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Sociales

Cuento de Leandro de la Cal

La mancha amarilla

20|11|22 12:22 hs.

Como mencionamos en la nota publicada anteriormente, ocho escritores participaron del Mundial. Cada uno seleccionó un texto por lo que durante ocho domingos consecutivos, podrán leerse en las páginas de este diario. El que abrirá esta seguidilla fue creado por Leandro de la Cal y, además de participar en este certamen, fue seleccionado para formar parte de la antología de la Biblioteca de Paraná. 


La mancha amarilla
No puedo evitarlo: la mancha amarilla del techo me lleva a Córdoba, a Villa María, a la tarde que nuestros padres se fueron a dar un paseo, a la pileta de lona que armábamos los veranos, muy pronto rodeada por los yuyos que aparecen, inmortales, cada año. 

Ni el día me sirve para olvidarme: acá hace frío y llueve como nunca; el aguacero es infernal. Allá era el infierno, a sol y sombra. 

La ciudad se está inundando. Cada gota que cae parece que la va a rebalsar como rebalsaba la pileta aquel día. 

Escucho la puerta, giro la cabeza a un costado y lo veo: entra N. Lo saludo después de sentir el craqueo en mi cuello. N se sienta frente a mí. Cuando dirijo la mirada hacia arriba, veo de refilón que entra JP. Él, silencioso, deja el paraguas contra la pared y viene al círculo, estira las piernas al centro, apoya la espalda cómodamente y mira el techo, como N, como yo. Es raro que nosotros tres lleguemos primero. Generalmente T y MA están sentaditos de cara al cielorraso cuando entramos por la puerta los demás. Pero con este diluvio, T y MA ya no vienen. Viven en los suburbios; bucean cada vez que cae una garúa insignificante. 

Miramos el techo: la mancha amarilla está radiante como el sol. Tiene la forma de mi provincia, es un mapa de humedad que me lleva de viaje al lugar que tanto me cuesta volver. En algún punto de ese mapa está mi hermana jugando con sus hijos chiquitos. 

Con este diluvio deben estar frente a un juego de mesa, divirtiéndose, pero no, qué digo, seguramente están al aire libre, porque allá no debe llover.

Semejante tormenta hace que parezca que llueve en todo el mundo. 

Acá, nosotros, ya no jugamos a nada. La puerta se abre devuelta. A la sala, en lugar de luz entra oscuridad. Son R, K y M. Su llegada me sirve para mover el cuello, romper la dureza, distraerme. Ellos apenas saludan, tambalean al sentarse y fijan los ojos en el techo. Ni N, ni JP, ni yo decimos nada, pero nos damos cuenta: el olor los delata. 

Uno tuvo una recaída… pero no, los tres, si vienen juntos perdieron los tres: uno se mojó los labios, otro lo siguió y ya está, cayeron todos. 

Como T y MA no van a venir, JP arranca. Señala la mancha amarilla con su índice: 

―Un vaso de whisky con tres hielos. N no está de acuerdo: 
―Es una cervecería. 

R, K y M lo retrucan. A coro borracho, afirman que es un vino tinto, aunque el color se asemeje más al vino blanco. 

Pronto el barullo de sus voces se confunde con la tormenta que se intensifica. Muchas otras manchas invaden el techo progresivamente. Manchas que los cinco se disputan. 

La discusión me distrae un rato, pero me quedo con la mancha de siempre. Ellos se callan un instante. Me piden que hable. Por supuesto que veo el fernet con cola. Los hielos flotan entre la espuma. Está ahí, junto a mi hermana, en el centro del mapa. 

―Fernet ―digo.

Los cinco se unen para atacar mi respuesta y se dividen para discutir las suyas; yo ya no puedo seguirlos. La mancha cobra vida, rasgos, gestos. Tiene la cara de mi hermana que me llama, se para, se desnuda en la pileta, tira su bikini entre los yuyos, me salpica y me pide que me acerque flexionando el dedo índice. Yo obedezco. Tiro el vaso al piso, me seco la espuma del bigote y voy, mareado, viendo aumentado: sus pequeños pechos me parecen enormes. Pongo las manos en el esquinero. Siento el agua fría cuando paso una pierna. Tengo náuseas, pero no me detengo. Paso la otra. Me resbalo, caigo. Nos reímos. Ella nada hasta mí. Sonríe. Sumerge sus manos. Me saca la malla. La tira afuera. Pone su cuerpo sobre el mío. Me hunde. Le rodeo la espalda con mis brazos. Nos hundimos. La pileta rebalsa y siento que el agua, de a poco, entibia.

Veo en su cara otra cara. En su rostro crecen las hierbas salvajes del verano. Agacho la cabeza. Vomito. Escucho cinco voces gritándome desde la puerta. 

Vuelvo a mirar el techo que ha cambiado completamente de color; donde estaba la mancha amarilla ahora hay un buraco. El agua entra sin parar, con la violencia de una cascada. Ellos me gritan. Yo quiero mirar la puerta y que sean mis papás, que sean mis papás que vienen a salvarme. 




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