La Ciudad

Por Juan Francisco Risso

Museo & diario

12|12|21 22:33 hs.


No es una mala sociedad, para nada. Hace años el Poder Judicial transfirió los archivos del Juzgado de Paz al museo. En lugar de clasificar expedientes y formar paquetes la señora encargada se puso a leerlos y descubrió poco menos que un tesoro histórico-literario. De allí salieron las semanales Historias Desarchivadas; aclaro que la titulera era ella; yo era el galeote que tipeaba en la XT de fosforo naranja y metía chistes no siempre de buen gusto. Algunos las recordarán. 

Hace años yo escribía cuentos y Pocho Senra me hacía comentarios que me dejaban pensando. Siempre lo tuve por un buen lector; de eso mismo se jactaba Borges. Ahora el museo hizo una remake con aquellos archivos, invitó a escribir cuentos y descubrí que Pocho escribe mejor que yo. Muy fina su prosa, muy balanceada. Acaba de ganar el 1er Premio de cuento corto ante un jurado que te la voglio dire. Aquí está. 

             -0-0-0- 

 Atanasio El Limpio 
 En el 20 presidía don Hipólito y al elegante Hispano lo regenteaba don Fito Roma. Primoroso hotel que había tenido el cuidado de emplazarlo algo lejos de la Estación para intentar que el lumpen de las cosechas no lo ocupara por cercanía. Era propiamente el centro del pueblo en esa época. Y se daba dique de ser el propietario de semejante albergue. Era el más caro, el más ostentoso. Tremenda araña central que bien podía dar lugar a vanidad de vanidades. 

 Intentaba seleccionar la clientela, pero tampoco se ponía en exquisito. Finalmente terminaba alojado el que garantizara el pago debido. Comedor amplio y fino. Comida elaborada con el último grito europeo. No le faltaba nada. Tampoco era el Alvear Palace. De hecho, jamás tuvo figuras destacadas entre sus clientes. Pero el tano, en sus relatos, le facturaba al mismísimo presidente del Jockey Club. Lo cierto es que ni por la vereda pasó el mencionado, ni ningún otro de su categoría.

 La destacada fachada ocultaba la trastienda que escondía oscuras situaciones y actores, que iban desde entuertos en aquéllas, a verdaderos tahúres entre éstos. El patio no era de los más prolijos, era un mostrario de desechos varios. Allí se descargaba la hacienda en pie y las corridas de pollos y gallinas eran memorables. Y algún chancho se escapó alguna vez para las vías. Inevitable mezcla de heces de distinto origen aviar, vacuno y porcino. Pero a la vista, todo impecable. Impoluto, con el perdón de la palabra. Ese espacio se acomodaba un poco a pala y rastrillo, y alguna que otra escoba no demasiado pretensiosa. Adentro estaba el ruido. Cocinero, camareras, planchadoras. No se confundan con el hotelero rural. Con mucho moñito y zapatos de charol, se lo solía ver revisar todos los ambientes de su categorizado hospedaje. 

 A la distancia podría definirse como la calidad que no reconoce estrellas. En rigor, el sector que gozaba de cubierta para las vistas, no era mucho más que la carbonería de la otra cuadra donde las pisadas negras eran de una supina perdurabilidad. Adentro, los pesados cortinados enmarcaban con elegancia los salones. Por eso nunca se mandaron a la lavandería. Estaban firmes y rígidos. Pero pegaban el palo. Las copas del comedor eran vistosas, los platos grandes con virola dorada, en fin, acorde con la época en que se desarrollaba su actividad hotelera. Los muy pocos acomodados del país viajaban en barco a Europa con su propia vaca que les iba proveyendo leche y, a la llegada, los bifes. Los parroquianos de nuestro amigo llegaban en carro o a caballo. Para eso estaba el palenque. En la época de una utilidad descomunal. 

 Vajilla brillante, pero de dudosa calidad, se pavoneaba por el comedor y ambientes de solaz. Había circulación de personas y enseres. Y algo siempre se pierde en el camino. Suele suceder. Don Fito notaba que su vajilla se había convertido en un vario pinto. No mantenía la uniformidad de cuando arrancó con la atención hotelera y gastronómica. Por ello se abocó a un discreto seguimiento. Colmó su paciencia el hecho de no poder mantener la armonía en sus cubiertos ni en sus copas y vasos de los brebajes. Se juntaban los de virola con los rasos, los que tenían una marca y los que nada lucían. Esa presentación anárquica atentaba contra la calidad que pretendía ofrecer a su selecta clientela. Dónde se ha visto que puedan juntarse en una mesa de categoría los flacos largos y espigados con vasos retacones, gruesos y toscos. A quién se le ocurriría un amplio sopero estacionado sobre un esmirriado que apenas soportaba su base. Y todo así. La calidad hasta allí no reconocía estrellas. En adelante desaparecería en fuga grosera. 

 Encomendó entonces a uno de los camareros y al cocinero jefe, un inventario rápido y minucioso. De tan ingrata tarea surgió la amarga noticia de que la mezcla de calidades era el resultado de los faltantes que claramente debían cubrirse con distintas procedencias. La sospecha ya era una realidad manifiesta, arribando al doloroso reconocimiento que alguien lo estaba despojando de sus bienes con el método hormiga, vigente en este mundo desde el origen de los tiempos. Pero a quién acusar era el dilema. Y el semblanteo policíaco invadió el solar. 

 El hotelero no confiaba que apareciera el responsable. Además, porque conocía a sus empleados desde hacía mucho tiempo, porque algunos eran vecinos, otros recomendados, otros se recomendaban por sus atributos como la veinteañera planchadora carioca. El cocinero amigo del gallego de la carbonería de la otra cuadra. Toda gente muy buena, pero el tano no podía juntar dos platos del mismo color. Y el faltante comprobado militaba en todas las categorías de elementos. Hasta barras de jabón faltaban. El inventario era ciertamente un fantoche. Pero el sospechoso había que buscarlo en otro lado. 




Por descarte quedaba en falsa escuadra alguien que hacía un corto tiempo se había incorporado al plantel de dependientes. El sereno Atanasio. El más nuevo y el más quejoso. Demandante a diario de distintos elementos, pero, fundamentalmente, de los de limpieza, que ni para algún festejo el patrón pensaba en proveerlos. Los platos y copas eran para el despiste pensó don Roma. Y ahí encontró la causal de despido por el camino envenenado. Apuntó hacia él todos los cañones con el injusto punto de partida que, meramente, era su menor antigüedad y el encubierto del despido. Despido que por otra parte era menester dada la debacle económica en puertas, puesto que no funcionaba el negocio como aparentaba. Había que cargar la romana en quien carecía de antecedentes, recomendaciones y permanencia en el palacio del albergue y que, a la vez, significaba una probable amenaza en la Justicia. Prueba, ninguna. 

 Los ojos de don Fito se fijaron en don Ata con una severidad detectivesca pero impregnada, además, de inquina. Y llegó el día que, escondido detrás de la puerta de calle, sorprendió al futuro imputado. “¿Qué lleva ahí entre sus ropas?”. El incrédulo sereno no entendía el comportamiento del patrón. Y le pidió que justifique su actitud. Y el tano le repitió la pregunta y la extendió para que justificara los faltantes, Que dónde puso los platos que faltan, y las cucharas, y las cucharitas, y las servilletas, y… Negaba a pies juntillas haber hurtado tal listado. Solamente lo comprometía el bulto que lucía su campera de invierno. Entonces tuvo que reconocer que llevaba para su hogar una barra de jabón amarillo. El mismo que el gringo le negaba sistemáticamente. Del resto nada. Nunca se llevó ni un alfiler. El pobre hombre justificó lo que se llevaba sin tener autorización. El fin era por demás loable. Era por aseo personal, para suplir el que brillaba por su ausencia en su ámbito de trabajo. Si en su casa lavaba sus ropas y su persona, era por la necesidad primaria y esencial de higiene. Su pobreza no podía impedir a Atanasio que luciera de punta en blanco para sus ocupaciones y para la vida misma. 






 Sus flacos bolsillos con frecuencia le negaban tan civilizada costumbre. Pero el tano no quedaba convencido con tan limpia respuesta, con tan justificada fundamentación que le desarmaba su plan. Además, esa actitud era demostrativa de que todos los bienes hurtados debían necesariamente tener como responsable al sereno. Quien hurta una barra de jabón bien puede hurtarse variadas cantidades de vajilla, por ejemplo. Quien puede lo menos, puede lo más. Invirtiendo así la lógica axiomática y supliendo la endeblez probatoria. No hubo forma. Ninguna limpieza, aunque fuera a fondo, era excusa para dispensar al supuesto hurtador. Porque no otra cosa era don Ata, ya por hurtar, ya por sustraer, ya por distraer, ya por birlar, o meramente por supuestamente ser quién esquiva, oculta o esconde para no ser descubierto. Y listo, condenado el hombre y no hay quien le saque el bendito. 

El empleador, en su animosidad y en la fingida creencia que había sido víctima de hurto, prestamente se dirigió a las autoridades para que hicieran caer sobre el denunciado todo el peso de la ley. Con una fiereza que pretendía ser fuente del Código Penal que estaba en elaboración y que sería sancionado al año siguiente. Pero lo quería castigar con el que estaba vigente, que seguramente algún tipo penal receptaría la mala conducta de Atanasio. Y armó la denuncia describiendo el hurto que le imputaba de 40 cuchillos, 37 tenedores, 48 cucharitas y 26 servilletas. Bien se cuidó de no mencionar la barra de jabón, pues seguramente, dejaría en descubierto su poca afición a los distintos lavados. Se movilizó la partida policial y quedó detenido el acusado. Acusado por hurto, marchó preso. Se le ofreció defensor oficial y todo, pero, se defendería solo, faltaba más. Además, el tano valuó en 100 pesos fuertes la totalidad de lo supuestamente sustraído por el sereno, los que reclamaba como indemnización. Y, lanzado a la arena tribunalicia, el acusado sin prueba alguna, meramente reconoció el retiro del jabón alegando en su favor que lo imponía la limpieza de su ropa que, a su vez, redundaría en la mejor atención en su trabajo pero que, esencialmente, hacía a su dignidad que parecía ser ignorada por su empleador. 

La defensa lucía impecable. Las pruebas en su contra eran insustanciales, la declaración de los testigos, a la sazón dependientes de don Fito, y probablemente presionados por él, nada aportaron a pesar de que, aviesamente, declararon en su contra. Todo en base a sus interesadas e impuestas posiciones, y no que porque hayan visto concretamente un accionar que podría exhibirse como reprochable. La integridad de Atanasio lucía incólume. Finalmente, la Justicia se expidió absolviendo al encartado. Quería presentarse su amañada imputación como causal de despido encubierta. Y, finalmente, la limpieza campeó en los Tribunales con una justa sentencia. 

No siempre lo que parece es verdadero. Máxime cuando son limpios los procederes de unos y sucios los de otros. La justicia dejó de ser un ideal irracional, aunque se procuró utilizarla como cómplice de aviesos intereses inimaginables en el coqueto albergue pueblerino. Pero Atanasio nunca más pudo ser sereno en ningún lado. 

               -0-0-0- 

Habrán visto que no exageré. Nos vemos. 


                  -------------------------

Realidad, ficción y arte

Algunos dicen que la realidad supera la ficción. Otros, que la realidad imita al arte. Bien, no hace tanto, en un lujoso hotel de Buenos Aires, un pasajero extravió una suma de dinero muy grande. La halló un empleado y la entregó al administrador, quien ubicó al propietario y le hizo entrega.

El propietario quiso recompensar al empleado, y costó encontrar su domicilio, que -finalmente- estaba en “la villa”. Hecho ocultado por el empleado, pues el hotel no admitía gente de la villa en su personal. Ergo, había falseado la ubicación de su domicilio. 

Resultado: el empleado fue despedido.  

Juan Francisco Risso



Add space 300x250x2