Eduardo Mallea escribió “Historias de una Pasión Argentina” en 1937. Su texto conserva una gran actu

Opinión

Editorial

Inspiración

31|10|21 10:48 hs.


Anodino. Esa es la palabra que mejor describe el vínculo entre la sociedad y las elecciones que se van a desarrollar el 14 de noviembre. El poco interés mostrado en las PASO del mes de agosto, más centrado en remarcar la falta de propuestas e ideas de los partidos en pugna, parece haberse profundizado en la recta final que determinará la nueva relación de fuerzas en el Congreso Nacional, en las distintas legislaturas provinciales y en los concejos deliberantes, a lo largo y ancho del país. 

El motivo central es que no ha ocurrido nada diferente que mueva el escenario electoral en términos de profundizar las discusiones, obligando a las distintas ofertas electorales a definir posiciones en temas relevantes o, al menos, a levantar la temperatura de la opinión pública empujándola a interesarse un poco más en la campaña. 

Lo cierto es que la sociedad está más preocupada en resolver su día a día, en un contexto de incertidumbre que su dirigencia parece no estar muy interesada en serenar. Unos y otros viven en mundos paralelos, en una distancia preocupante, que no se debería tensar ni ensanchar. A la frágil realidad socioeconómica, le resultaría muy negativo y con efectos potencialmente inesperados, escavar más el pozo que separa a unos de otros. 

En este contexto, parecen actuales los pasajes de “Historia de una Pasión Argentina” (1937), el ensayo autobiográfico de Eduardo Mallea (1903-1982), en donde el autor nacido en Bahía Blanca, distingue la “Argentina visible” de la “Argentina invisible”.

“…El relato recorre, capítulo tras capítulo, diversas etapas vitales: la crianza de un niño en una familia de antiguas raíces, junto al Atlántico, cuyo bienestar económico no excluye el idealismo (el padre, figura caracterizada sobre todo por su perfil ético, es un médico que decide consagrar su trabajo al servicio de los más necesitados); el paso de ese niño, convertido en adolescente, a la gran ciudad donde descubrirá una vocación reflexiva y artística, y el presentimiento de otro país, invisible o secreto, que no coincide con el que emerge en sus representaciones públicas; la lucha del joven universitario contra la "Argentina visible", nación impostada, falsa, inauténtica, ostentosa, construida en el escenario del poder; la exploración de la "Argentina invisible", que responde a una sensibilidad y a una escala de valores forjados en una suerte de épica del trabajo y en un compromiso existencial: la "exaltación severa de la vida". 

De allí en más, los capítulos siguientes desarrollan tanto la denuncia y acusación contra los "traidores" que no reflejan, desde sus altos cargos y posiciones, el país verdadero, como la definición del estado de conciencia correspondiente a la Argentina profunda…” escribía María Rosa Lojo, en el año 2007, en un artículo conmemorativo de los setenta años de la publicación de la obra de Mallea que traemos a colación.

Una dicotomía idealista, pero no por ello, reveladora de una desconexión grave, profunda y exasperantemente engañosa de lo que ambas partes, ciudadanía y dirigencia, sienten, ven o ignoran de la otra. Lo que deja ese libro, continua Lojo es “…acaso también la modesta convicción de que, a pesar de todo, la Argentina (y la especie humana) subsisten aún gracias al trabajo y a la fe cotidiana y anónima de tantos silenciosos o desoídos, invisibles o borrados por la mirada ciega del poder. Esos hombres y mujeres justos que, desde los tiempos bíblicos hasta nuestros días, siguen sosteniendo un mundo que se tambalea…”, anotaba la autora, en el diario La Nación, en cuya redacción, el bahiense, fue director durante muchos años del suplemento cultural. 

Esos y esas, que sostienen la sociedad, a pesar de quienes los representan no lo dimensionan en su real valor, ocupados en los menesteres del ejercicio del poder, necesitan que la dirigencia despierte. Un despertar, basado en convicciones y en un camino claro a seguir, que empuje hacia adelante a una nación estancada en viejos problemas abordados por viejas recetas.

La Argentina requiere una clase política que inspire. Pero no mesiánicamente. Simplemente demostrando compromiso, cuidado y responsabilidad, hacia la tarea para la cual fueron elegidos. Haciendo más visible lo invisible y ayudando a mostrar la mejor versión que como sociedad podemos exhibir.  


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