Opinión

Chocolate

22|05|22 10:46 hs.

Por Juan Francisco Risso


La Escuela Técnica antes se llamó Colegio Industrial; y antes -según los veteranos- “Escuela de Artes y Oficios”. 

Seducido por el rugir de los motores ingresé como un chorlito. Sólo una vez (en tres años) me tocó ver cuando un grupete de maestros y alumnos intentaban poner en marcha un motor de Ford A. Que no arrancó por supuesto. Y las alumnas eran escasas: dos iban a mi división, y una desertó por ahí nomás. Y dos años más adelantadas iban tres. La mejor manera de que los niños fuésemos unos nabos tanto como mecánicos que como galanes: tachame la doble. 

Entrábamos a las 8:00 –taller-; salíamos tipo 11 pero para reingresar 13:30. Y salíamos de noche cerrada. Obviamente, en la última hora, y por un resto de cordura, teníamos ganas de romper las pelotas. Único modo de conservar la normalidad mental. 

Cuestión inversamente proporcional a la salud mental del profesor que dictaba su cátedra en esa hora próxima al campanazo y la salida. Mi sueño era ir a fumar toda la tarde a la confitería del Club Costa Sud, como los amigos del Colegio Nacional. Lo concreté al finalizar el ciclo básico, me pasé al Nacional, fumé como una chimenea con un grupo de otros fumadores al pedo, llenamos ceniceros de colillas, alterné con chicas de mi edad y aún me puse de novio con una de ellas y salimos por largo tiempo. Adiós al mameluco. Aquí termino mi introducción. Ah… éramos dos que nos llevábamos taller a examen, lo que demuestra la inutilidad de mi experimento: aún no se clavar un clavo. Se me tuerce. Pero vamos. 

Una de las víctimas propiciatorias de esa última hora era el ingeniero Rossi; un muchacho recién recibido; educado y respetuoso, aún de las bestiolas que lo acosábamos (alguna vez aplicó medidas disciplinarias, pobrecillo); y que quería hacer las cosas bien. Una buena persona, así lo recuerdo. Su nombre nunca lo supe, creo, o no presté atención. Le conocíamos como Cachito Rossi, hoy será un anciano, saludable y activo, espero. Porque le rompía las pelotas (como todos) pero lo apreciaba. Quizá pensaba sacar algo bueno de nosotros. Y algunos de sus temas me interesaban, y era yo bastante preguntón. 

-“Maestro: cuando un cohete lanza su chorro, hace impacto contra el aire y así avanza ¿no?”
-“Claro” -y yo, repreguntando: -“Pero en el espacio, donde no hay aire ¿contra qué hace impacto?” 

Sonrió como el maestro al pequeño saltamontes, y dijo: “Ah, claro, eso se mueve por otro principio”. Y siguió: “Si yo estoy en el espacio y estiro mi brazo hacia la derecha, el brazo va hacia la derecha pero mi cuerpo va hacia la izquierda ¿entiende?”. “Entiendo, gracias maestro”. 

Y le sigo agradeciendo, porque yo creo que vine al mundo al pedo (la posición sartreana); pero si no fuese así diría que vine al mundo a entender (posición de Abadi El Viejo, me chupé su biografía). Y los contrarios a Sartre decían que se puede disfrutar de la vida, y de esto último me tocó una parte. No me quejo. 

Pero… la llamada “propulsión a chorro”, vamos. Cuando subimos un satélite -un orgullo- un científico explicó que estaba todo Ok; y que estaban haciendo las correspondientes maniobras para colocar al satélite bien en la órbita que tenía adjudicada. Y yo traté de imaginar cómo “movían” el satélite. Y sí: tienen combustible, poco, lo necesario para operar en el espacio, tal como me explicara Cachito Rossi, mi profesor. La maniobra salió perfecta. Qué orgullo. Malvinas. Cuando USA le hizo un guiño al bebedor Gral. Galtieri -que estaría adobado como para el horno- el funcionario habrá cortado la comunicación y se habrá cagado de risa. Regía el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, que se ubicaba al fondo a la derecha. El apoyo de USA a UK fue irrestricto. Según Terragno, los estadounidenses cambiaron la órbita de un satélite militar que orbitaba sobre Rusia y lo pusieron sobre la zona de Falkland, como las llaman ellos. El gasto de combustible redujo la vida del satélite. Y como los “argies” se ponían pesados, puso a disposición un portaaviones, por si se quedaban “sin”. El SS Guam, creo. No me acuerdo los nombres, si me da una semana ubico el libro. Y gracias al guiño, hoy las Malvinas están más lejos que nunca. Al traste con el laburo diplomático de Argentina, que era correcto. Y ahora es base militar de puta madre. Dr. Mauricio Abadi: voy entendiendo como juega la OTAN.

Ahora, la OTAN arma el tinglado en Ucrania por el trámite de joder la pava, el presidente de Ucrania, otro gil, se entusiasma, y finalmente concluye amargamente: “Nos dejaron solos”. ¿Y qué esperaba, chocolate? Pero no se apure, porque la OTAN va a armar un despelote bien grande. Por ejemplo ¿era necesario hundir el General Belgrano? Bueno, eso. Y no en una isla lejana: ahí, donde viven ustedes. Ya han visto como les tiran armas. Y los muertos… ucranianos. Como en el go, ese juego chino de ir encerrando al otro. El tablero es el planeta Tierra. 



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