El día de su cumpleaños. José junto a sus hijos Anita, Patricio y el perro Ringo

La Ciudad

José Pospichal contrajo coronavirus hace un año

En vivo después del Covid

23|04|22 19:33 hs.

Por Valentina Pereyra 

Fotos Marianela Hut

 José Pospichal entró a ducharse como todos los días. Su familia pasaba por momentos de mucha incertidumbre; Celeste Di Rado, su esposa, estaba internada con Covid hacía unos días y la situación se agravaba. 

Ana Inés Pospichal, la hija del matrimonio, y su hermano Patricio cursaban la enfermedad en su casa. 

 El vapor y el agua caliente confundieron a José, que no podía respirar bien y tenía los latidos acelerados. Su hija usó el oxímetro que había comprado para su madre. Los parámetros eran muy bajos, así que inmediatamente partieron para el hospital. 

“Es horrible, horrible, llegué y me atendieron. Me hisoparon y diagnosticaron neumonía. Inmediatamente ordenaron la internación y me pidieron que pusiera toda mi ropa en una bolsa de consorcio negra”. 


Con Elena, la perra salchicha de su hija


Todo lo que ocurrió después da vueltas en la cabeza de José y se mezcla con los sueños. 

“Cuando estuve en la Sala Covid me pusieron un globo para que pudiera respirar. Tiempo después, ya en terapia, soñé que me movía en una galaxia multicolor que se veía con cierto desnivel, como el que tienen los cines. Tenía una función: debía remar en ese aire galáctico para producir oxígeno. Cuando desperté estaba seguro de haber estado allí”.

Los siguientes treinta días los pasó en terapia intensiva. 

 El tiempo y el espacio aparecen confusos después de un año. El latigazo de realidad se la brindaron sus hijos o los profesionales médicos. 

“No me acuerdo nada, sólo recuerdos vagos, no tuve idea del paso de las horas”. 


Junto a los doctores Luciano Matta y Mercedes Irigoyen


En terapia sufrió dos infartos, “me acuerdo por el dolor tremendo que me dio en el costado y llamé, creo que grité, vinieron los doctores y me atendieron muy rápido en medio de un revuelo tremendo; recuerdo que me pusieron el aparato en el pecho para revivir mi corazón”. 

La sedación y el bajo peso lo mantenían en trance, en un sueño inconsciente que cuanto más vívido, más cierto e irreal. 

Treinta kilos menos después, lo pasaron a la sala común en la que estuvo otros veinticinco días para recuperarse. 

 “Los chicos me veían por encima de un vidrio, me dijeron que algunas veces estaba boca abajo con el respirador, pero no me acuerdo, ¡mejor que no recuerdo! Nunca me di cuenta del tiempo que pasaba, ni de que me hicieron traqueotomía, sólo lo advertí cuando estaba de vuelta en una habitación común e intenté hablar”. 


En terapia intensiva. A su lado, el enfermero y amigo Mauro Catalano


Ya recostado en la cama de la Sala Covid, lejos del respirador, de la sedación y con las escaras por sanar, hubo otra preocupación que llenó las horas de José hasta que supo la verdad. 

 - ¿Cómo está mamá? 
Las respuestas fueron evasivas. 

 “Una tarde le pregunté a una enfermera y le rogué que me dijera la verdad. Los chicos estaban muy abocados a mí y me extrañaba que no fueran con su mamá. Ahí supe lo ocurrido. Mauro Catalano, el enfermero, se hizo cargo cuando pasó lo de Celeste y guió a los chicos para las acciones que tenían que hacer. Yo me empecé a mentalizar, no me quedaba otra, no estaba bien en mis cabales”. 

 Agradecido 
En el largo proceso de internación a José lo asistieron muchos profesionales de la salud, mucamas y cuidadores. A algunos los reconoció tiempo después porque al momento de atenderlo se enfundaban en esos trajes espaciales que sólo dejaban sus ojos al descubierto. 

José está agradecido, no puede dejar de mencionar el trato y la dedicación que tuvo todo el personal del Hospital Pirovano. “El doctor Enrique Risso que me hizo kinesiología o Darío López de Ipiña; los médicos que me alegraban el día con sus palabras y su buena onda como Matta y Otero… pasaron muchos doctores y a todos les agradezco mucho como a Claudia Mortatti y a su esposo Mauro Catalano que además, nos ayudó a conseguir el servicio de asistencia Dar Salud a través del cual recibí tratamiento con un kinesiólogo, un terapeuta y una psicóloga que me atienden todavía”. 


José volvió al hospital y se encontró con enfermeras


Las palabras agradecidas de José se multiplican e insiste, “no tengo palabras, impecable todo, el personal de limpieza, enfermeras, médicos, administrativos. Me emociono cuando me pongo a hablar, pero ya pasó, ya está. Me di cuenta que el cuerpo está preparado para muchísimas cosas inimaginables”. 

 La vida después del alta
 “¿Qué hago? ¿Sigo? 
¿Me entrego? ¿Para qué quedarme, para dar trabajo?… 
No puedo abandonar a los chicos con lo que hicieron por mí, además ya habían perdido a la madre”

 Casi dos meses después de la internación enfrentó otro duro golpe: regresó a su casa, el hogar que había perdido a Celeste y cambiado sus vidas para siempre. 

El que bajó de la ambulancia era otro José.

 “No sabía bien qué tenía, era una bolsa de papas, me trajeron directo a una cama ortopédica, me sentía como un bebé, no tenía nada de movilidad, la piel era una pasa de uva, y no había comido nada durante dos meses, más que lo que me pasaban intravenoso”. 



Los pensamientos oscuros rodearon su cama, apenas podía incorporarse. “Me miraba y pensaba: no salgo más, voy a terminar en silla de ruedas”. 

La fuerza para seguir la sacó de sus hijos. Ellos lo animaron y hasta se enojaron con él cuando eligió el sueño o la cama en lugar de los ejercicios físicos necesarios para su recuperación. 

“Llegué a casa y tenía como costras en la cabeza y en el cuello por la dificultad de bañarme; iba en silla de ruedas al baño. Pasé mucho frío, no por la temperatura del ambiente, sino por mi frío interior, tanto en el hospital como en mi casa”.



Todo lo que enfrentó fue con dolor, mucho dolor. Empezó a mover las piernas, las manos, se sentó, dio los primeros pasos con miedo, siguió con el andador, con dos bastones y finalmente, largó todo y empezó a ir de la cama al living. 

“Si iba el kinesiólogo y me dormía, quedaba de cama. Cuando llegué a casa fue un desastre, estuve muy mal emocionalmente”. 

Por un convenio que IOMA tiene con la empresa Dar Salud, José recibió asistencia a domicilio. Tiene cita a diario con el kinesiólogo con el que hizo grandes avances. Ganó movilidad para manejar y comenzó a valerse por él mismo. La terapeuta y la psicóloga completan su tratamiento. 


El día en que recibió el diagnóstico y fue internado


“Nunca había tenido tratamiento psicológico, yo sé cuál es mi problema, sé el camino que puedo seguir, aunque sigo charlando con la profesional del tema. Durante la recuperación hacía dos viajes de una pared a la otra de la casa y me cansaba muchísimo, tenía que acostarme, pero eso hacía enojar a mi hijo que me pedía que estuviera más tiempo levantado. Ellos querían verme en actividad, pero estaba con muchos dolores. Hasta el día que tiré el andador, cuando estuve seguro, y caminé a lo largo de la casa”. 

Parte de la terapia de shock la recibió de sus hijos y también de sus amigos que lo visitaron y ayudaron. “Cuando me sentí seguro empecé a manejar, hago los mandados y los sábados voy a comer asado con los amigos. No me quedaron secuelas y ya me hice todos los estudios que tengo que completar en estos días, radiografías de pulmón, estudios del corazón, tomografía”. 

 Hoy 
José es pintor y hace un año que no puede trabajar. Piensa retomar pronto porque está más animado y seguro. “Me ayuda un chico, voy a probar, ya me subí a la escalera para limpiar muebles, pero sé que no va a ser como antes, iré de a poco”. 

José volvió a visitar a un amigo al hospital y se encontró con una enfermera y una mucama que lo atendieron. “Nos sacamos una foto y la verdad, ellos no lo podían creer y yo tampoco que hubiese salido. Mauro me enseñó una foto de cuando estaba tan mal y realmente parece que en esa cama había otra persona”. 

Ya no tiene miedo, dice que las cuatro dosis de vacuna lo protegen. Hace un año, y a pocos días de aplicarse la primera dosis, el virus le produjo la neumonía que lo dejó al borde de la muerte. “Creo que fui el primero que logró salir de la terapia, después de ser intubado, con vida”. 



 Entre el sueño y la realidad 
José confiesa que durante la internación vivió cosas extrañas. Soñó que su hijo Patricio viajaba a Alaska y regresaba a su casa en colectivo. Durante el trayecto de vuelta se mensajeaba con su padre para darle tranquilidad respecto al tiempo de arribo. 

 También su hija ocupó parte de sus sueños. Estuvo en la boda de Anita que se casó de negro y festejó a todo trapo. Tan reales fueron sus visiones que no podía distinguir lo imaginario de lo cierto. Lo primero que hizo cuando llegó a su casa fue preguntar a sus hijos por la veracidad de sus pensamientos.



Otras siluetas e historias circularon por su inconsciente: un señor que caminaba entre las camas de la terapia era al mismo tiempo un obrero de la construcción que José creyó ver a través de una pequeña ventana. En ese mundo de ensueño, este hombre salía a trabajar y regresaba a terapia a dormir y descansar. 

Pero, en esa ilusión sedada, este hombre no era el único pensionado en el sector más sensible del hospital. También hubo un matrimonio que al igual que él y Celeste ingresaron a terapia graves, pero sin embargo, la señora se levantaba, pasaba con su esposo la noche y a la mañana siguiente desayunaban unos ricos mates. “Todo me pareció real, sin embargo nada de eso fue así, pero son hechos que los tengo muy grabados”. 


José y el asado de los sábado


José reconstruyó su realidad a través de enfermeras y de las personas que lo cuidaron, “me cuentan que estaba para atrás, que nadie creía que iba a salir”.

En este plano, fuera de sus sueños y dolores, José se levanta a las 8.30 y para las 10 de la mañana tiene listo el almuerzo que comparte con su hija Anita. Cumple religiosamente con las terapias, limpia y ordena y tiene el tiempo necesario para estar con Ringo, un viejo y querido perro Golden y con otra mascota, Niki, recientemente rescatado por Patricio. Al dúo se sumó Elena, la salchicha de su hija. 

El 20 de abril del año pasado otra historia se escribiría. José no lo sabía, tampoco su familia. Todo giró y los colores se volvieron negro. Dos meses después, con su dolor a cuestas y el apoyo de sus hijos, volvió a su hogar. Celeste no, pero todo su encanto estará entre ellos por siempre. 

José empezó su historia en vivo después del Covid.



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