendiendo que la vida es una realidad que debe ser experimentada con otros, la amistad no deja de posicionarnos como sujetos que elegimos con quienes queremos compartir y respetar el derecho a la recíproca autonomía de lo distinto en uno mismo y en el otro, y sobre todo cuando entendemos, que esa distancia entre los sujetos se admite y conserva y no deja de ser un vínculo de amor, posiblemente otro amor. 

 Quizás el más incondicional y duradero de todos. 

 (*) La autora es licenciada en Psicología UBA- MN 57130