(Imagen ilustrativa)

La Ciudad

Por Valentina Pereyra

El abrazo de luna

20|07|21 20:53 hs.

La helada cubre el jardín del fondo. Apenas se ve el verde que asoma al ras de la tierra, todo lo demás es blanco hielo. Las gotas congeladas y suspendidas arman un manto duro e impenetrable sobre las maderas de los cuatro bancos Istilart, que se distribuyen en semicírculo alrededor de una mesa de material. Sobre ella, el rocío cae inmutable y corre hacia el centro. Moja la paloma hecha de mosaicos, un rompecabezas que se extiende hasta el pico y termina en una ramita de olivo. ¡Picasso, un poroto! El paisaje es el composé perfecto para vestir al 20 de julio y su invernal Día del Amigo. Después del desayuno, vendrá el momento para responder a la pregunta más existencial. 


 -¿Qué somos nosotros, Juancho? 

Marucha vive a dos habitaciones del hombre que conoce, pero no reconoce. Esa mañana, frente a la ventana del comedor que da al patio, elige con la mirada en qué banco se va a sentar. 

Juancho tarda en vestirse, lo ayuda la asistente. Cuando se puede poner de pie, se afeita y se viste con el suéter marrón de ochos que le tejió su nieta. Se asoma a su ventana para disfrutar de la blancura que viste al jardín. Barre con la mirada el lugar y elige el banco en el que se sentará para esperar la pregunta de cada día. 

La directora, micrófono en mano, se para en el centro del comedor y anuncia que van a jugar al “Amigo invisible”. Para eso, les pide que saquen un papelito que tiene en sus entrañas un nombre escondido, el que será, destinatario de sus regalos. La compotera de Durax circula por las cuatro mesas redondas y los doce comensales introducen sus manos, revuelven y eligen un rollito blanco difícil de abrir. Empieza el juego. 

A Marucha se lo lee una de las enfermeras, pero ella sigue tomando su café con leche. Los demás, comentan entre ellos y con las asistentes. Al compás del sonido de la leche contra las tazas de chapa suena la voz de la directora que les explica el juego. 

 -Elijan una canción, una poesía, una anécdota que quieran contarle al amigo que les tocó en el papelito. Si alguien necesita ayuda puede llamar a las chicas. Cuando terminen de desayunar les alcanzamos los papeles y los lápices para que escriban. Nadie se haga el sota, ¡eh! 

 Juancho está en la mesa más alejada a la de Marucha, algunas veces prefiere descansar. La manteca sobre sus tostadas le hace acordar al hielo que unta el césped del patio, el primer bocado se parece a los rayos de sol que empiezan a tragarse el hielo. 

Ya sacó su papelito, el nombre que se revela es el de Iris. La conoció cuando llegó, sabe poco de ella porque no habla con nadie, sólo con su hija, allá a las perdidas algún domingo que viene a visitarla. Bueno, ya sabe qué va a poner, lo mismo que piensa cada vez que el almanaque señala que es el día 20 del mes de julio. 

Media hora después las ordenanzas retiran los cacharros de las mesas, los restos de panes a medio comer y sacan los manteles arruinados por las manchas de café, de té, leche y dulce que indefectiblemente los decoran, todas las mañanas. 

Juancho todavía escribe, así que le alcanzan un block de hojas y un lápiz. Marucha sigue con la vista en el parque mientras la asistente le dice al oído el nombre de su amigo invisible. 

 El hombre se seca la boca con la servilleta y toma el lápiz con dificultad. Su letra es temblorosa, pero legible. Escribe: En el barrio no todos teníamos televisor. En mi casa había uno que agarraba el canal 9 de Bahía Blanca, de la repetidora. Me levanté temprano a buscar el diario La Voz del Pueblo para leer los detalles del lanzamiento y para saber el horario de trasmisión de la llegada del hombre a la Luna. Le dije a mi mujer que organizara todo con las chicas, tenemos dos, y con las nietas, que siempre y cuando estuvieran calladas, podían quedarse a ver la programación. Pusimos el televisor en el medio del living y lo rodeamos con las sillas del comedor, la fiesta lo ameritaba. La imagen era borrosa y casi había que adivinar lo que pasaba, por eso le pegué unos gritos a mi mujer para que saliera al patio y moviera la antena. Después de un rato la bruma que invadía la pantalla se disipó y vimos como Neil Armstrong daba el paso que uniría a la humanidad, o eso pensamos. Grité con el locutor del programa y abracé a mi mujer que me dijo: ¡Ahora sí que somos amigos para siempre! Fin. 

 Marucha sigue con la mirada en la mesa de material del parque, fastidiosa. La asistente le pide que cuente alguna anécdota para regalarle de sorpresa a su amigo invisible. De la nada, dice: Escribí. La mujer de uniforme rosa se apura y saca del bolsillo una libretita de espiral y la lapicera.

 Marucha le dicta: Hacía frío, pero después del mediodía empezó a mejorar. Mi marido me hizo invitar a las chicas que trajeron a nuestros nietos. Todo era un quilombo. Tuve que preparar una picada, porque no se sabía bien a qué hora lo íbamos a poder ver. A mí, la verdad, no me movía la aguja el episodio. La siguiente mañana, qué digo, al rato, todo sería igual, pero no quise poner sombras a tanto entusiasmo. Mi esposo me gritó todo el día, más que otras veces, que ponga la tele en el medio del living, que saque las sillas del comedor, que mueva la antena. La hubiera pateado de no ser porque todos dependían de ella. Cuando él gritó emocionado con ese pequeño paso, me abrazó y me dijo: ¡Ahora sí somos amigos para siempre! Pensé que estaba medio ido, yo era su esposa, en fin…Terminé. 

 Cerca de las diez de la mañana el comedor se pobló de asistentes, de terapistas, las chicas que dan las clases de educación física, la directora y los pacientes que seguían sentados en las mismas mesas en la que habían desayunado. 

 La mañana arrastró a la helada para otros horizontes y el solcito calienta tibio. Las asistentes secan con unos trapos viejos los bancos, empujan hacia el pasto lo que queda del rocío y conducen a los pacientes para que se sienten. Marucha señala el suyo y ahí la llevan, Juancho camina resignado a su lado. 

De a uno revelan el nombre del amigo al que le escribieron algo para entregarle a modo de regalo. A su turno, Juancho se para y camina hacia el banco de Iris que sonríe, siempre sonríe. La mira, saca del bolsillo de su pantalón el papelito con su anécdota escrita y la lee a viva voz, casi a los gritos. Llora al mencionar el hecho de aquel primer paso en la luna y al decir: fin. Iris lo aplaude y sacude la mano como si tuviera una banderita entre sus dedos. 

 Marucha queda para el final. La enfermera le avisa y le explica que va a leer su texto. Lo hace. Juancho agacha la cabeza y no sonríe, ni aplaude, ni sacude una banderita imaginaria entre sus dedos. 

Marucha espera la palabra Fin y gira hacia el hombre que le resulta conocido y para el que tiene una única pregunta: 

 -¿Qué somos nosotros, Juancho? 

-Amigos, Marucha, amigos.