Opinión

Una tarde particular

07|11|21 12:51 hs.

Por Jorgelina Ouwerkerk


Su departamento, situado en una de las calles más transitadas de la ciudad era igualmente tranquilo, salvo por el pelotero de mitad de cuadra, que cada vez que se ocupaba, regalaba un rítmico “Que los cumpla feliz” a toda la manzana, y hacía rabiar a más de un vecino, que cansado de trabajar todo el día, no obtenía un espacio para aparcar su coche, salvo en la cuadra siguiente. 

Ni hablar de esos hijos de una mala madre que se estacionaban en la entrada de algún garaje. Una vez alguien se ofuscó tanto… 

Aquel día quedó grabado en la historia del barrio: esa, la del apellido ruso, la mujer robusta de enormes ojos verdes y que a diario mostraba una sonrisa delicada, se encontraba en esa ocasión fuera de sí. Ya cansada por la falta de educación de otros, al abrir el portón de su cochera y ver aquel flamante auto rojo brillante -y ella odiaba el rojo- no tuvo mejor idea que encararlo cual toro furibundo burlado por el lidiador. 

-A este lo curo yo- repetía una y otra vez entre resoplidos y rechinar de dientes. Le dio arranque al motor, y pisando el embriague puso reversa, aflojó la tensión de su pie izquierdo del pedal, aceleró y arremetió contra el inconsciente que no le daba la libertad de poder salir de su propia casa. Le dio de lleno impactando la puerta delantera izquierda y costado delantero.

A un segundo estuvo de atropellar a una criatura que corría tras su globo, recién salido de la fiesta. El grito de terror y júbilo de la madre que vio prácticamente la muerte de su hijo y su resurrección al mismo tiempo, se oyó hasta dentro del salón de festejos, junto con el estruendo del choque de carrocerías y chapas retorcidas. 

En un instante, una multitud de curiosos, como hormigas a la miel, rodearon la escena. El dueño del coche bermellón, no salía de su asombro. Tenía una mezcla de ira contenida y vergüenza, y su rostro era el reflejo exacto del color del auto. Y cuando vio a la causante del atropello, esa rubia grandota que gritaba a toda voz “¿Alguien más quiere estacionarse en la entrada de mi garaje? ¿Alguien más?” no supo qué hacer. Temor de haber errado, temor de ser atacado… 

Tal vez fue eso lo que le provocó un fortísimo y agudo dolor en el pecho, se le nubló la vista y sintió que caía pesadamente sobre la vereda. 

Una mujer delgada, de mediana edad, que estaba a su lado, lo vio llevarse su mano derecha hacia el tórax antes de caer y gritó desesperadamente pidiendo que alguien llame a la ambulancia. Mientras una señora mayor se persignaba, de entre los presentes un raudo joven de jean y chomba de impecable blanco se acercó, e inclinándose se fijó si respiraba. Se identificó como médico y le dijo a la mujer que llame al 107, que el hombre habría sufrido un infarto, y comenzó a masajear rítmicamente. 

Todo sucedió tan rápido… 

La gente, tan acelerada… casi tanto como el coche de la del apellido ruso.

Llegó la ambulancia, y se llevó al paciente; y la impaciente siguió preguntando si alguien más quería estacionarse sobre su garaje. La gente comenzó a dispersarse, el coche rojo quedó allí, chocado. El barrio no olvidó nunca esa tarde… 

Pero su barrio, era un barrio tranquilo, de gente común, de esa a la que un día se le vuelan los patos, y sorprenden, y dejan una nueva historia para ser contada.   


Add space 300x250x2