Ringo Starr durante un recital que brindó en marzo de 2015 en el Planetario

Opinión

Por Luis Pablo Richelme (*)

Ringo, mi amigo

06|10|22 12:53 hs.

¿Qué somos? ¿Seres que se proyectan hacia el vacío?¿Cuerpos arrojados desde la nada? Sólo una concatenación de arbitrariedades para completar un ciclo vital, nacer, crecer y morir. Quizá eso fuera todo, o no, lo importante es disfrutar, ¿quién lo puede saber? Es lo primero que pensé cuando leí el sábado pasado que Ringo había suspendido un recital en Michigan y que a sus 82 años estaba infectado de Covid. 

Richard Starkey podría haber dejado este mundo tempranamente o tener un destino ignorado. Nació en un cuerpo débil en medio de la pobreza de Dingle, unos de los barrios más miserables de Liverpool. Sin embargo, convertido en Ringo resultó una celebridad mundial aclamado y adorado por multitudes. Nunca odiado. 

Al cabo de los años puedo decir que los Beatles terminaron siendo amigos, son mis amigos definitivamente. Cuando George murió lo lloré como quien pierde a un hermano. Y lo extraño casi como extraño a mis viejos cuando escucho sus canciones. Con John la cosa fue distinta, en esa época aún no podía auscultar los latidos de mi corazón beatle. Sin embargo, el destino o el regalo de mis viejos quiso que un mes después del mordaz asesinato viajara a Inglaterra y recorriese los lugares por los que él habría tantas veces caminado. Allí escuché Double Fantasy, su disco póstumo, por primera vez. 

Al tener a los cuatro reunidos en mi Facebook pienso, con esa infundada ilusión que tenemos los internautas, que ya son parte de mi familia, que hemos afianzado el vínculo y que gracias a las tecnologías ya no son meramente contactos en el éter sino que realmente los puedo contar auténticos amigos. Pese al engaño virtual, días pasados pude imaginar que Paul había leído y contestado un mensaje que le mandé con motivo del fallecimiento de la reina a algo que él había posteado. Si bien su réplica llevaba la oportuna aclaración “unofficial response” mi mensaje había llegado a destino y fue respondido con un corazoncito! De eso no tengo dudas, ¡vengan a mi página y constátenlo! Ahí estuve ilusionándome tontamente por unos días: ¡por fin había logrado contactar a Paul sin intermediarios!; hasta imaginé su cara sonriente leyendo el mensaje lejano de un fan sudaca. ¿O habrá sido un robot? 

Sin embargo, más allá de las ironías, referido a esta insospechada amistad lo más fuerte vino de Ringo. Sucedió el 2 de marzo de 2015, cuando el baterista visitó por tercera vez la Argentina y ofreció un recital gratuito! en el Planetario con su viajera All-Starr Band, rodeado de monstruos como Steve Lukather (Toto). Greg Rolie (Santana), Gregg Bissonette (David Lee Roth Band) y otros. Los que accedían a platea obviamente debieron pagar.

Para mí eran tiempos durísimos, pocos meses antes había perdido a mi madre y para variar, estaba con poca plata. En ese entonces, interpreté que Ringo, mi amigo, supo misteriosamente del bajón que estaba atravesando y quiso darme una mano, fue como si me dijera: ¡Pablo, arriba el ánimo! Veníte esta noche al recital que daré en el Planetario, por la plata no te calientes porque es gratis. Así fue como increíblemente pude disfrutar sin pagar un peso del recital de un beatle, algo que ni siquiera hubiese imaginado ni en el más dulce de mis sueños. Fue un concierto memorable. Había sido un día lluvioso en la previa, parecía que la noche iba a ser cerrada pero de pronto las nubes se disiparon y salió esa luna increíble, platinada y sonriente que aún recuerdo rodeada de estrellas, mientras abajo sonaba la música que a esta altura no dudo en calificar de celestial. Todo lo que ahora puedo decir es ”It don´t come easy” como tu canción, las cosas no llegan fáciles. Quiero decirte: Gracias Ringo, por darme una mano esa vez. Gracias por la ayudita que me diste con tus amigos “With a litlle help of my friends” cantaste. Nunca olvidaré, te lo digo de alma. Recuperáte pronto y que Dios continúe dándote larga vida. 

(*) El autor es tresarroyense               




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