Saturación ganó el Segundo Premio en el certamen literario

Opinión

Segundo Premio del concurso de Cuento Breve

Saturación

17|10|22 11:43 hs.

Por Ezequiel Picardi (*)


Domingo. Un ruido extraño interrumpió su lectura. Como un escarbar entre escombros, una cucaracha perdiéndose en el espiral de la cavidad de oído. Se quitó sus lentes y los apoyó, con especial cuidado, sobre el escritorio de madera. No se trataba del fragor característico de una obra en construcción. Esto era más débil, más lento. Había convivido con albañiles levantando casas todo el tiempo en su barrio, el de la infancia. Además, no era día laboral. Qué clase de herejes serían. Lo más inquietante, era que el sonido parecía provenir desde abajo del suelo. Un cardíaco difícilmente sobreviviría. No de los costados, ni de arriba del cielo raso. Desde abajo. 

Se detuvo. Uno, dos. Si el conteo llegaba a diez, durante el sueño infantil, podía significar la muerte. Cinco, seis. Recordó. El sonido comenzó de nuevo. Sinuoso, con la morosidad del incobrable. Como la mano de un cataléptico, que alcanzó a romper la madera del ataúd, pero que ya no tiene la energía suficiente para atravesar la tierra. 

Necesito tomar aire. Salió. Caminó unas cuadras hasta el bar de Clau. En la tevé hablaban sobre de la desaparición de una tal Gilet Reynol. Pidió un vermú. Después otros. En el camino de vuelta vio a un par de tipos envueltos en harapos, en la entrada de un edificio. Entró a su casa y se fue directo a la cama. Se durmió enseguida. Durante la madrugada volvió a sentir los ruidos, ahora en pesadillas. 

Lunes. La estridencia del despertador lo arrojó de la cama. Su día se diluyó en el trabajo. Al regresar a su casa recorrió los ambientes. No se escucha nada. Cenó. Esa noche pudo descansar. 

Martes. Muy similar. Miércoles. Jueves. Viernes. Sábado. 

Domingo. Las campanas llamaban a misa de once. Cómo era posible que todavía se sostuviera esa tradición. Puso la pava para unos mates. El extraño sonido se hizo presente. Ya casi lo había olvidado. Esta vez no se percibía un corroer subterráneo. Más bien era un desplazamiento de algo lento, sigiloso. Un cuerpo en agonía que se arrastra en un último intento de escapar, o el reptar de una bestia al acecho. 

Silencio. Siete segundos, ocho. Nuevas vibraciones. Otra vez, desde abajo. Salió a caminar. Compró algo para picar y se sentó en la plaza. Recién cuando arremetió la lluvia se refugió en el bar. En la tevé pasaban un viejo recital de At the gates. Tomó un par de tragos. A la vuelta intentó transitar por debajo de los aleros. La oscuridad era casi total. Al momento de dormirse, todavía resonaban las gotas que caían con furia. 

Lunes. Casi igual al de la semana anterior. Martes. Miércoles. Jueves. Sábado. Y así transcurrió por unos meses. Como desde hacía años. 

Domingo. Puro ruido y evasión. Se había vuelto familiar, pero no dejaba de ser extraño. Ominoso, diría el analista. Persistente. Cada vez más perturbador. 

Lunes. Por fin llegaron las tan necesarias vacaciones. Ese primer día, aunque no sonara el despertador, abrió los ojos a las siete en punto. Una sensación de satisfacción lo invadió al comprender que no tenía la obligación de levantarse. Se volvió a dormir. 

De pronto, se incorporó sobresaltado al oír los ruidos. Lo peor fue descubrir que no se trataba de una pesadilla. Y era lunes. Ahora estaba despierto, y los escuchaba. Las vibraciones eran más intensas. Los movimientos insinuaban menos cautela. Mayor brusquedad. Como si la agonía hubiera quedado atrás, y los despojos recobraran fuerzas. 

Silencio. Ocho segundos, nueve. Alguien más, o algo, se desplazaba. Se levantó. Fue hasta el baño y se dio una ducha. Al salir se dirigió hacia la cocina. Los sonidos del infierno seguían ahí. 

Salió a deambular por el barrio. Se detuvo en la plaza. Cuando abrió el bar fue el primer cliente en ingresar. Ocupó una banqueta junto a la barra. Clau le preparó lo de siempre. Le confió que después de largos años había vuelto a fumar. Los intrusos no lo dejaban descansar. 

Martes. Muy similar. Miércoles. Jueves. Viernes. Sábado. 

Domingo. El sonido volvió a ser menos estruendoso, pero insistente. ¿Hasta cuándo podía soportar? Agarró la escoba y empezó a golpear el parqué con el mango de madera, con todas sus fuerzas, como si tuviera vecinos abajo de la tierra, y les exigiera que detuvieran los ruidos molestos. Y, para su asombro, los movimientos se interrumpieron. Nueve segundos, diez. El silencio también podía ser estremecedor. 

Partió rumbo a la plaza. Madres y padres asistían a sus vástagos en hamacas, pasamanos, subibajas. Hacía mucho que no iba tan temprano. Sentía el temor de regresar. 

Faltaba bastante para que abriera el bar. Poco para que cerrara el almacén. Apuró sus pasos y compró una botella de vino. Al acercarse a su casa vislumbró una silueta de espaldas. Se sostenía de las rejas del frente, y oscilaba su cuerpo como si tratara de observar algo en el interior, a través de las cortinas. Ningún vendedor tocaba timbre los domingos al mediodía. Venían por él. Aferró su puño al cuello de la botella y la partió en la cabeza del merodeador. 

Lunes. Antes de que llegaran los parroquianos, Clau encendió la tevé y sintonizó un canal local. Quería ver si en el noticiero se referían a lo acontecido en el barrio. Luego del informe de los resultados deportivos, la periodista pasó a relatar cómo había sido el atraco a la sucursal de un importante banco. El golpe, cinematográfico, habría llevado varios meses de planificación y trabajo. Los delincuentes habían alquilado una casa, y desde allí habían construido un túnel, que iba hasta la entidad bancaria, a unos cien metros de distancia. 

Otro hecho llamativo había tenido lugar, según la periodista, en las inmediaciones. Un hombre había sido hallado inconsciente, con un fuerte golpe en la cabeza, en el frente de una casa ubicada justo al lado de la que habían habitado los ladrones. El hombre permanecía internado con pronóstico reservado. Una vecina había declarado que podría tratarse de un Testigo de Jehová. No obstante, luego de verificar la identidad del sujeto, la policía había constatado que contaba con antecedentes penales. 

Y los favorecidos de los números de azar son. La puerta comenzó a abrirse. Clau apagó la tevé y puso música. 

(*) El autor es de la ciudad de Mar del Plata  




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