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Quique Escur: “Cuando era chico, jugábamos barrio contra barrio por dos kilos de naranjas”

21|05|22 23:48 hs.


 El lugar de encuentro en la infancia eran los potreros, los campeonatos escolares y el baby fútbol. Su primer club fue Huracán y durante muchos años formó parte de Villa del Parque. También vistió las camisetas de El Nacional y Olimpo. Actualmente es protagonista en la Liga de Veteranos




Pocos después del nacimiento de Quique Escur, su familia se mudó desde el Barrio Residencial hacia la zona de Alsina y Rondeau, conocida por entonces como Barrio Corea. De muy pequeño, se sintió atraído por el fútbol, empezó a jugar y nunca más dejó. “Mientras pueda seguir corriendo atrás de una pelota lo voy a hacer”, afirma.

Se llama Ricardo Raúl, aunque es identificado por la gran mayoría de amigos y conocidos por su sobrenombre. Es hijo de Juan José Escur y Berta Lidia Tersano y tiene dos hermanos: Cristina y Pablo. Describe con precisión su niñez, época en que “estábamos con la pelota todos los días. Era potrero, potrero y potrero. Se jugaba barrio contra barrio por dos kilos de naranjas”. Menciona como ejemplo que “Tendón Suárez vivía en Rondeau y Balcarce, a dos cuadras de distancia, pero ya se consideraba otro barrio. El grupo que yo integraba tenía como límite la esquina de San Lorenzo”. También se jugaba al baby fútbol en donde actualmente se encuentran las canchas de tenis de Huracán. Surge con claridad, en la memoria, lo que hacía “un señor de apellido Marranghello. Vivía cerca de la ruta 3, frente al matadero. Pasaba a buscar a los chicos con una Estanciera gris, llevaba diez o doce, muchos. Un tipazo”.

En forma paralela, se disputaban campeonatos escolares y “un torneo que organizaba Alberto Poteca en Furlotti, donde ahora es Cablevisión. Tengo muy buenos recuerdos”. Integrar los torneos de baby fútbol, a través de Marraghello, generaba la posibilidad de ingresar en las inferiores de Huracán. Quique indica que “era Séptima, Sexta y Quinta división. No es como en la actualidad, que hay más categorías”.

Como director técnico se encontraba Norberto Desanzo, quien “te trataba de usted. Decía ‘para ser jugador de fútbol tiene que aprender a patear con las dos piernas’. Cada dos o tres chicos, nos daba una pelota de fútbol, nos ponía frente a una pared y practicábamos. Dirigía desde la séptima hasta la primera”. 


Ricardo Raúl Escur, conocido en el ámbito del fútbol como Quique, tuvo sus inicios en Huracán




Llegó al plantel de Tercera división y durante “prácticamente un año estuve suplente en Primera. Creo, si no me equivoco, que entré dos partidos cinco minutos. A Huracán no le ganaba nadie, no expulsaban a nadie, no se lesionaba nadie. La tercera era muy buena, pero no podías acceder a Primera. Había chicos que se cansaban y se iban”. 

Quique considera que esta situación “me perjudicó mucho futbolísticamente. En 1983 a poco de empezar, abandoné, nos habían prometido que los pibes iban a jugar en Primera, que tendríamos oportunidades”. Al año siguiente pidió el pase para El Nacional, que competía en el torneo del ascenso, y fue cedido a préstamo. En 1985 “no jugué porque no me dieron el pase. Al estar deambulando vas perdiendo ritmo, más allá de que era un pibe”. 

Se sumó a Villa del Parque en 1986. Se trató de una campaña histórica, el equipo logró el regreso a la Primera división. “Tuve mala suerte, al cuarto o quinto partido me lesioné feo el tobillo -señala-. Pude volver cuando faltaban pocas fechas, entré alguna vez, pero el tobillo no me permitió sentirme bien ese año”. El torneo siguiente, ya en la máxima categoría, Villa logró el tercer puesto; “quedó el grupo del ascenso y se reforzó. Hicimos una gran campaña”, destaca.

Retornó a El Nacional un torneo, bajo la dirección técnica de Martín Ozán, y en 1990 salió campeón de Segunda con Olimpo. También fue incorporado al plantel Daniel Beigbeder, referente de Villa. “En las primeras fechas nos dirigió Carlos Mastrángelo, luego renunció porque no se daban los resultados, y asumió Roque D’Annunzio”. El resto de su carrera la hizo en la V Azulada. 

En las inferiores era delantero, “wing por izquierda”, pero luego terminó ubicándose en el mediocampo por indicación de Desanzo. “Los puestos que más me gustan son volante por la izquierda o volante central, donde juego hoy en día en la Liga de Veteranos. También me sentía cómodo de marcador central, pero no me daba la altura; me acuerdo un partido en Villa contra Quilmes, lo tuve que marcar a Néstor Di Luca y lo hice bien, a pesar de su mayor estatura y enorme capacidad para cabecear”. 

A fines de la década del ’90 dejó la actividad en la Liga Regional Tresarroyense, principalmente debido a que “ya me costaba entrenar, no tenía tantas ganas. De lo contrario, aunque tenía 38 años, podría haber seguido un poco más”.


Uno de los equipos que integró de Villa, en 1995. Parados: Paredes, Hoffer, Ielmini, Diez, Eugenio Domínguez y Jiménez; hincados: Segovia, Peralta, Esteban Ozcáriz, Turini y Escur



Lo más gratificante 
 Son muchos los aspectos valiosos del deporte. El compañerismo y la amistad resultan muy gratificantes. “¡Cedrón es el ídolo de Tres Arroyos y qué persona! Beigbeder, León, Pepe Escudero, Peco Segovia y sus hermanos, Pablo y Leandro Turini, Horacio y Nelson Pontacq, Colonna, Oliver”, enumera. De inmediato, agrega a “Alfredo Mársico” y deja en claro: “hay muchos más”. 

De Olimpo, sonríe al hacer referencia a los inolvidables “refuerzos porteños”. Menciona a “Hidalgo, Taibo, Cabral, Cortés”. Piensa, nombra y reitera que “en cada club donde pude jugar me quedaron muy buenos compañeros y amigos. De la época de Huracán por supuesto, de mis dos pasos por El Nacional”. 

Habla con aprecio de los técnicos, “por ahí no recibidos tampoco. Colaboradores en cada club. En Villa estaba Pochi Barberis, un señor, buenísimo; Roque D’Annunzio en Oimpo, quien tenía mucha viveza para plantear los partidos; Carlos Mastrángelo, otro señor; lo tuve a Bruno Zinni un año en 1984 en El Nacional; también en Huracán estaba Vicente Lofiego, Jorge Férez; Roberto Calles en Villa. Buenos técnicos y personas”. 


En 1990 salió campeón del ascenso con Olimpo. Uno de sus compañeros fue Daniel Beigbeder



En la cancha 
Cuando finalizó su participación en clubes, comenzó a desempeñarse en “torneos de fútbol nueve en la quinta que era de La Previsión. Me llevaron los chicos de la compañía, que hoy es Mercantil Andina. Es el equipo en el que sigo, nunca me cambié”. 

Le hace muy bien ir los sábados “a patear dos horas o un poco más, en la Liga de Veteranos. Estar con gente conocida. Es una manera de relajarme, distraerme”. 

Su estado físico refleja que ha tenido ciertos cuidados o un estilo de vida favorable para la práctica deportiva. Subraya que “me siento bien, la mente es la misma que hace veinte o treinta años. No responde igual el físico, las piernas, es lógico. Cuando puedo salgo a correr o a caminar”. 

Además jugó al tenis, lo que define como “muy lindo, fue positivo. Tenés que contar con un grupo para ir a jugar, estar en un club”. No obstante, observa que “el fútbol me tira, tengo la suerte de seguir haciendo lo que más me gusta”. 


Jugó en dos etapas para El Nacional


En la sangre 
Su padre, Juan José, tenía habilidad pero no se incorporó a ningún club. “Según mis tíos que jugaban en El Nacional, y un primo Tedeschi, de todos los Escur el que mejor jugaba era mi papá. Pero los fines de semana iba a los partidos en los barrios, porque no le gustaba entrenar”. 

Al igual que Quique, su hermano Pablo ingresó en Huracán. Un entredicho con Américo Belén le puso un rápido final a su paso por el fútbol; “era muy buen técnico, aunque con un trato militar. No sé lo que le dijo a mi hermano, él le contestó. Ese día dijo ‘no juego más y así fue’”. 

Está casado con Sandra Benítez y tienen dos hijos, Juan Horacio de 21 años y Thiago de 17 años. “Gracias a Dios formamos una linda familia”, expresa con satisfacción. 

Los hijos juegan al fútbol cinco u organizan un partido con amigos. “Son hinchas de Estudiantes de La Plata, como yo, si bien no lo siguen. Juan Horacio tiene muchas condiciones, en 2020 fue a dos o tres entrenamiento en Boca, justo empezó la pandemia”, puntualiza. 

Siente un vínculo con todos los clubes donde pasó y hace referencia a que “espero ver salir campeón a Villa en primera. Ojalá se le dé en alguna oportunidad. Se lo merece por la institución, avanzó mucho, está trabajando bien”. 

En el cierre de la entrevista, a partir de sus palabras queda en claro que hay Quique para rato en el fútbol. Vuelve a sonreír y concluye: “Voy a seguir los pasos del Colorado Cedrón”, a quien la edad no le ha impedido permanecer bien cerca de la pelota.


Junto a su sobrino Andrés Abraham, quien atajaba en Boca, en una tarde en que Villa recibió al Xeneize




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Una invitación para All Boys 

Cuando Quique tenía 11 años surgió una oportunidad de probarse en All Boys. “Un empleado de Fichman, de apellido Ferretti, llevaba chicos a los que veía con condiciones. Me tenía que ir diez días a Buenos Aires, tenía un susto bárbaro. Finalmente no fui, hoy es todo más fácil, hay otro tipo de comunicaciones y facilidades”, relata. 

Sobre sus características como jugador, dice que “una de las cosas que no me acompañó es el físico”. Por otra parte, cuenta que “un año cedieron cuatro jugadores de Huracán a Almaceneros de Coronel Pringles. Lo propuso Hansen Krogh, para que nos vayamos fogueando. Yo no tenía muchas ganas de viajar todos los domingos, por distintas razones ninguno de los cuatro se quedó”.
   



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