La relación con el FMI nunca garantizó nada. Se requiere un ordenamiento más amplio de las cuentas p

Opinión

Editorial

Difícil

03|10|21 08:48 hs.

Determinar la orientación en política económica de la actual administración es un asunto complejo. La Pandemia obligó al gobierno, al igual que a la mayoría de los países del mundo, a ser dispendioso con la billetera a lo largo del 2020. Pero en el primer semestre de este año restringió esa actitud y comenzó a ajustar los números. Y devaluó, por medio de micro acciones, pero lo hizo. El dólar oficial, por ejemplo, al primero de enero del 2020 tenía un valor de comprar de $58 y el treinta de septiembre de este año, lo podías comprar por $98,30. Luego de la derrota electoral ocurrida hace unas semanas, la expansión retornó, pero las micro devaluaciones, solo perceptibles en su magnitud en la perspectiva del tiempo, continuaron. 

Por otro lado, la inflación continua estable, entendiendo estabilidad como la naturalización del aumento generalizado de precios como dato habitual del desenvolvimiento económico del pais. No hace falta señalar que la combinación entre inflación y devaluación del dólar, constituyen un matrimonio tóxico que pulveriza el poder de compra de la ciudadanía. Además de obligar a pensar solo en la coyuntura del día a día, quitándole la posibilidad de ahorro y planificación a las familias y empresas. 

La pobreza, que supera el cuarenta por ciento de la población, es el colofón de una sociedad enfocada, única e inexorablemente en solucionar su presente fangoso. La Argentina, tierra abierta y entusiasta durante muchas décadas, todavía conserva, a pesar del esfuerzo de la dirigencia por contraerlo, un impulso hacia adelante, creativo y optimista, que empuja a un Titanic que, por ventura, nunca termina de hundirse. 

Mientras tanto el gobierno no explicita cual es su camino a recorrer y menos aún, como hacerlo. El acuerdo con el Fondo Monetario, postergado una y otra vez, estaría dentro de las variables que otorgarían cierta previsibilidad al rumbo económico. Pero la relación con el organismo, históricamente, nunca garantizó nada en términos reales. Apenas unos fines de semana largos apacibles, no temporadas completas o años de relativa calma y seguridad. Esa apuesta, no tiene mucho peso en sí misma, salvo claro, si está incluida dentro de un ordenamiento más amplio de las cuentas públicas y de las obligaciones externas. 

Los problemas de la coalición gobernante en materia económica no se entienden con el argumento fácil de que sus integrantes no se ponen de acuerdo y difieren sustancialmente en esa área. Aunque esto pueda ser cierto en parte, la verdad es que la realidad del país requiere soluciones complejas, decisiones duras, esfuerzos sostenibles en el tiempo y acuerdos básicos que excedan los límites de la alianza que administra el país. 

Preguntas tales como las siguientes, exigen respuestas consensuadas: ¿Es sostenible financieramente un sistema previsional como el argentino en dónde al menos un cuarenta por ciento de la fuerza laboral trabaja fuera del marco legal?, ¿Cómo se aumenta la inversión genuina en el país? ¿Cómo se hace para que la velocidad de la creación de empleo privado supere holgadamente a la del empleo estatal?; ¿Es eficiente el Estado argentino en la provisión de servicios y en la garantización de derechos? ¿Cómo se moderniza la carrera docente y se da un salto de calidad en términos educativos? ¿Cómo se derrota la cultura inflacionaria, dado que no es solo un fenómeno económico? ¿Cómo hacemos para frenar y disminuir el crecimiento de la desigualdad en nuestra sociedad? Estos son algunos de los interrogantes que pueden ordenar, según como se respondan, una orientación económica estable, al menos en sus elementos centrales. 

Las idas y vueltas, las incertezas, la ausencia de explicaciones sistemáticas, las pulsión por hacer sin la previa calma del razonar sentidos, la urgencia electoral, los plazos breves, la necesidad de darle a las cosas un significado con algún costado místico, la ausencia de liderazgo para el tamaño del esfuerzo que hay que iniciar a sabiendas de que no se verán sus resultados pronto, azotan una y otra vez, como olas bravas el casco del Titanic argentino. 

La historia contra fáctica nos invita a pensar en que hubiese ocurrido si la administración anterior hubiese sido reelecta. La respuesta, según quien la dé, será más o menos favorable, pero ciertamente incomprobable. Lo hecho en su etapa, el resultado final de su hacer y las opciones, ideas y debates propuestos, una vez fuera del gobierno, no parecen hablarnos de una tierra prometida perdida. Sí, como alguna vez se escribió en esta editorial, de un desierto de ideas compartido. 

Difícil precisar la orientación económica del gobierno. También, sobre la de los que quieren volver a serlo. Una dificultad relevante. Y quizá, una de las más importantes. 


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