Sociales

Tineke Griffioen

La Gringa que llevó esperanza

21|01|18 14:05 hs.

Por Valentina Pereyra 


“El segundo día que estaba allí vino una pareja muy alcohólica -porque se toman el ‘cañazo’ que es una bebida con 96% de alcohol sacado de la caña- con una criatura que tenía labio leporino y doble paladar hendido. Era una niña de dos años y medio, pesaba seis kilos y caminaba en cuatro patas porque estaba completamente desnutrida. Sus padres nos dijeron que habían oído que unos ‘gringos’ recién llegados -que éramos nosotros- podían ayudarlos. Y nos ofrecieron a la niña porque ya no la querían. Entonces averigüe dónde había un hospital para poder tratar a la pequeña y que la atendieran”, recuerda Tineke Griffioen sobre el episodio que se convertiría en la piedra fundamental de su nueva vida. 

El sueño que había construido junto a Walter Meekes en Holanda, la fantasía más increíble que hubieran tenido, estaba allí, frente a ellos, bien cruda, bien real. Ese día nació HOPE, tal vez no en los papeles, tal vez no con ese nombre, pero se gestó lo que 27 años después es la Fundación que lleva adelante una tarea conmovedora y es valorada por el gobierno de Perú y condecorada por el de Holanda. 

La obra educativa abarca más de 250 escuelas en comunidades y en pueblos jóvenes -villas miserias- y unas 150 que se construyeron con la Fundación. 

La noble meta fue trabajar en Perú tres años, invertir allí sus ahorros para ayudar a la gente pobre del Cusco: “Pensábamos estar ese tiempo y significar algo para el prójimo”


Una sociedad de amor 
Tineke y Walter llevaron a la niña al Hospital Regional de la zona de Cusco, lugar al que habían llegado dos días antes de ese episodio. En 1991 salieron desde Holanda con destino a Lima y una vez allí recorrieron 1000 kilómetros más hasta llegar cerca del Macchu Pichu, lugar donde empezó la obra. Tineke entró al hospital con la niña de labio leporino y doble paladar hendido y se sorprendió de la cantidad de pequeños quemados que había internados. 


Tineke a mediados de los 90, cuando comenzó la fundación, alimentando a un niño quechua


Enseguida aprendió que eso no era casual, los lugareños cocinan con leña y con bosta de animales en el piso. “Como las mujeres cargan los bebés en la espalda cuando se agachan sobre el fuego para cocer sus alimentos, los pequeños se caen y se queman”, cuenta. 

El panorama que se presentó ante los ojos de Tineke no la hizo dudar: “Si puedo dar mis ahorros para esto, los doy, las quemaduras son tratamientos muy costosos y por eso los padres dejaban a sus hijos lastimados en la puerta del hospital y se iban”, explica. 

Decidida, entabló una relación con los médicos del hospital, especialmente con el cirujano plástico, al que le propuso pagar con su dinero las operaciones que los niños necesitaran y los medicamentos, pidiéndole que él realizara en forma gratuita las intervenciones quirúrgicas. “Fue un pacto de amor”, resume. 

En el hospital estatal había 400 camas, cuando empezó a hacer el voluntariado allí vio que en lugar de colchones tenían cartones, entonces enseguida consiguieron los fondos para poder comprarlos. Tineke arrancó aquel día y nunca paró. 

Buscó convenios que le permitieron hacer dos campañas para operar a niños y adultos de labio leporino y paladar hendido, “en la primera operaron a 70 personas y en la segunda a más de 120 en la zona de Cusco”, detalla. 

Luego de cada intervención quirúrgica, a Tineke le surgía un pensamiento irrenunciable: “La posibilidad de ayudar a uno más me daban ganas de seguir”. 

El contacto con todos los niños o familias con las que trabajaron o acompañaron en el hospital es permanente. “Hice operar a niños con hidrocefalia, del corazón, con convenios entre nosotros y los médicos”, explica. 


Enseñarles a higienizarse y lavarse los dientes es una de las tareas que llevó adelante


De Holanda a Perú 
Tineke es tresarroyense, nacida en una familia que “no hablaba una palabra en castellano”. Sus abuelos maternos y paternos habían llegado a nuestro país después de la primera guerra mundial, tuvieron sus últimos hijos en Argentina, pero el idioma se conservaba, tanto que sus padres Jaap Griffioen y Corry Attema les hablaban -a ella y a los hermanos- en su lengua materna.

“Siempre nos preguntábamos, para qué tanto holandés, si estábamos en Argentina”, comenta entre risas. Tineke es la tercera de siete hermanos, los dos mayores Niky y Harry no hablaron castellano hasta llegar a la escuela y ella sabía algunas palabras “porque tenía dos antes que yo para enseñarme”. El resto de la familia la conformaban Johan, Richard, Carlos y Elizabeth y todos juntos pasaron su infancia en el campo. 

A los 21 años -ya trabajando en el internado del Colegio Holandés- Tineke se preguntó qué hacer con todos esos conocimientos del idioma y la cultura holandesa que tenía. Entonces junto a su hermano Harry y su primo Tony Attema decidieron aventurarse a vivir en la Holanda de sus abuelos. 


Uno de los tantos grupos de niños con los que la tresarroyense trabajó durante años


Los hermanos y su primo llegaron a los Países Bajos y fueron recibidos por su familia, vivieron un tiempo corto con algunos tíos y ni bien pudieron se consiguieron una casa a la que se mudaron los tres juntos porque “al principio cuesta y extrañábamos mucho, no había Internet, ni celulares, sólo cartas”. 

Ella vivió en Aalten cuatro años y medio, en ese tiempo consiguió trabajo en un hogar de ancianos mientras que su hermano y primo lo hicieron en una fábrica de carpintería- en la que siguen trabajando en la actualidad-. Al igual que ellos, tal vez se hubiera quedado en el hogar en el que estuvo por casi cinco años, pero había otro camino por seguir... 

De Aalten a Cusco 
La tresarroyense conoció a Walter Meekes en Aalten, un joven holandés que quería hacer labor social en Perú -lugar que conocía porque había viajado- entonces, después de muchas conversaciones, decidieron emprender ese viaje. 

La noble meta fue trabajar en Perú tres años, invertir allí sus ahorros para ayudar a la gente pobre del Cusco: “Pensábamos estar ese tiempo y significar algo para el prójimo”. Un día de enero pisaron suelo peruano, era verano y en esa zona “no hay estaciones o es época de lluvia o seca”. 

Arribaron en el período lluvioso y estaban encima del cerro, a 3400 metros de altura, todo a su alrededor era barro que bajaba de las sierras y cubría el suelo en forma permanente. Lo primero que hicieron fue alquilar un cuarto que tenía un baño que compartían con 14 personas, y el agua había que ir a buscarla a dos kilómetros, estaban en uno de los barrios más pobres de Cusco: “Acá no aguanto un año”, recuerda lo que pensó en esos días, aunque al poco tiempo cambió su parecer: “Me acostumbré y me gustó”.


El esfuerzo para construir una nueva escuela en la altura lo hacían todos los integrantes de la comunidad


Aunque venía “de los lujos de Holanda”, como dice, no duda en afirmar que “es tan lindo poder ayudar a los que tienen tan pocas oportunidades y sienten que sobreviven. He visto niños morir de hambre, todo eso te llega...”. Ni bien estuvieron instalados se dieron cuenta que “había tantas cosas por hacer que no sabíamos por dónde empezar. Los niños todavía se mueren de hambre, la desnutrición es terrible y las escuelas son bien pobres”, explica Tineke. 

De todos modos, no tuvieron demasiado tiempo de pensar cómo empezar. “La gente de la comunidad nos contactó enseguida para pedirnos ayuda. Primero fue la niña con labio leporino y luego empezamos a visitar escuelas y jardines”. 

La obra comenzó con la primera operación y siguió avanzando según la meta fijada en salud, educación y saneamiento básico. “Vivíamos en pueblos jóvenes -que tienen este nombre pero son villas donde hay una miseria total- estuve allí 12 años”, explica “La Gringa”, apodo que le pusieron ni bien llegó. 

Walter y Tineke empezaron el trabajo social con los ahorros que trajeron de Holanda, pero tenían claro que más temprano que tarde el dinero se acabaría. Y así fue, cuando lo gastaron todo, salieron a buscar ayuda. 

La Fundación 
Con el paso de los meses, la experiencia peruana hizo que la pareja modificara el plan inicial de estar tres años haciendo trabajo social. “Nos quisimos quedar porque recién después de ese tiempo sentimos que conocíamos la cultura, Walter se enfocó en la educación y saneamiento y yo en salud. La fundación nació en 1991 con nuestro dinero y después de tres años, cuando se terminaron los fondos propios salimos a buscar más, ya con conociendo las necesidades que había”, recuerda. 

La idea de la obra no fue trabajar para dar, sino enseñar y ser un medio para que los pobladores quechuas de la zona aprendan, se eduquen, se defiendan, entiendan que tienen derechos. “La idea nunca fue regalarles nada porque de ese modo no aprenden nada”, aclara. 


Tineke con su padre y cuatro de sus seis hermanos


La fundación se llama HOPE (en inglés es esperanza), también son las dos primeras letras de las palabras Holanda - Perú, y desarrolla su trabajo en comunidades donde los niños mueren muchas veces por el frío, hay desnutrición, las casas son de adobe de una sola habitación, hay tuberculosis y para llegar a un médico hay que caminar kilómetros. 

La educación 
Tineke y Walter fueron al Ministerio de Educación y manifestaron la necesidad de que haya profesores que quisieran educar en las comunidades quechuas porque había mucha niñez que necesitaba aprender. La respuesta que recibieron fue insólita y dolorosa, les dijeron: “Por qué se preocupan por ellos si nadie los ve, hablan quechua ni siquiera castellano”. 

Ante esa situación insistieron en que los chicos eran el futuro del país, aunque fuera tan difícil luchar contra la discriminación existente. Entonces desde el Ministerios les lanzaron un nuevo desafío: “Nosotros no creemos en ustedes, queremos que antes de ayudarlos nos demuestren que ellos -por los niños de las comunidades quechuas- pueden progresar”. 

Así es que se hizo un convenio entre la Fundación y el Ministerio de Educación por tres años, por el que a través de HOPE se pagaba -con donaciones- a los profesores, los libros, los útiles y luego de ese período “fuimos otra vez y recibimos la felicitación porque lo habíamos logrado”. 

En 2003 hicieron una escuela en Quelcanca: “Para llegar teníamos que andar en la camioneta seis horas y después caminar cuatro más, le llevábamos materiales y les pedíamos a los comuneros, a la población que los vayan a recoger”. 

Como a esa altura -más de 3500 metros sobre el nivel del mar- no hay leña, para poder hacer el techo de las escuelas hubo que acarrear todo hasta que la construcción estuvo terminada. Tineke y Walter consiguieron fondos para construir escuelas y los padres de familia se encargaban de hacer los adobes para los ladrillos, las zanjas para la cimentación, extraer las piedras del río, “todo eso pueden hacer”, asegura.

La obra educativa tiene nivel inicial, primario, secundario y superior que es una Escuela Agraria. Como en esas comunidades -a esa altura- no crece nada la imaginación fluyó porque tenían el objetivo no sólo de ensañar, de alfabetizar, sino de dejar algún oficio que luego pudieran desarrollar. Intentaron con invernaderos, fueron llevando a las escuelas gallinas, lechones, pero se morían porque no podían vivir en esa altura, por eso fueron adaptando a los animales para poder criarlos. Tineke plantea que “los cambios más importantes que logramos es que ellos crean que tienen derechos y que hay posibilidades, están tan discriminados que no quieren ni siquiera ir a la ciudad y cuando lo hacen tratan de quitarse su vestimenta para que no los reconozcan aunque se sienten re incómodos de esa manera”. 


Tineke en la redacción de La voz del pueblo


Sobre el nivel del mar 
Luego de 27 años, desde la primera niña de labio leporino hasta ahora Tineke aprendió mucho. “Veo que no se necesita demasiado para estar bien o para la vida”, dice en voz baja y sonriendo. Su propia vida se modificó para siempre, pero sigue intacta la certeza que tuvo en Holanda cuando decidió emprender con esta obra, “creo que hay expectativas de mejorar si se les da la oportunidad, tanto a los niños como a las mujeres -muchas son analfabetas- a las que les enseñamos a hablar, a firmar, porque son indocumentados, no existen para el gobierno, y nosotros creemos que hay más posibilidades”, asegura. 

Tineke y Walter se divorciaron, pero continúan juntos con la Fundación. Como no viven de ésta, pidieron un préstamo para comprar una casa en Cusco para instalar un hotel, que ahora está alquilado y parte de sus ingresos van a HOPE. Desde el principio el trabajo fue colaborativo, desde aquel verano lluvioso hasta ahora se construyeron además de cientos de escuelas, salones comunales para la población, “hechos por ellos mismos”, dice Tineke, que agrega: “Siempre estuvimos con la gente, salimos al campo”. 

Los pobladores quechuas no tienen que ir cuesta arriba sólo para llegar a sus casas o escuelas, la vida también los deja muchas veces sin oxígeno porque hay mucha discriminación y los tratan “como si no tuvieran derechos, el Gobierno prefiere que esta gente no hable, que no tenga su propia idea”, cuenta Tineke que agrega a modo de ejemplo “no les limpiaban los barrios, no les sacaban la basura y les decían que como ensuciaban con sus pies el centro -porque bajaban de la montaña con barro- tenían que pagar por esa limpieza y resignar la de sus comunidades”. 

En el comienzo de la obra educativa, en Patacancha -que está a cuatro horas de Cusco- no se conseguían profesoras porque para enseñar allí hay que quedarse a vivir, llevar a la familia, enseñar sin luz, ni agua, pero hubo una maestra “súper entusiasta que se esmeró mucho” y de ese modo se logró el objetivo. 

Muchas veces hay que enseñar entre las nubes, pero a pesar de todas estas vicisitudes en Patacancha hay jóvenes que quisieron seguir estudiando y los apoyaron para que lo hicieran, uno se recibió de ingeniero, otro de médico quechua hablante. En la escuela hay internado y los jóvenes de siete comunidades se quedan a estudiar ahí. 


Tineke Griffioen es tresarroyense, fue condecorada por el gobierno de Holanda por la tarea que realiza con la Fundación HOPE, que creó junto a Walter Meekes, en Perú. Ayuda social, educativa, en salud, toda una obra que comenzó con sus ahorros y modificó la vida a muchos niños de las comunidades quechuas de Cusco. Su historia, su vida y lucha para que los pobladores aprendan que tienen derechos y deben ser tratados como personas


El libro y los talleres 
Para poder respetar sus costumbres y enseñar de la mejor manera Tineke y Walter decidieron hablar con los pobladores y pedirles que les cuenten cuentos de sus comunidades: “Los grabamos y buscamos un intérprete que lo tradujera y con eso sacamos libros de lectura en los dos idiomas con el nombre de Munay Urpi, que significa paloma bonita”. 

Comenzaron con esa comunidad con la intención de ayudarlos y luego imprimieron más, incluso hasta ser reconocidos por el Ministerio de Educación. Abrieron una carpintería en la que los mismos estudiantes que van creciendo hacen los muebles para las otras escuelas de la Fundación y además tienen un centro de costura, taller de mecánica y cerámica para que “tengan una vocación”. 

La tresarroyense se fue a Holanda buscando su destino, Walter la convenció que hacer una tarea social valía la pena, aunque ella sabía eso de ante mano. “Siempre sentí que tenía que ayudar a otros, siempre me gustó. Hay que luchar a favor de las comunidades, la gente sabe que nos jugamos por ellos, por eso ahora enseguida nos vienen a consultar. La gran mayoría de las personas han tenido logros”, finaliza muy conmovida. 

Del campo de sus padres al Cusco, del holandés al quechua, de las comodidades a la pobreza, de las estaciones a las lluvias y sequías, del llano a la montaña, de los ahorros a las cientos de operaciones y escuelas, del sueño a HOPE, así Tineke construyó y construye su vida alrededor de los valores de enseñar a ser, a defenderse, a educarse, a estar sanos, a no morir ni de hambre, ni de frío, ni de insignificancia. 

La mejor condecoración es la que le devuelve el espejo.