Opinión

Por Juan Francisco Risso

Ruta

27|11|22 10:11 hs.

Quizá influido por Bagdad Café, aquel film donde pasaban camiones todo el tiempo, he decidido que mi protagonista sea el camión. Un Mercedes que arrastra un carretón por una ruta bonaerense. Al repechar alguna de sus suaves cuestas su caño de escape arroja humo negro. 


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El carretón -hecho para llevar maquinaria pesada- lleva a su bordo un aparato no tan común por entonces: un pulverizador de arrastre, de esos que abren dos grandes brazos que van rociando el cultivo. Ahora van plegados, en modo transporte. Así, su ancho no sobrepasa su mano en la ruta. Y que para operar se abren como dos grandes alas. Así, debe ser arrastrado por un tractor. Y sus patines se deslizan entre las hileras del sembrado. Lo llevan para una exposición.

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La tripulación del equipo rodante se compone de un hombre y una mujer. Son pareja. El hombre -robusto, aún joven- conduce cantando “Fuiste mía un verano”. Ella le va alcanzando niditos –masitas- del paquete que lleva en su falda. Tras tortuosos antecedentes la pareja se ha consolidado, y ahora son un canto a la vida. Así transcurren los kilómetros. Hasta que un Ford Fairlane se les aparea, luego se adelanta y comienza a disminuir su velocidad. El conductor saca un brazo por la ventanilla y sigue disminuyendo, hasta que ambos vehículos se detienen, el camión con solo dos ruedas en la banquina. 

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El conductor del Fairlane se enfrenta al camionero, visiblemente violentado hace grandes ademanes en dirección al pulverizador. Luego camina hacia su auto y señala una marca longitudinal en el techo. “¡Pudo habernos matado!” -vocifera. El camionero mira una cosa y otra sin entender. Finalmente ve uno de los brazos del pulverizador que ha zafado de su traba y oscila libremente sobre su eje, invadiendo la mano contraria. Finalmente se entienden: unos minutos antes el Fairlane y el equipo, marchando en sentido contrario, se cruzaron. En un instante el conductor del auto vio eso que salía del carretón y sintió un golpe en el techo. Pasó de la sorpresa a la indignación, giró sobre la ruta, alcanzó al equipo, lo estudió, se arriesgó a pasarlo y lo detuvo. “Pará, ayudame a atarlo” -decía el camionero buscando cosas tales como pinzas, tenaza y alambre. “Ayudame” -insistía. Juntos consiguieron atarlo, inmovilizándolo nuevamente. Pese a ser un implemento nuevo, la traba se había zafado, dejando libre el brazo. Ahora lo habían amarrado con una manea de alambre, que el camionero terminó de apretar usando el cabo de la tenaza, y miró satisfecho a su compañero, que con la actividad había retomado la calma. El Fairlane giró en redondo y continuó su viaje. Después de un rato de marcha, el camionero dijo a su pareja: “Cebate unos mates”. Y así volvió la calma a la cabina del Mercedes, que en ese momento trepaba una larga loma echando humo negro y con su motor a pleno. Atrás venía el carretón, sin novedad, vigilado por el retrovisor. El brazo del pulverizador no se movió más. En el otro brazo la traba funcionaba perfectamente. Y como fuese, sólo podría invadir la banquina derecha. 

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En el siguiente pueblo la policía detenía algunos vehículos, pedía la documentación y… lo de siempre. “Estacione allí”. Luego, por el retrovisor, nuestro chofer vio cómo examinaban su carga. Lo del Fairlane estaba superado, al menos eso se suponía. Difícilmente lo hubiesen denunciado; de hecho habían visto cómo había amarrado el brazo. Firmemente. Tras otro buen rato bajó y quedó esperando junto al camión. Un par de personas de civil examinaban el brazo amarrado. Un tercero, uniformado, pasó junto a él y con disimulo le dijo: “Parece que es grave”. Y siguió caminando. El camionero abrió los brazos. Solo, junto a su camión, siguió esperando otro buen rato.

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Lo que le narraron más tarde, en la oficina del oficial, le pareció un sueño al camionero. Que comenzaba a virar la pesadilla. Al parecer, ese brazo del pulverizador llevaba un buen rato suelto y oscilando. Y el toque con el Ford Fairlane no había sido el primero. Antes, ese brazo, se había introducido, a modo de lanza caballeresca, por el parabrisas de otro camión que circulaba en sentido contrario. Imaginen: 80 km./h cada uno de ellos, esa “lanza” penetró a 160 km./h rompiendo el parabrisas. E imaginen que el parante de aquel camión empuja ese brazo, haciéndole barrer la cabina. Un primer impacto: el cráneo del conductor. Hallaron materia gris -parte de su cerebro- en el estribo. Al menos eso decía el peritaje penal. Quizá el acompañante logró agacharse, y luego tomó el volante y logró llevar al rodado evitando otros daños, hasta su detención. Nuestro camionero manifestó que no había percibido nada -pero nada- desde su puesto de comando, y que en su caso al menos hubiese detenido su marcha, pero nada había percibido. Y recordó las sirenas que había escuchado poco antes. “Yo no sentí nada”. 

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En algún momento llegaron las acciones civiles. Ahí me tocó intervenir. Ya había denunciado el siniestro a la compañía de seguros, que contestó como yo imaginaba: que no se hacían cargo de mercadería mal estibada. Pero recordaba que los peritos habían dicho que el implemento “no se movió de su emplazamiento”. Se los dije. Pero me quedaba la responsabilidad por el maldito aparato, y el código de entonces responsabilizaba “al dueño o guardián” por vicios de esa cosa que causa el daño. La viuda y sus hijos empujaban el pleito desde Olavarría. Mi cliente no era dueño. Y guardián es aquel que se sirve de la cosa. Y la cosa era traída para mostrarla en una exposición. La bala de plata la tenía Marcelo Amado, abogado especialista que compraba libros en el exterior, en otros idiomas, por su pasión por esos temas. Unico que me daría tranquilidad 100%. “Tu cliente no es dueño ni guardián”. Allí partió mi carta documento que, a la larga y pleito mediante, nos dejó fuera. Quedaron el fabricante y el asegurador. Y habida cuenta de que se había roto un dispositivo de la máquina, mi mecánico -Hugo Pérez- me hizo ver: “El camionero no puede hacer un control de calidad”, frase que debo haber usado en el juicio por ser ilustrativa y clara. 

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Fabricante y asegurador hicieron una vaca, negociaron y pagaron. Una familia sin su padre de familia, y el mundo siguió andando. Negociaron bien, porque nunca reclamé mi escuálida regulación. Las migas… para los gorriones. Lo siento por la viuda. Pero no por mí. Soy abogado. No comerciante. 


Por Juan Francisco Risso






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