Opinión

Tema de mujeres. Secretos de amigas

Flavia

07|08|22 11:48 hs.

Por Raquel Poblet 


Voy a transcribir, directo desde su voz y con sus exactas palabras, la historia de mi amiga Flavia en una playa de Brasil. Ella quiso darle una sorpresa culinaria al marido y las cosas no le salieron exactamente como ella hubiera querido. Es decir, la cena sí, pero el efecto sorpresa no pudo ser. Y bueno, hizo lo que pudo. Cuando alguien tiene un objetivo no debe entregarse al canto de las sirenas. 

“Mi problema es no saber manejar. Eso me hace dependiente, sobre todo cuando viajamos a ciudades como esta, en la que no existe el transporte público, y, si existiera, esta ciudad, no sería este pueblo, quiero decir, no sería este hermoso lugar que es, sin agendas ni horarios, ni apurones, con tanta naturaleza, sí, y estas callecitas empedradas que sube y bajan, y toda esta vegetación alrededor. ¿Qué podría salir de estos matos, qué clase de animal o animalito feroz o extraño? ¿Algún ladrón furtivo internado en esta selvita que bordea la calle? Miedos urbanos, qué tonta soy. Aunque… sí, soy tonta, no subiría la callecita empedrada bordeada de mato, no, mejor voy por la playa. Sí, todo el camino por la playa. Pero tengo que ir rápido porque a las tres de la tarde ya el mar sube, sube la marea con violencia y se acaba la playa y golpean las olas con una violencia que podrían matarme. Bueno, voy a salir ahora, sí, ahora con el mediodía abrazador. Qué me importa. Me cubro la piel con los pareos y con el sombrero de ala ancha de los dos lados que compramos ayer en la feria del pueblo. Voy a ir caminando. Son unos kilómetros. Atravieso Praia do Pitinga y me tomo algo en el Flor do Sal, ¿Qué podría tomarme? Una caipirinha con vodka, un roncito o un Martini. Matizo el calor y el cansancio con nados. Nado a mitad de camino y repongo fuerza y puedo caminar interminablemente como una peregrina tropical, ay, qué digo, si eso no existe. 

“Mi Raúl se queda durmiendo. Duerme siestas siempre, como un bebé. Almorzamos en el bungalow el peixe na tela y a él le dio modorra. A mí no. Quiero sorprenderlo esta noche. Mi Raúl. Mi gordo. A nadie quiero como a él. Le voy a cocinar esta noche. Sí. Le voy a hacer una feijoada como la de acá. Pero debo hacer las compras. Ay, si supiera manejar. Pero, bueno, afrontaré la caminata por la playa, que, además, me encanta. Aunque tenga que apurarme. Tengo que llegar al pueblo, a Arraial y conseguir el feijao preto, si no soy hombre muerto. No, mujer muerta, qué digo, qué tonta. 

“Caminando y nadando. Salgo del bungalow, voy por el senderito entre el mato que me lleva a la playa, que está abajo. Bajo despacito, no sea que resbale por la tierra, el sol pega, me saluda una mujer, mulata, sin sombrero, panzona, mujer del lugar, una sonrisa que es parte de esta naturaleza. Bajo como corriendo, pero es que tengo que hacer equilibrio, esto está muy empinado. Ya se ve la playa. Ya está. La playa, angosta y larga. Hay algas. Acá no me puedo meter. Cangrejitos. Una arañita. Me mojo los pies, sí, a unos metros, pasando las piedras. No hay nadie. Todos, turistas y nativos duermen. Como mi gordo. Hoy nadamos, buceamos desde las siete de la mañana, el sol ya estaba, el cielo se había compuesto en este mismo azul que me alberga ahora. Qué tonta que no me traje una botellita de agua. Bueno, ahora sí me puedo meter. ¿Dejo la plata con las ojotas? Y, sí, si no hay nadie. Nado paralelo a la orilla, voy y vengo, repongo fuerza nadando, nadar en este mar calentito, bueno, tibiecito. Agarro las ojotas y el bolsito con los reales. Documentos no llevo. Nada va a pasarme. En todo caso, se darán cuenta de que soy una argentina de los bungalows. Sigo, sigo, no tengo por qué ir rápido. Voy a llegar a tiempo. Ahora veo el arroyo. Ahí se bañan los nativos. Sí, una mamá con tres chicos. Me ven pasar y es como si me llamaran. Voy rapidito, porque no voy a poder hacer todo, comprar el feixao preto, las cibouletes y algún caldito de los de acá y la bebida. Será una sorpresa para mi Raúl que duerme. Bueno, me acerco al arroyo. Acá se nada distinto y los nenes chapucean, la mamá se va a sentar como dejándome a mí de baby sitter, ¿qué me dice la nena?, a sí, me llamo Flavia, mi amor, sí da Aryentina, ¿y vos? Bueno, tengo que salir. Ahí están mis ojotas y el bolsito. Miro mis huellas atrás, saludo a la familia y me alejo, tengo que caminar más rápido. Qué grande el morro. Ya no veo tanta arboleda, veo esta montaña pared color fucsia, es grande, enorme. Y se interna un poco, la playa se ahueca hacia adentro y tiene ahora arboleda, es el barcito, el Flor do Sal, está abierto, bueno, acá no hay puertas, y qué tal, una caipirinha de beefeater, me la sirve Joao, el flaquito, y me da porrito. Esta es la mejor parte del mar. Joao me indica, me dice que todavía me quedan unos kilómetros para alcanzar la subida que me lleva al pueblo, que tengo que atravesar Mucugé, que voy a ver una construcción hacia adentro, unos pozos, después otra playa de algas con algunas rocas. Ahí se posan las gaviotas y algunos turistas se sacan fotos, pero ya no hay turistas a esta hora, y que me desea suerte y que será un bonito caminar. Yo veo el mar, o el mar me ve, y si me corro del predio del bar para atrás, está el morro, pero tengo que ir hacia adelante. No, mejor voy al mar a nadar hasta la boya. Joao me da más porrito. Él no se mete. Está solo a cargo do bar. Suena Amy Winehouse. Entro en el mar. El porrito me alivia el miedito que le tengo cuando dejo de hacer pie. Entro. Llego a la bolla y me dispongo a volver. Nado pecho porque me cansa menos. Pero parece que no avanzo. La costa está siempre lejos. Siempre pasa esto en el mar. Me pongo nerviosa, aunque esté fumada, me pongo nerviosa y se me acorta la respiración, aunque esté fumada, pero sigo. Tengo miedo de no llegar. Ay, todavía no hago pie. Sigo braceando. Las piernas se me cansan. Sigo, pero sí, sí hago pie. Me caigo un poco, acá es bajito, puedo caminar, pero el agua me tira. Joao me ve de lejos y se ríe un poco, está detrás de la barra, está agitando una coctelera. Veo un hombre que se acerca, yo avanzo, ay, me caigo, no, no me caigo del todo, pero sí, de rodillas y me levanto, tiemblo, no de frío, tiemblo y pienso que no debo nadar tanto, no, no tengo que nadar tanto, acá no hay guardavidas. Camino hasta el bar. El hombre me trae una toalla, me abriga, ‘venha, venha, nao se preocupe, vocè so está cansada. Pode sentar aí se quiser’. Joao me alcanza más porrito, casi no puedo fumar, gin tonic, sí, y una botellita de agua con lima, sí, sacarme la sed. El hombre me seca los hombros con la toalla. ‘Eu trabalho no Mucugé, venha conmigo’. El hombre tiene ese olorcito en la piel, este aroma típico de aquí, de ajo con mar, sí, de agûita salada con el mar en la arena. No hay nadie, Joao, muy discreto se fue. El hombre está solo conmigo, me acaricia con la toalla, es de color cobre opaco él, la barba rala y rasposa, le muerdo el cuello y los hombros y voy a la boca que es una cueva blanda llena de agua densa y dulce. Las piernas de él se me entrecruzan, sin fuerza, es un cuerpo dócil y un poco pesado, y todo pasa, pasa todo, y ya casi no puedo contar, atrás está el mato, creo que hay unos monitos chiquitos, algún animal o animalito feroz que se internó en mí. 

“La marea está subiendo. Joao me despierta. El señor se fue. A la construcción, me dice Joao mientras va cerrando, guardando las pocas sillas do bar, cierra el pequeño depósito y la barra. ‘Vamos, Flavia, subamos por arriba que llega la marea y nos golpea’.

“Bueno, caminando por el tramo de callecita que queda llegaré al mercado de la plaza del pueblo. El cansancio me supera. Mi gordo se habrá despertado. Voy a tener que pedirle que me venga a buscar, que suba al pueblo con el coche. No será una cena sorpresa. Sí feijoada, pero no de sorpresa. Y, bueno, las cosas no salieron tal cual las pensé”.  


Raquel Poblet





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