Opinión

Editorial

Sube la temperatura

15|08|21 10:51 hs.

“…El producto nacional bruto no permite medir la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o la alegría de su juego. No incluye la belleza de nuestra poesía o la fortaleza de nuestros matrimonios, la inteligencia de nuestro debate público o la integridad de nuestros funcionarios públicos. Tampoco mide ni nuestra inteligencia ni nuestro valor ni nuestra sabiduría ni nuestro aprendizaje ni nuestra compasión ni nuestra devoción a nuestro país, en definitiva mide todo, salvo aquello por lo que vale la pena vivir…” (Robert Kennedy, 1968) 




Escúchala en la voz de Diego Jiménez



 El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), patrocinado por las Naciones Unidas, fue creado en 1988 para facilitar evaluaciones integrales del estado de los conocimientos científicos, técnicos y socioeconómicos sobre el cambio climático, sus causas, posibles consecuencias y estrategias de respuesta. En estos últimos días, circularon en los medios periodísticos de todo el mundo, las conclusiones de un duro informe elaborado por este organismo internacional. 

La crisis climática, causada por la humanidad, que genera en vastas regiones de la Tierra gran inestabilidad hará que la temperatura promedio global suba 1,5ºC en la década de 2030, varios años antes de lo pronosticado hasta el momento, indica este severo estudio. El IPCC proyecta que se superará un calentamiento global de 1,5°C en el futuro próximo (entre 2021 y 2040) y se mantendrá por encima de esa temperatura hasta el final del siglo, en todos los escenarios, excepto en el de emisiones más bajas. Traducido: la Tierra en donde vivirán nuestros hijos y nietos, y las generaciones que los seguirán en los próximos años, sufrirá mayores sequías, eventos extremos con más frecuencia, un alza de los niveles del mar con riesgo para ciudades costeras y graves efectos económicos para actividades como la agricultura y la ganadería. 

 El informe del IPCC precisa la importancia de frenar los gases de efecto invernadero, como el metano. El ganado rumiante y los arrozales inundados, puntualiza, son fuentes agrícolas clave de estas emisiones. Los esfuerzos de mitigación deben centrarse entonces, indican los científicos en este caso, en la gestión de la demanda, incluyendo el cambio a dietas con más cereales, legumbres y verduras. 

 Por otra parte, expresan que la producción ganadera debería realizarse mediante sistemas de pastoreo integrados, como los silvopastoriles, que ayudan a mitigar las emisiones de gases de efecto invernadero al capturar el dióxido de carbono, sugieren los mismos especialistas, entre otras sugerencias y advertencias en este sentido. Para que se comprenda bien: estamos en una situación que no tiene precedentes en la historia de la especie humana. 

 Según el mismo reporte, el ritmo de calentamiento se está acelerando y las temperaturas de la superficie del planeta han aumentado más rápido desde 1970 que en cualquier otro período de cincuenta años durante, al menos, los últimos 2000 años. En 2019, para enfatizar el contexto en el que vivimos, las concentraciones atmosféricas de CO2 fueron más altas que en cualquier momento en, al menos, dos millones de años. A su vez, las concentraciones de metano y óxido nitroso, fueron más altas que en cualquier momento en al menos 800.000 años. La pregunta obvia es la siguiente: ¿Ya llegamos al punto de no retorno? Para los científicos, aún no. Sin embargo, precisan, no queda mucho tiempo. 

Con políticas proactivas imprescindibles para combatir el cambio climático, el CO2 seguirá aumentando y se estabilizará hacia mediados de siglo, para luego empezar a disminuir, con una caída más pronunciada para el final del siglo. El metano y el dióxido de azufre continuarán aumentando y comenzarán a disminuir a mediados del mismo período. El óxido nitroso presenta una tendencia al alza, según esta fuente, y no disminuirá hasta bien entrada la segunda mitad del siglo. Urgen, sin dilaciones, políticas activas para que el daño comience a disminuir. 

 Algunos efectos de la crisis climática detallados en el reporte son los siguientes: La mayor parte del planeta ya soporta temperaturas extremas (incluyendo olas de calor), desde América del Norte, Europa y Australia hasta grandes partes de América Latina, el este y oeste de África del Sur, Siberia, la Federación Rusa y toda Asia. Es evidente, indican, que algunos de los recientes extremos cálidos habrían sido altamente improbables sin la influencia humana. Por otra parte, si bien se sabe menos sobre las sequías, hay pruebas suficientes que demuestran que el noreste de Sudáfrica, el Mediterráneo, el sur de Australia y la costa oeste de América del Norte, en particular, se enfrentan a un aumento de este fenómeno. Por último, en el norte de Europa, algunas zonas de América del Norte y el sur de África están sufriendo un aumento de las precipitaciones. 

¿Qué hacer? cambiar y hacerlo lo más rápido posible. Pero según los expertos esto no supone necesariamente pérdida de trabajos a gran escala, que serían reemplazados por maneras más sustentables de producción de alimentos, energía, vestimenta y tecnología. Tampoco implica una radical mutación de nuestra forma de vida, que es una pretensión quizá noble, pero impracticable en el corto y el mediano plazo. A sabiendas que el grueso del calentamiento global depende de los grandes conglomerados industriales que solo cambiaran con legislaciones sustentables a niveles locales, nacionales e internacionales, reconocidas y apoyadas por acuerdos intergubernamentales (Como el Acuerdo de París, 2015), a nivel individual podemos mejorar nuestro impacto en el medio ambiente. Podemos hacer que nuestra huella de carbono, indicador que mide la marca ambiental que dejan empresas y personas, sea lo menos nociva posible. O que no lo sea de ninguna manera. 

En una ciudad como la nuestra, por ejemplo, hay una sobreabundancia de autos y escasez notoria de peatones y ciclistas por las calles. Las grandes ciudades del mundo (Berlín, Nueva York, Ámsterdam, Buenos Aires, por nombrar algunas) marchan aceleradamente hacia transportes limpios y en ese sentido, las bicicletas, las sendas peatonales y un transporte público eficiente ayudan. Localidades pequeñas lo pueden hacer mejor. Las distancias son más cortas. ¿Qué esperamos entonces? 

En el mundo empresario, el movimiento de las Empresas B, busca lograr un triple impacto. No solo pretenden obtener beneficios económicos, sino también crear valor social y ambiental para la comunidad. En la economía también suenan nuevas visiones como la denominada Economía de lo Suficiente, en la que el uso de la energía y los recursos se reduce a niveles que están dentro de los límites ecológicos y donde el objetivo de maximizar la producción económica es reemplazado por el objetivo de maximizar la calidad de vida. También aparecen visiones como la de la Economía Circular, en donde el modelo de producción y consumo implica compartir, alquilar, reutilizar, reparar, renovar y reciclar materiales y productos existentes todas las veces que sea posible, creando un valor añadido. De esta forma, el ciclo de vida de los productos se extiende y la obsolescencia programada deja de ser un negocio contaminante. 

 Y un último ejemplo, de un universo rico en perspectivas que se dirigen hacia la construcción de un mundo más amigable con nosotros mismos, la llamada Economía de la Felicidad, que estudia la relación entre variables económicas, tales como el ingreso y el consumo, con el bienestar subjetivo de las personas. Y podríamos seguir enumerando nuevas visiones y movimientos que buscan torcer la inercia perjudicial que supone anteponer rentabilidad sobre humanidad.

 Pero como en casi todo, cada acción individual, suma al proceso general de las cosas. Y en la frase, solo hay realismo puro y duro. Sube la temperatura y una parte de la evitación del calentamiento de nuestro hogar común, depende de la ciudadanía y de su consecuente tracción sinérgica para el cambio general de las cosas. El tiempo apremia.  


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