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Alejandro Henríquez dirigió el partido más difícil

Partidazo

01|08|21 12:15 hs.

Por Valentina Pereyra 

Fotos: Marianela Hut  

El pitazo final llegó después de dos tiempos de alargue. El partido empezó con un gol en el primer minuto, una madrugada helada de junio. 

Alejandro Henríquez se levantó a las cinco, como cada mañana, subió a la moto y salió para su trabajo en el Frigorífico Anselmo. Llegó a la Ruta 3 por la calle Bolívar, pero cuando estaba sobre la cinta asfáltica sintió una fuerte embestida, silencio y oscuridad. El camino era conocido, la circunstancia, inesperada y dramática. 

Alejandro, el menor de cinco hermanos, nació en Lautaro, Chile y llegó con su familia a Tres Arroyos a los cinco años. Sus padres residían en Cipolletti, Río Negro, cuando decidieron venir a probar suerte a nuestra ciudad. Los Henríquez se instalaron en una quinta de Caseros 2400 y su vida escolar transcurrió en la Escuela N°20 a la que asistió con sus hermanos. 

Su vida laboral comenzó cuando era un niño, a los ocho años cortaba ladrillos en las quintas, antes de que amaneciera salía a ganarse el pan suyo de cada día. A los catorce años se fue con sus hermanos a cortar ladrillos a Copetonas y de los quince a los dieciocho alambró, anduvo en los silos, en la manga y después, como mensual, con caballos, tarea que le permitía volver a la ciudad cada veinte días. “Estuve en La Horqueta cuatro años y de ahí a Irene”. Ya en la ciudad, trabajó en el matadero del Frigorífico Anselmo.

Alternaba su trabajo con la familia y con el club como jugador de fútbol, primero en Unión, hasta que se disolvió y, luego en Olimpo. Del campo, iba directo a la cancha para hacer fútbol porque no le gustaba entrenar, pero las cuestiones laborales le impidieron seguir. Estudió en Cresta y se recibió de árbitro provincial. Mientras tanto, un nuevo trabajo signaría su destino. Aquel fatídico amanecer recorrió por última vez, después de trece años, el trayecto desde el barrio Ruta 3 Sur hasta la rotonda de la Ruta 228 y Constituyentes. 

La pelota se revienta contra la red, el árbitro extiende la mano hacia adelante y arriba para dictaminar que es gol. 

Un camión que retomó la ruta lo chocó de frente. Desde ese día de fines de junio de 2013 su cuerpo le recuerda el accidente todo el tiempo. El dolor de los huesos es tan fuerte como el de su espíritu que tuvo que adaptarse, de un día para otro y, sin previo aviso, a una vida completamente diferente. 

El empate llegó en el segundo tiempo, habría tiempo complementario para poder dar el pitazo final.

Natalia y la familia 
Natalia Ulibarre vive desde que era chica en el Barrio Ruta 3 Sur al igual que sus padres y sus nueve hermanos. “No necesitamos invitación para visitarnos, somos treinta de familia, todos nos quedamos en este barrio”.

Natalia y Alejandro se conocieron porque él visitaba a unos amigos cerca de la casa de su esposa. Ella tenía 13 años y él 17. “Yo lo busqué, donde lo cruzaba, lo miraba”, dice la mujer. 

Hace veintitrés años que están juntos, dos que se casaron; tienen tres hijos, Jean de 21 años que juega en la primera de Huracán, Brandon de 16 que ama jinetear y Berenice, de ocho, que hace ballet en la escuela de Nora Solfanelli. 

Alejandro conducía un Ford Falcón con el que hacía la pasadita por la casa de Natalia y al llegar a la puerta hacía tronar el motor, pero un día, no pasó. Entonces, los trece años de la chica la decidieron, tenía que saber qué había pasado. Así que esa niña esmirriada y flaquita subió a su Aurorita verde y salió a todo pedal hasta la quinta de los padres de Alejandro. Cuando llegó, la atendió don Henríquez que llamó a su hijo y le dijo: “Te busca una nenita”. 


Un 7 de diciembre, Alejandro y Natalia dieron el sí


Cuando Natalia cumplió 17 años y Alejandro tenía 21 se fueron a vivir juntos a una piecita de la calle Almafuerte 75 hasta que su hijo mayor Jean, cumplió cinco años. 

El accidente
Hace ocho años, a fines de junio, un camión Mercedes Benz que circulaba hacia Adolfo Gonzales Chaves, embistió de frente a Alejandro que iba en moto por la mano contraria. El violento impacto lo sumergió en un agujero temporal y espacial desde que derrapó hasta que llegó al Hospital Pirovano de Tres Arroyos. “Llevaba el casco, eso lo salvó”, dice Natalia. “No se acuerda de nada”, agrega.

“Me chocó de frente y me arrastró. El camionero se olvidó un toallón, volanteó para volver para atrás y ahí me agarró. El conductor del camión había sido compañero mío en el Frigorífico Anselmo, estaba jubilado y manejaba para una empresa privada”, recuerda Alejandro. 

Natalia estaba en la casa de su mamá, se había trasladado ahí porque tenía algunos problemas de salud y un embarazo de pocos meses. De pronto, antes de que amaneciera, la madre la llama y le cuenta que su esposo se había accidentado mientras circulaba para el frigorífico “Nati, el Ale se cayó”, le dijo. Nadie quiso contarle de entrada la verdad. 

Cuando llegaron al nosocomio, vieron a Alejandro, desarmado, espiritual y físicamente. “Nos fuimos al hospital, estuvimos hasta la una de la tarde, cuando nos avisaron que lo iban a trasladar a Bahía Blanca. Cuando lo vi estaba irreconocible y se quejaba de todos los dolores. Antes, nos dijeron que le iban a cortar el pie, aunque después se lo salvaron. También nos dijeron que fuéramos siguiendo la ambulancia tranquilos porque pensaban que no iba a llegar vivo, que no iba a superar el traslado”.

El partido está uno a uno, el cansancio gana la cancha y empieza el primero de los tiempos complementarios. Otro gol salvaría el juego. 

Al llegar al Hospital Español el panorama era horrible, de allí, después de tres días, lo llevaron al Hospital Municipal Leónidas Lucero porque no podían cortar la hemorragia de la pelvis. Ahí lo operaron de la vejiga y volvió a ser alojado en una sala de cuidados intensivos de ese nosocomio. “Le pusieron tutores para parar la hemorragia y una vez que lo hicieron se estabilizó. Desde afuera escuchaba el sonido de las herramientas cortando huesos, como sierras, además el pie lo tenía con unos aparatos para sostenerlo”, dice Natalia.

“Recuerdo que me dieron una cachetada para hacerme reaccionar y empecé a sacar agua por la boca, del pulmón, así que me hicieron drenaje. Todavía no puedo mover el brazo, me quebré la pierna en cinco partes, la pelvis, la cadera, estuve tres meses boca arriba en una habitación”, dice Alejandro. 

La vida y la muerte se rozan, juegan, son sarcásticas como la propia realidad. “El médico me dijo que Ale no iba a caminar y me descompensé”, cuenta Natalia. Nadie se había dado cuenta de su embarazo y ella, no había tenido tiempo para hablar del tema. La terrible noticia la afectó y su físico no resistió. Los estudios que le realizaron determinaron su internación, y, otra novedad, iban a ser padres de una niña.

La pequeña Berenice llegaría a sus vidas en el mes de octubre y fue literalmente el apoyo fundamental que tuvo Alejandro para aprender a caminar nuevamente. “Me sostenía en su carrito y lo empujaba, después de su mano”, dice Alejandro. 


Alejandro junto a Natalia, su mujer, y Berenice, su hija más pequeña


La ayuda 
Los hijos del matrimonio se quedaron con sus abuelos durante la internación de su papá. La preocupación por la salud y el bienestar de Alejandro mutaba en preocupación por sus hijos a los que extrañaban y, a pesar de estar muy bien cuidados, les faltaba la atención de sus papis para comprarle los botines que necesitaban o tramitar los documentos necesarios para entrar en algún torneo. Pita el árbitro el final del primer tiempo complementario y el agotamiento recorre el campo de juego. Será a matar o morir. 

Los días que siguieron al accidente fueron decisivos, Alejandro estaba en terapia intensiva y su esposa sólo podía verlo unos minutos. Ese fin de semana trágico estuvo acompañada por los familiares, también recibió ayuda de los compañeros del frigorífico que orientaron a Natalia para conseguir alojamiento. Nunca se había subido a un colectivo, no había salido de Ruta 3 Sur y estaba allí, embarazada, sin recursos y con el amor de su vida debatiéndose entre la vida y la muerte. “Cuando me despertaba, estaba muy desesperado, pasado de morfina, estaba muy mal”. 

Natalia dormía en los pasillos cuando su esposo estaba en terapia intensiva, “algunas veces me echaban, pero no tenía a dónde ir”. Ese tiempo fue eterno, “a los chicos les faltaba lo que nosotros hacíamos por ellos, hubo mucha gente que ayudó empezando por los abuelos, también los amigos que los llevaban a los entrenamientos”. 

Los árbitros de fútbol locales realizaron colectas, algunos más cercanos y gracias a la ayuda de Javier Ulibarre, el tío de Natalia, donaron sangre, los amigos del frigorífico ayudaron mucho, el Sindicato de la Carne le consiguió alojamiento. “Los fines de semana, mi mamá me llevaba a los nenes. Cuando el embarazo avanzó volví a Tres Arroyos y viajaba a verlo cuando me podían llevar, todos trabajaban, pero de viernes a domingo lo veíamos. Un día cuando llegamos no lo encontramos y salimos a buscarlo. Lo vimos haciendo ejercicios en las barras paralelas para fortalecer las piernas y volver a caminar. Tuvo una enorme fuerza de voluntad”. 

El pronóstico médico era desalentador, así como la analogía que hicieron los profesionales. “Un doctor me dijo que Ale era una silla de madera que había que ir construyendo de a poquito y, algún clavo o madera podía quedar mal en el proceso”.

Los contratiempos burocráticos, los gastos médicos y los viajes no socavaron la voluntad de Alejandro que pasó por varias intervenciones quirúrgicas, tuvo que aprender primero a ponerse de pie, luego a sentarse, a usar la silla de ruedas y a valorar esa posibilidad de movilización. Tuvo infección urinaria que retrasó algunos tratamientos, agua en los pulmones, casi pierde el pie, la inmovilidad de un brazo, el uso de un bastón. “Lo fueron construyendo clavo a clavo”, dice Natalia. Pudo superar todos los tratamientos que afrontó y la tristeza de conocer a su hija varios días después de su nacimiento. 

Para que la recuperación de Alejandro fuera rápida y eficaz tuvieron que refaccionar su casa, incorporar agarraderas en el baño y otras comodidades “Ahora lo ves y parece mentira, pero necesitábamos muchas cosas por eso ni bien volvimos de Bahía estuvimos en lo de mi suegra y nos vinimos a la casa de calle Soler a vivir. Después compramos la casa en la que estamos actualmente”.

La pelota estaba por entrar al arco y marcar el gol de la victoria, pero pegó en el travesaño y el juez pito saque de arco. Todavía no terminaba. 

Otro golpe 
Cuando el dolor parecía ceder, surge una nueva jugada, más difícil, igual de complicada. Un día llegaron a su casa, después del partido Argentina-Chile, en el que perdió el conjunto nacional, y descubrieron que todos los materiales que habían acopiado para hacer un baño nuevo ya no estaban, se los habían robado. 

“Le fuimos a reclamar a quien pensábamos era el autor del robo y salió todo mal, como consecuencia de esto, hubo un momento muy difícil”, cuenta Natalia. “Nunca había pisado una comisaría, nunca un problema, un mundo desconocido para mí que se llevó plata y tiró para atrás el tratamiento que venía haciendo por el accidente”, dice Alejandro. 

El dolor es crónico, continúa la atención kinesiológica, los viajes a Buenos Aires por los problemas en la cadera, tiene que tomar varias pastillas, hacer pileta, “es un tratamiento de por vida y todavía le faltan operaciones”. 

La cancha se inclina y finalmente la pelota estalla contra la red y el referí da el pitazo final, el que declara al ganador del partido. 

Vamos por más amor
“Ahora vivimos para los enanos, y después de todo eso, decidimos casarnos, porque nos amamos, nos adoramos, tenemos tres hijos, pero también por los papeles. Me costó tanto hacer cualquier trámite, así que lo que queda será para nuestros hijos”, dice Natalia que admite idas y vueltas en el matrimonio, como en todas las convivencias, pero valora el amor que sin dudas fue más fuerte. 


Brandon es un amante de los caballos


Durante un espectáculo del ballet folclórico del que formaba parte su hijo Brandon, mientras esperaban que los artistas salieran a escena, Alejandro le entregó los anillos a Natalia y fijaron fecha de casamiento para el 7 de diciembre. 


Berenice, la más pequeña, practica ballet


“Vivimos para los chicos, al nene de 16 le gustan los caballos, así que el fin de semana lo llevamos a jinetear a una quinta, nos encanta ir a la cancha a ver a Jean y a la nena a ballet con Nora Solfanelli. Estamos ocupados todos los fines de semana con ellos, la felicidad de ver a mi Jean haciendo un gol, o a Brandon andando a caballo o a Bere bailando, es inigualable”. 


Jean, el mayor de los hijos, juega al fútbol en Huracán


Alejandro dirigió el partido más difícil de su vida, logró pitar y declararse vencedor. Tiene heridas y cicatrices, le faltan otros partidos para llegar a la final, pero ya clasificó. 

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El Referí 
Alejandro Henríquez era árbitro de la Liga Regional Tresarroyense de Fútbol al momento del accidente. Actualmente sigue ejerciendo la profesión en otras divisiones. Estudió en el Centro de Estudios Superiores de Tres Arroyos. 

Dirigió en otras ciudades como Río Colorado, Patagones, Viedma y Bahía Blanca con el Argentino B y mientras estuvo internado en Bahía Blanca como consecuencia de las heridas que tuvo tras la colisión frontal contra un camión, lo designaron dos veces para dirigir diferentes partidos. 

Uno de los últimos partidos que lo tuvo con las tarjetas en el bolsillo y el silbato colgado fue el de Huracán-Quilmes. Después del accidente regresó a dirigir, también en Segunda División como asistente y en Cuarta y Tercera. “Esperemos que este año pueda seguir e ir por más”.