Jorge Díaz Cantera

La Ciudad

Desde el archivo

La deuda social

04|08|22 22:16 hs.

Este artículo fue publicado en este diario el 16 de diciembre de 1989. Formó parte luego del libro “Argentina Hoy, Mañana…”.


Por Jorge Díaz Cantera

“Y los que así mienten son enemigos de sí mismos… y de la Patria, carcomiendo la dignidad común” (José Ingenieros)

Hace unos meses atrás, en la primer parte de este diagnóstico, utilizábamos una frase de Juan Pablo II en “Redención del Hombre” que decía: “No preparéis a los hombres destrucciones y exterminio, respetad la libertad y la dignidad de cada uno”. Y ahora esta de J. Ingenieros. En aquella nos referíamos a que la deuda interna pasaba no sólo por el aspecto económico, sino por la distribución del ingreso en las sociedades modernas, y esto era responsabilidad interna, aunque proviniera parcialmente del exterior. Pero también que era necesario una seria política exterior agresiva y coherente con la integridad territorial y social que corrija los desequilibrios, teniendo en cuenta las capacidades potenciales de cada individuo y región de la Nación Argentina. Nos referíamos también a una disminución del poder económico del macro-cefalismo porteño hacia donde confluye gran parte de la riqueza nacional. Decíamos también que lo contrario puede hacernos retirar cada vez más del mundo moderno y agudizar el deterioro permanente del estado anímico de la sociedad. 

Ha llegado el momento que no culpemos más al resto del mundo y reconozcamos nuestras falencias político-culturales, que nos hacen sumir en una especie de mediocridad inmoral en donde la soberbia, necedad e hipocresía de algunos está por encima del interés general. Es el cortoplacismo, es hacer el gatopardismo, es el “sálvese quien pueda”, frente al hecho de pensar en la construcción de largo plazo. 

Muchos están sosteniendo que hay que achicar el Estado. Esta es una de las idioteces; ello no tiene discusión. Es un Estado deplorable que ha generado la destrucción del espíritu de Nación, de innovación no sólo empresaria, sino también técnica, laboral, educativa y ha generado una mentalidad burocrática en contra de todo lo útil, a favor de la demora, de la mediocracia, de la estupidez y negando el pensamiento en aras de una memoria visual de corto camino y olvidadiza, alejada del espíritu de civilización y cultura. Un Estado negativo, derrochón, dirigista y un sector privado que en forma igual se escuda en aquél, o desea continuar a sus espaldas porque le parece más cómodo que aceptar el riesgo del crecimiento real. 

Hay un cuarto interrogante que limita el diagnóstico y es que es muy difícil pasar de la coyuntura a las reformas estructurales y que realmente están planteadas. Existen sobradas causas; una de ellas es la propensión de los argentinos a consumir importado e incluso viajar al exterior; también a negar lo nuestro y de hecho esto impulsa a la adquisición de una moneda extranjera como reserva monetaria. Esto es lamentablemente normal. Existen muchas otras causas que preocupan en el corto plazo, en especial el resistirse al cambio o la comodidad negativa. 

Pero ello también tiene una solución relativa: es la acción rápida y eficiente, siempre y cuando se plantee una seriedad política no sólo del sector gobernante, sino de toda la clase dirigente. 

La Argentina, ha perdido credibilidad de inversión para los argentinos y de esto hay un solo responsable, los gobiernos. 

Nadie puede desconocer hoy en día que es necesaria la inversión reproductiva, para generar bienes crecientes y esto sólo se hace en función de ciertas seguridades de demanda. Pero además, de una demanda seria, no de una demanda de artículos suntuarios, sino de una potenciación social en aras de una reproducción de los mismos a los efectos no fin de generar no solo una mayor cantidad de bienes, sino también una mejor distribución del ingreso, buscando el fin para el cual se desea gobernar: el mayor bienestar general. 

De nada valen los derechos humanos de unos pocos, si la mayoría se empobrece, de nada vale la justicia si reina la injusticia, de nada vale la riqueza entre la pobreza. El mundo moderno se construye sobre esta base, no sobre lo contrario. Se asienta en el progreso, en el crecimiento material, pero también cultural. 

Esto último constituye la mayor deuda interna; su equilibrio ante una sociedad casi a la deriva en el medio de una América Latina donde parece cernirse una tormenta, cuando en el resto del mundo el cielo se torna más claro. 



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