La cocaína adulterada mató al menos a 23 personas. Fue envenenada de forma intencional

Opinión

Editorial

República perdida

06|02|22 08:20 hs.


Escuchala en la voz de su autor, Diego Jiménez


Lo ocurrido esta semana, en el gran Buenos Aires, es espeluznante y lo más dramático, es que las muertes, internaciones, operativos policiales, cuevas, cocinas, dealers, detenciones, narcos, corrupción, coima, peaje, adicciones, fuerzas de seguridad ineptas o cómplices y estupidez política, ocurren con mayor o menor frecuencia en todo el país. 

Rosario siempre estuvo cerca y no precisamente, aquella ubicada frente al curso de agua, que inspiró el bello poema “Fui al río” de Juan L. Ortíz. No. Esa no. La oscura, la que mezcla pobreza, exclusión, drogas, ausencia de sueños, roña policial y política. Esa. La de los márgenes de la vida, está cerca. Quizá demasiado. Infiltrada y en complot con la muerte. Y aquí, en nuestro pueblo, en alguna de las esquinas, puertas falsas o tapaderas. Si, aquí también. Y más, cada día. 

No hay lugar para el asombro como tampoco para unas mise en scene, tan comunes y superficiales, como nos tiene acostumbrados la política convertida en espectáculo. Ni siquiera del bueno. Más bien del pobre, con guiones mal escritos y con protagonistas sin aptitudes teatrales. Solo extras, pero con estándares de vida, propios de estrellas del star system norteamericano. 

Nada sobra en la Argentina y pareciera que los males del mundo se empeñan por instalarse en el país. Orondos, impunes, invitados desprejuiciados de un país que hace años perdió el rumbo. Una nación que expulsa a sus hijos e hijas, que maltrata la honestidad del que trabaja y que espera el milagro que cambiará todo. Pero estos últimos, solo existen para los que tienen fe, espiritual o laica, claro, algo que también escasea en estos confines del mundo. 

Los que deben saber lo que ocurre, saben y se escudan en otros que no hicieron y en las excusas propias de la mediocridad vernácula. Los que pueden actuar con la fuerza de la ley, vegetan. El resto, se acorrala en sus miedos y anhelos incumplidos, se individualiza cada vez más en una Argentina que no tiene un proyecto colectivo. ¿Qué otra cosa podrían hacer? 

No hay en esta República una idea creíble sostenida por un grupo que aspire a comenzar transformar una realidad sin luces. Opaca. Gris. Nación contradictoria, voluptuosa, impredecible, gritona e irascible. Sin calma, yendo rápido una y otra vez al mismo lugar, que es atraso, retroceso. Quizá, las dos únicas certezas que conocemos y abrazamos con amor ciego. 

Un país que cree que movilizar y marchar, cortar y escrachar, agredir y arrojar carpetazos es una forma de rebelión, de plantarse ante aquellos que una y otra vez evitaron que fuéramos lo que queríamos ser. Nada más antojadizo que eso. Nada más infantil, nada más carente de los ojos de la niñez que miran la vida con ansias de atraparla y disfrutarla. Y de verla crecer. 

Y así estamos, viendo las imágenes de un patetismo triste, obsceno por falta de pudor, por ausencia de algún filtro que atempere rostros, cuerpos, fisonomías y reacciones de seres humanos deshumanizados. Llevados al extremo, desfigurados de ilusión, clientes de la muerte, olvidados de todo. En gran parte, resultado de lo que nos encargamos en no hacer. 

La República está perdida, aunque nunca es demasiado tarde para ayudarla a recuperar su camino. Difícil, azaroso, inestable y complejo. ¿Pero quién duda con razón qué podría ser mejor que el transitado hasta ahora?



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