Sociales

Por Raquel Poblet

El objetivo

08|08|21 20:25 hs.

Hay personas cuyas vidas no son más que una serie de estrategias secretas. A veces triunfan, a veces no. Voy a transcribir el secreto de una conocida mía. Que ustedes, lectores, saquen sus conclusiones. 


“Sentada en esta silla desfondada contemplo el teléfono que no quiere sonar. Lo miro, lo contemplo, inmóvil y mudo. Está en mi mesita de luz. No estuvo inmóvil ni mudo las dos veces en las que él se revolcó conmigo requiriendo la más fina de mis artes. Mis artes no son mágicas. Las aprendí en la escuela de Madame Ronsard, y las practiqué sobre otros antes. Este iba a ser mi objetivo consagratorio. Con él iba ya a dejar la profesión, la rutina, las malas sorpresas y los tributos a Madame, que, como a los peones de taxi, me pide un alto porcentaje de cada recaudación. Iba a poder brindarle un mejor colegio y vivienda a mi tierno Felipe, chiquito, obediente, siempre al cuidado de su abuela, mi madre, que gambeteó toda su vida por mi hermana y por mí en el dos ambientes de Caballito, encerrado y húmedo. Empecé haciendo inteligencia. Madame Ronsard me recomendaba siempre para eso. Soy mejor agente que servidora. Puedo observar horas sin pestañar, sin perder detalle y memorizo hasta lo más insignificante. 

Lo vi por primera vez a la salida del edificio Prom, que está frente a la Plaza San Martín. Pelado, panzoncito, unos cuarenta y cinco años. Esa es la mejor edad, me dijo Madame. Sienten una desazón, quizá una depresión, y suelen estar en el mejor momento económico de sus vidas. Lo seguí. Se montó en su Audi. Sí, era un Audi y llegó al Kavanagh. Salió a las siete pm. Lo seguí en taxi. Llegó a su casa, un chalet bastante convencional, con una gorda cuarentona, una hija adolescente, un nene de siete años y un perro. Los espié durante sesenta atardeceres. Lo seguí a él, lo vi entrar y salir de sus oficinas. Lo descubrí gerente de una gran compañía de trépanos para extracción de petróleo. Buen dinero extraía y extrae del modo stockage. Gerente exitoso, admirador de Bill Clinton como si de su propio presidente se tratase. Supe deslizarme en sus oficinas. Me empleé como cadeta en una rotisería cercana y le ofrecí empanadas y pollos al espiedo. Le diseñé almuerzos y organicé caterings para sus colegas venidos de la sede central de Houston. Hasta que supe deslizarme bien y logré entrar al lujoso apartamento del edificio Kavanagh. Sí, iba allí después de las cinco. Era otra oficina. Yo la convertí en un templo amoroso. Pero enseguida cambiamos por los lujosos hoteles a los que iban sus colegas. Mi objetivo empezó a disminuir su abdomen, y, hasta, creo, le empezó a crecer el pelo. Me hablaba de su mujer. Mejor. Es necesario conocer bien al rival. Una tierna ama de casa que ahora vendía ropa. Ropa de mujer. Llegó a regalarme uno de los vestidos que ella comerciaba. Era azul con flores. Muy diferente a la ropa que yo suelo usar. Me regaló también un conjunto de pantalones de confección y de camisa con hombrera y moño. Tuve que vestir esas prendas casi a diario para estar con él. Me sentía una honrada agente inmobiliaria, o quizá una vendedora de ropa, como mi rival. Se llamaba Elisa. 

Cierta vez, mi objetivo me pidió que me alisara el pelo, que me lo cortara melenita y que le diera un tono castaño medio, que saliera de mi rubio luminoso. Obedecí porque así es la lucha. Aunque ese era el stiling de mi rival. No me queda mal. 

Madame Ronsard me aconsejó que para avanzar debía entablar una suerte de amistad con él. Algo que trascendiera el sexo y mis finas artes. Viajamos un fin de semana a Mar del Plata. Aquel fue un encuentro que realmente disfruté y del que pude hacerme de cien mil pesos, muy necesarios para pagar las cuentas atrasadas del colegio de mi adorado Felipe. 

Pero algo torció el curso de mi lucha. Estábamos, mi objetivo y yo cenando en La Marina cuando él se dio vuelta, volvió hacia mí y me dijo: “Está Adriana. Es una prima de Elisa. No te muevas mucho. Comamos rápido y nos vamos por aquella puerta”. 

Todo salió impecablemente. Él me escoltó, y, seguramente, la tal Adriana podría haberme confundido con mi rival, dado que mi pelo era igual. Nunca por mi silueta, que estuvo bien tapada por el cuerpo de él. A él sí pudo haberlo visto. Y lo vio. 

Fui avanzando en esto de la amistad, digamos que ya casi, mi objetivo empezaba a hacerme promesas y regalos. Conoció a Felipe y creo que se encariñó en el breve rato en que estuvieron juntos. Tomamos el té en el living de nuestro dos ambientes de Caballito junto a mi madre que se había esmerado con una torta de manzana exquisita. Ella siempre fue mi mejor aliada. Se llevó a Felipe y nos dejó solos. Sola yo y mi objetivo en mi propia casa. Lo felatié y lo besé y él a mí, y, según me dijo, me quería y quería lo mejor para mí. Y me dijo que quería estar siempre conmigo. Y pude obtener dos meses de mi sempiterno alquiler. 

Un día, a media mañana, recibí un llamado. 

 -Sé quién sos, turrita. Te peinás igual que yo y te vestís con mi mercadería. Cuidate, porque si salís viva, igual vas a quedar manca o tuerta. 

 Nunca pensé que Elisa tendría esa voz de ardilla desesperada. Madame Ronsard me dijo que este tipo de llamados eran muy comunes, que no temiera. 

Mi objetivo volvió a visitar mi casa. Almorzamos una carne al horno con papas que mi aliada cocinó y sirvió. Después del postre se llevó a Felipe a la calesita. Nos quedamos los dos, Eduardo y yo. Solos, sí, Eduardo, mi objetivo, y le apliqué mis finas artes, mi más estilizada técnica amorosa y me dijo que me quería, que me amaba, que me llamaría al día siguiente para irnos a Punta del Este, a un coqueto departamento por San Ignacio. Esa tarde gané la mejor de las maratones, fui la gran campeona universal. Él desembolsó para mí toda la cuota anual del gimnasio, más el importe de un Volkswagen Gol que yo tanto quería, y un abono de salón de belleza. ¿Qué más podía yo pedir? Y hasta llegó a decirme que viviríamos juntos en un departamento por Libertador y que le pasaría una mensualidad abultada a mi madre. Esa tarde cabalgué el mejor de los caminos, fui Gabriela Sabatini, Steffi Graf, fui Mónica Seles y Navratilova. 

Se fue al atardecer. 

Mamá supo volver después de que él salió. Seguro que esperó y espió desde la esquina. Le conté a medias mi triunfo, mi gran logro, mi objetivo cumplido. 

Decidí salir. Ya había oscurecido. Fui a dar una vuelta por el Parque Rivadavia para meditar mis próximos pasos. Entré por Beauchef. Me interné. Había algunos focos de luz y me senté en un banco a pensar en mi nueva vida. Una mano me agarró el pelo desde atrás, me tiró la cabeza, me pegó en el pecho. Yo me di vuelta como pude, salí del banco. Era mi rival, era ella, regordeta, con mi ropa, o yo con la suya, no sé muy bien. Como pude le agarré la mandíbula, se la apreté, le di una tremenda patada; ella, una piña en la panza a mí. En el piso, un ruido de hueso roto, era mío, era una costilla mía; yo con mi brazo derecho no pude hacer equilibrio, y un ojo no se me movía y no se me mueve. Mi rival huyó. Apenas pude ponerme en pie. Llegué a casa y era la medianoche. Mamá dormía. 

Ya pasaron dos semanas y el teléfono no suena. Espero sentada y miro la mesita de luz. Acaban de quitarme el yeso, pero al ojo lo tengo vendado. Alguien me dijo que mi objetivo partió con su gorda y sus hijos a Europa en un tour. 

Mi silla se desfonda. Caeré al suelo. Ahora, a mis treinta y cinco años tengo que seguir en esta práctica. Ya estoy cansada. La vida es un tango desafinado”.