Juan Francisco Risso

Opinión

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Procedimientos

01|08|21 09:35 hs.

Por Juan Francisco Risso


Mi abuela era ex docente y bibliotecaria vitalicia. Como secretaria de la biblioteca era la anfitriona de cuanto pintor, músico o conferencista se presentaba en el salón de actos. Por aquí tengo una carbonilla que Quinquela Martín le dedicó en agradecimiento a sus atenciones (la dedicatoria dice “realizé”. Don Benito poca bola a la ortografía), íntima de don Antonio Orfanó, escultor de los buenos, culto y agradabilísima persona, y todo así. Como 87 tenía cuando le obligué a abandonar “su” biblioteca con una pistola en los riñones, plegué su silla de ruedas y la deposité en Tandil, donde murió diez años después leyendo libros y diarios y mirando (¡y opinando!) Fórmula 1. 

Entre lo que leía, veía y escuchaba, sus conversaciones no incluían dichos camperos o populares, como “el buey solo bien se lame”, por mencionar algo. Lo suyo eran las llamadas “citas eruditas” y afines. 

Por ejemplo, nos exigía que así como se decían cosas malas de alguien, también debía decirse lo bueno. Espontáneamente. Lealmente. Sin esperar un interrogatorio de un juez. Y lo fundaba en el leit motiv de una conferencia que había dado “un señor” (no retuvo el nombre); y recalcaba que el título de la disertación era “Dilo”. De eso me acuerdo. Y consistía en “inculcar” (palabra de ella, registrada) que había que decir lo bueno del trabajo o actitud de una persona, quizá con el propósito de alentar al destinatario a seguir por el buen camino. Sin duda el disertante habrá sido más extenso. Me quedó la idea. Y pienso que antes la gente era más culta ¿estaré viejo?

De modo que estando en el estudio jurídico Almirón-Vazquez Pianzola, y cuando pasábamos, con el abogado Almirón padre, al despacho contiguo, nos hallamos con Francisco José Almirón -su hijo- abogado también. Y como si alguien me lo dictara, sin pensar, dije: “Este muchacho prestigia el ejercicio de la abogacía”. Quizá fuese que siempre le hallaba en la aseguradora donde trabaja. Porque se especializa en accidentes de tránsito y en seguros. Y al agarrarlo en el recoleto ambiente de su despacho, pues… dije lo que siempre había pensado. Y lo sigo pensando. Sabe cómo se resolvió el accidente de ayer, el de hoy a la mañana temprano y el de mañana. Con luz verde, amarilla y roja. Todos los detalles. Primera instancia, cámara y corte. Un tipo de consulta, obviamente. Hijo de un compañero de la técnica, el abogado Abraham es del mismo calibre, aunque en otro terreno. Porque siempre tuvo -profesionalmente hablando- una pata en el municipio y otra en su estudio. Cuando un cargo municipal fue por concurso, pues… concursó, es obvio. Para el cargo de Abogado del Niño creo que eran unos 20 colegas. Se siguieron las reglas y ganó él. También fue concejal y otro montón de cosas. 


Pablo Abraham


Cuando fui a su oficina por primera vez (hace muy poco) me llamó la atención la cantidad de buenos libros de derecho que ocupaban un par de bibliotecas. Desestimó mi elogio. Creo que insistí mientras observaba los lomos de los libros, y allí me confió algo. Hace algún tiempo debía cambiar su auto. Pero se le cruzó una colección, y dejó el auto para otra oportunidad. Y en nuestros diálogos palpé su practicidad para encarar la solución de los problemas propios del ejercicio de la abogacía. Déjenme que lo diga, por qué no. No es mi amigo, no conozco su casa, nunca tomamos un café, ni siquiera en grupo. 

Ahora fue propuesto para Juez de Faltas. A mi criterio, siguiéndose el camino legal: el Ejecutivo lo propone y el Legislativo debe prestar conformidad, con mayoría simple de votos. Y aquí hagamos un alto: no me gustan las “mayorías automáticas” (aunque sean fruto del voto de la gente); me gusta cierto juego de razones y opiniones. 

Pero tampoco me gusta la oposición del no porque no. En mi fuero íntimo exijo razones. Menos me gusta que esa oposición saque de la galera un sorprendente “concurso”, sorprendente porque una ley dice otra cosa. Y todos los jueces de faltas que he conocido -dentro y fuera de Tres Arroyos- no vieron un “concurso” ni de lejos. Se designaron según la ley. 

¿Qué oposición quiero? Correcto. Busquemos un marco de referencia. En el año 2012 debía designarse procurador general de la Nación. Lo designa el Ejecutivo y lo aprueba el Senado. En ese caso el candidato debía comparecer ante el Senado. Cristina designó a un abogado de apellido (creo) Reposo, que concurrió al Senado, por supuesto. En la oposición había pesos pesados del calibre de Gil Lavedra: “A ver doctor Reposo, qué opina de esto”. Dos o tres preguntitas y Reposo fallaba en oro a lo loco. Entiendo que se fue solo. Se bajó. 


Daniel Reposo


A fojas cero, Cristina mandó entonces al frente a Gils Carbó, quien al comparecer estaba “de tu a tu” con los juristas presentes, causando excelente impresión profesional. Dijo La Nación: “La sesión del Senado, que ratificó el pliego de Gils Carbó, se efectuó el 15 de agosto de 2012, y hubo 63 votos positivos, 3 negativos y 6 ausentes. Los votos negativos fueron todos de bancas radicales (Mario Cimadevilla, Arturo Vera y Laura Montero)”. Pienso en actitudes así. 


Alejandra Gils Garbó


De modo entonces que era posible que, a lo sumo, el Concejo invitara al candidato a fin de despejar inquietudes. Y de allí pudiera surgir una objeción… pero… ¿quién sabe algo de justicia de faltas? Y aquí paso al asuntito del concurso 

¿Quiénes serían jueces del futuro juez? Me juego la cabeza que los proyectos presentados serán “amplios” en la elección de ese tribunal, pero que no contemplarán antecedentes o idoneidad en justicia de faltas.

¿Quiénes serían idóneos? No es fácil. Jueces de faltas con cierta trayectoria; jueces en lo Correccional, ya que son tribunal de alzada respecto de las sentencias de la justicia de faltas. Quizá alguien con trayectoria en derecho administrativo. Agrego algún juez de faltas jubilado, pienso en uno. En dos. Y por ahí nomás. Yo… ni loco. Lo digo porque siempre queda bien incluir a un abogado de la matrícula. Pero no nos adelantemos, veamos esos proyectos. Sólo por curiosidad. No me queda claro cómo un proyecto del Concejo pudiera reformar una ley. 

Amigos: qué buen momento para la democracia aquella ratificación de Gils Carbó, tras descartar -fundadamente- a otro candidato. Debiera servirnos de bandera por encima de los partidos políticos. Un mínimo de lealtad. ¿Qué iluso, no?


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