Opinión

Editorial

Descrédito

29|08|21 09:04 hs.


Escuchala en la voz de su autor, Diego Jiménez


En el libro “Los últimos días” (1976), los célebres periodistas Bob Woodward y Carl Berstein, magistralmente retratados por Alan Pakula en su film “Todos los hombres del Presidente”, caracterizados por Robert Redford y Dustin Hoffman, se describe la investigación sobre el caso de las escuchas ilegales al edificio de la sede central del Comité Nacional del Partido Demócrata situado en Washington. La pesquisa periodística guiada por la redacción del Washington Post, y a la cabeza del afamado Ben Bradlee, concluyó con la renuncia del entonces mandatario norteamericano Richard Nixon en 1974, amenazado de un juicio político que tendría como consecuencia segura su destitución. 

Mentir bajo juramento, perjurio, obstruir la investigación de la justicia, pedido de sobornos, escuchas ilegales, ministros cerebros de un plan orquestado y encubierto desde la Casa Blanca, fueron los argumentos para motorizar su salida del poder. Con pruebas argumentadas que seguramente lo condenarían, a Nixon no le quedó otra opción que dimitir. El suyo, es un ejemplo extremo de un descrédito insostenible. 

Los sucesos que involucran al Presidente argentino y a la Primera Dama festejando un cumpleaños en la Residencia de Olivos en el marco de una cuarentena estricta son graves, pero no aislados. Conforman un eslabón más del deterioro sostenido del fondo y las formas republicanas, del cual no es ajeno ningún sector político. Como tampoco periodístico. 

Es importante ver el proceso para dimensionar los hechos y, de este modo, poder contextualizarlos en un encadenamiento más largo. Y aunque de él indicaremos algunos ejemplos dispares y de diferente valoración institucional, el trasfondo aparece semejante.

La informalidad y el desparpajo de la década del 90, los episodios de corrupción, la frivolidad en la forma de ejercer el poder y frases como “La Ferrari es mía”, describen un cambio de clima, luego de la solemnidad y la distancia de los ’80. Un cambio cultural que fue horadando la sustancia de las instituciones y ampliando la distancia entre lo que se dice y lo que se hace, al coste de expandir el abismo entre la política y la ciudadanía. Ese grotesco, terminó de la peor manera en el año 2001, con una figura presidencial humillada sin piedad desde los medios periodísticos, sin medir y sin proteger la institución presidencial, más allá de la ineficacia de su administrador saliente.

Presidentes jugando con bastones presidenciales o bailando en los balcones de la Casa de Gobierno o lo que es aún peor, no entregando los atributos del poder a quienes fueron legítimamente elegidos, vaciando de contenido un acto institucional de relevancia. Baste ver la historia argentina, convulsionada y violenta en muchas de sus etapas y los costes que padeció para reconstruir su democracia, para medir el daño que esas actitudes suponen. 

Patrimonios que no se explican y no resisten ningún análisis contable de algún estudiante del nivel secundario, beneficios impositivos, favores, diputados truchos, Banelcos y obras públicas infladas en precios y pinchadas en ejecución. Un punteo elocuente de la crisis institucional que supimos conseguir. 

 Es una cultura republicana que hay que rearmar y resignificar. Parte de su sentido, cobrará valor y envergadura, en un país que finalmente integre de verdad a su casi mitad excluida

 
Esa larga lista, y seguramente el lector tendrá en su mente más episodios parecidos, sumada a la mala, pésima performance económico-social del país de las últimas décadas, han deteriorado profundamente la vida institucional de la nación. No solo hay una brecha entre mandantes y mandatarios, sino que el indecoro perforó las paredes de los edificios públicos y se instaló plácidamente en sus salones. 

Pero la ingenuidad no debe tener lugar. Una ex diputada de la oposición también festejó su cumpleaños en tiempos de cuarentena, con invitados políticos y lookeados con el cotillón de ocasión. Claro, es obvio, lo de la presidencia es peor, es más grave, no es comparable, su dimensión excede las obligaciones de la ciudadanía de a pie. Pero la hipocresía es la misma, se ha vuelto transversal y eso, evidencia la agudeza del drama. No hay islas, hay un continente. 

De igual modo, otro costado de la tragedia argentina, es la impudicia de cierto periodismo, oficialista y opositor (aunque esta afirmación parezca un contrasentido de lo que el mismo periodismo libre supone) en el trato de las instituciones e investiduras republicanas. Burlas, insultos abiertos, vulgaridad en el lenguaje con el que se presentan las noticias, desprecio y una búsqueda de rating que por momentos da vergüenza ajena. Al poder se lo debe criticar, investigar, vigilar, pero eso se puede y debe hacer preservando las formas, el valor y contenido de nuestras instituciones. Que, claro está, son las que garantizan que podamos controlar al poder de turno. 

El descrédito no se arregla fácilmente. Es una cultura republicana que hay que rearmar y resignificar. Parte de su sentido, cobrará valor y envergadura, en un país que finalmente integre de verdad a su casi mitad excluida. Ambas cosas van de la mano y son mutuamente necesarias. Se comienza a enmendar con más democracia y más política. De la buena. Quizá más aburrida, menos “canchera”, menos tiktoker, poco “coloquial”, pero más seria, sólida y enfocada en los problemas de la ciudadanía.


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