Alicia Hurtado, retratada por Elina Amado

Opinión

Escribe Elina Amado

Alicia

29|08|21 12:35 hs.

“Lo nuestro fue tan inesperado, que nos encontramos sin buscarnos”, al decir del escritor Danns Vega. Un soleado domingo del mes de mayo de dos mil trece. 


El paro de transportes de larga distancia por las amenazas de despidos, la precarización laboral y la ausencia de acuerdo salarial, más las complicaciones e injusticias derivadas de esta medida de fuerza fueron el marco que propició el encuentro. 

Mi hermana por adopción, Susana, había quedado varada al igual que Alicia en capital. Ambas visitando a sus hijas. 

Los remisses envalentonados por el incidente pretendían una tarifa mucho más onerosa que la habitual. Y a veces no se trata de poder o no poder abonarla sino al hecho de dejarse esquilmar sumisamente. Hay una expresión un tanto más soez para ilustrarlo, que tanto Alicita como Susana festejarían, pero que no resultaría decorosa. 

Yo no conocía a “la licenciada”, como jocosamente se la solía llamar por su vasta cultura y solvencia intelectual, más que de las cartas de lectores de este mismo diario. Cartas muy medulares denunciando irregularidades o injusticias y cuando era propicio celebrando aciertos. Obviamente como mujer pública y emblemática que era, había escuchado de ella. Mi hermano la conoció antes, en su paso por el Colegio Nacional y por el trato con sus tres hermanos varones. 

Nos comunicamos a través de las redes. Esa tarde sabatina organizamos el viaje y partí desde Tres Arroyos a rescatarlas. Salí muy temprano con un programa de 1000 kilómetros por delante pero con la satisfacción de compartir un domingo diferente. Evitando que nadie se aprovechase inescrupulosamente.

Llegada a Buenos Aires cerca del mediodía pasé a buscar a Susana y luego a Alicia que se encontraba en la casa de Fernanda. El viaje de regreso fue tan ameno y entretenido que se hizo corto. Ya a los pocos minutos pude darme cuenta que así como era de culta, era también lúcida y pícara. Filosofamos, cuestionamos y nos reímos. Toda una revelación el perfil de esta mujer de peso, y no lo digo literalmente. Con el tiempo pude descubrir que tanto a ella como a mí nos molestaba la trascendencia que damos al número de años y de kilos. Datos a mi entender que no deberían ser de tanta relevancia y mucho menos indagados o exhibidos impúdicamente. El interés de cultivar ese vínculo amistoso que recién se perfilaba fue mutuo. Como buenas “cenadoras” gozamos de varios encuentros gastronómicos. Con un buen malbec nos encontraban las medias noches polemizando de los temas que tan bien conocía y exponía. Detestaba la injusticia y la corrupción. Reprobaba la ostentación. Y en general quitaba la careta de la hipocresía a quien fuese que la tuviere. Quizás por esos valores es que llegué a admirarla mucho. 

Alicia no se casaba con nadie. Lo que estaba bien, estaba bien y lo que no lo estaba no lo estaba y no había indulgencias.

Nunca la vi en una foto mostrando como ayudaba. Era solidaria por esencia pero lo practicaba desde su lugar, movilizando, pidiendo a la persona justa en el momento adecuado. Su habilidad era gestionar y su base de datos y contactos muy extensa, como para lograr sus fines, que no eran otros que ayudar sin exhibir. Daba testimonio de la frase del evangelio de San Mateo al que adhiero totalmente. “No dejes que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha” 

Graciosa hasta con sus gestos. Mucho más con sus expresiones. A veces tenía un humor ácido. Cuando se llamaba a silencio, su gesticular levantando las cejas y abriendo desmesuradamente los ojos era más elocuente que su temida oratoria. 

Alguna vez retrucaron una carta de lectores suya tildándola de “señora resentida”. Nada más lejos. Alicia no se dejaba intimidar por el tener o por el poder, su seguridad estaba basada en la coherencia en el decir y en el actuar. Como bien expresó alguien muy acertadamente y cuyo nombre no recuerdo “Alicia resiste cualquier archivo”

Tuvimos el privilegio de disfrutarla bastante pero no lo suficiente. El dolor expresado desde el día en que supimos que no estaba más entre nosotros y desde todos los ámbitos de la ciudad dan clara muestra de que su huella quedará por siempre.

Dar la vuelta por la 26 hacia la costanera en Claromecó nos despertará una cuota de nostalgia y tristeza. Ya no la veremos instalada en su sillón mirando el mar. Una pena que no haya podido disfrutar esa vista sin obstáculos, que tanto hubiese apreciado. Desde ese lugar dominaba la calle y el paisaje. Se enojaba cuando era saludada desde un vehículo con vidrios polarizados. Me lo hizo saber en alguna ocasión en que percibiendo su fastidio, estacioné, baje y me acerqué a su trono. 

Cuando estaba en Nordelta visitando a Flor sus mensajes hablaban de las milanesas que hacía para el nieto y que devoraba en mucho menos tiempo del que a ella le insumía hacerlas. O nos contaba de los cuises que en el parque aparecían justo para la hora de su desayuno. Jugando con esa situación no tardamos en humanizar uno y llamarlo Lisandro. Su cuis amigo. En un último mensaje, que no llegó a leer, le preguntaba por Lisandro porque estimé se habría retirado intimidado por la invasión de los carpinchos. No abundaba en relatos del paradisiaco y selecto lugar, en todo caso si sobre su cotidianeidad familiar y afectiva… y también contaba de Lisandro.

Alicia nunca supe si creías en algo que esté por encima de todo. Llámese como quiera que se le llame. No fue un tema que hayamos tocado y por tu mentalidad tan racionalista no sé si te cabía la idea de una potencialidad absoluta aunque no le llamases Dios. 

Tampoco si concebías la posibilidad de una trascendencia más allá del cuerpo físico. 

Yo creo que hay una energía creadora que está por encima de todo y también una trascendencia del alma. 

Hace pocos días te escribí, animándote a que todo estaría bien. Que finalmente miraríamos el mar como “dos sobrevivientes”, felices de tal condición, el próximo verano en Claromecó. 

Mi consuelo será saber que estarás de alguna manera vagando en esos lugares que amaste. 

Elina Amado


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