Horacio Rosatti y Carlos Rosenkrantz

Opinión

Por Juan Francisco Risso

“Los árbitros indiscutibles”

08|01|23 12:47 hs.

Todos, alguna vez, por esto o por aquello, hemos quedado viendo una película que ya había empezado. Algo nos interesó y allí quedamos. En esos casos, nuestro cerebro comienza entonces una composición de lugar: “el muchachito” es el joven, buen mozo e intrépido; el villano es el de bigote finito y así con lo demás. Admito que muchas veces aquel comienzo perdido no agregaba ni quitaba gran cosa, y lográbamos entender el argumento, incluso con posibilidades de comentarlo con terceros.çç


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En otros casos nuestra tardanza nos hizo comer la clave del argumento, y finalizamos nuestro entretenimiento con una idea difusa. Está quien admite no haber entendido el argumento, y está quien cree saber. Esto último no se refiere, por desgracia, a una sola película sino a sus observaciones en todo su tránsito por este valle de lágrimas. Son sujetos que, por alguna razón, quedan así para todo el viaje. Saben. Y quieren compartir su sabiduría.

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Aquí voy a referirme, como ejemplo, a la reciente carta de lectores titulada “Desacato al árbitro” (23.12.22), título que probablemente decidió la redacción, pues el autor, en un ingenioso juego retórico, va comparando a los jueces de la Corte (y a otros, quizá) con los políticos que los critican. Y todo, claro, con el telón de fondo del Mundial. Y allí engrampa con otra de sus monsergas, exaltando a los jugadores de la selección y criticando a los políticos. Y un poco más arriba de ese telón (en su entendimiento) los señores jueces de la Corte, impoluta deidad que debe estar al margen de crítica alguna.

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Pero como sucede con las películas empezadas, el autor no arranca por el principio -se lo hicieron comer- y nos muestra la cuestión ya comenzada. Vean: en la comparación futbolística, antes de asumir Rosenkrantz y Rosatti ya tenían tarjeta roja. Las deidades que nos quiere mostrar el autor… bueno, eso. Porque Macri los nombra por decreto. A consejo, confesado, del Dr. Rodríguez Simón, “Pepín” para los amigos de la barra.

Al ingeniero Macri lo absuelvo, porque -decía- ha abrazado la ingeniería; por desatención mía ignoro que rama de esa profesión eligió. Pero el Derecho no es lo de él. Pepín es un muchacho travieso (la cara lo vende) y hoy le anda esquivando a los “árbitros” como el sapo a la guadaña. Ya no integra, supongo, el mejor equipo de los últimos 50 años, o más probablemente esté en hibernación. No quiero ocupar espacio con ellos. Pero ahora: esos dos candidatos a jueces eran, se supone, lo más granado de la ciencia jurídica, y -amigos- no podían ignorar las verdaderas facultades del Ejecutivo, art. 99 de la Constitución, que en uno de sus incisos autoriza así: “Puede llenar las vacantes de los empleos, que requieran el acuerdo del Senado, y que ocurran durante su receso, por medio de nombramientos en comisión que expirarán al fin de la próxima Legislatura”. ¿Tan difícil es? Digo… las lumbreras del Derecho ¿no lo pudieron interpretar con la sencilla exactitud en que está redactado?

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Porque, se sabe, aceptaron hechos unas pascuas. Como lee: aceptaron. Mientras se colapsaban los teléfonos de sus residencias con las felicitaciones, y destapaban un Moutón Roschild muy añejado les llegó el telegrama: “Suspendan festejo. Se armó un kilombo total. Stop”. Hasta aquel renombrado constitucionalista que veraneaba en Claromecó (el de los ruidos molestos), anti K a muerte, puso el grito en el cielo. Todos. Amarillos y no amarillos.

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Dicen que Oscar Alfredo Gálvez, El Aguilucho, ponía su cupé Ford a 100, metía marcha atrás y la dejaba patinando en reversa. Creo que Macri lo hizo mejor. Mientras todos los críticos se decantaban por la vertiente de la ética y la moral (que no es poco), el único que planteó el tema en términos jurídicos fue Recalde padre. Ese procedimiento se podía seguir -dijo- para vacantes producidas durante el receso del Senado, art. 99 citado. Que vendría a ser Fayt, aferrado con uñas y dientes hasta los 98 años, trampeando los 75. Y que renunció durante el receso del Senado. Bien. Pero la vacante de Zaffaroni no se había producido en receso del Senado, y el art. 99 inc. 19 de la Constitución no autorizaba a reemplazarlo por decreto. Y digo: si Macri era –es- ingeniero, y Pepín es un vivillo, en cambio Rosenkrantz y Rosatti eran -supuestamente- la flor y la nata del Derecho argentino. Pero a esa habilidad de mirar para otro lado para lograr una silla en la Corte la llamamos “inhabilidad moral”. Salvo que demuestren que no conocían bien la Constitución, que les faltaba la hoja, no sé.

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A todo esto, decíamos, el ingeniero Macri había detenido esa máquina que -se suponía- se llevaba todo puesto, y puteando a Pepín puso primera y muy respetuoso se dirigió muy modosito al Senado, donde obtuvo acuerdo para dos candidatos que ya habían demostrado su inhabilidad moral, pero ahora todos bajaban sus frentes altivas. De momento. Contando con los votos fueron aprobados. Toda esa parte no se la contaron al autor de la nota, que nos ofrece la película empezada. Se comió el nombramiento trucho.

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Del Dr. Fayt supe tener buen concepto, creo que en su momento fue una buena elección. Diré… un catedrático. Al llegar a los 75 hizo un planteo de inconstitucionalidad del artículo de la Constitución que fijaba el retiro, y saltó la valla. Y tras un buen tiempo él mismo se fijó un límite: no se iría mientras gobernara Cristina. El tiempo mejora los buenos vinos y empeora los malos, porque el Servicio de Justicia quedaba en octavo lugar, más o menos. Un planteo de cocina. Se fue a los 98, y su discurso de despedida era propio de un viejito de esos que hay que acompañar al baño. Como nos pasará a todos. Y cuando lograba armar una frase… bueno, creo que se le habían contraído las encías y se le caerían los dientes postizos. Por allí estará la grabación, prueba de que difícilmente podría haber cumplido con la misión de Ministro de la Corte. Porque si no podía embocar el capuchón de la estilográfica mucho menos hubiese podido generar una sentencia de Corte. La firmaría, o le harían la firma. Highton copió los argumentos de Fayt y también saltó la valla. Zaffaroni cumplió 75 y se retiró.

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He dejado de lado a los sres. Ministros de la Corte que permanecían en funciones, y que nos dieron una cátedra de como mirar -ellos también- para otro lado. Ahora busco a un lector -o lectora- inteligente y que esté en desacuerdo con lo dicho en la columna. Al conjunto folklórico “Los de Siempre” ya los conozco: la yegua hizo esto, los kk hicieron lo otro y así ad infinitum. Busco a alguien que me diga en qué pude haberme equivocado. Hablo del art. 99 de la Constitución y del desarrollo de los hechos que llevaron a aquellos dos jueces a la Corte a aceptar lo –constitucionalmente- inaceptable, y con ese control de calidad igualmente seguimos adelante. Sería un placer debatir y, llegado el caso, aprender algo. Ah, y ese principio (omitido) de la película presagiaba lo peor que pueda haber visto un abogado de mi camada, un veterano, mayoría automática incluida, que me hizo perder un juicio. Al autor de aquella nota tan laudatoria, un saludo y… a otro perro con ese hueso. Porque de aquellos polvos vienen estos lodos, chateo va, chateo viene. Ojalá nunca nos acostumbremos a este estado de cosas. Porque la palabra que define a una corte es “prestigio”. Nos vemos. 




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