Sociales

Alan Rasmussen

Un papá que vale doble

17|06|18 10:03 hs.

Por Juan Berretta

Alcanza con entrar a la casa que comparten Alan, Serena y Dylan y darse cuenta que eso es un hogar. Que los tres conforman una familia. Con sus particularidades, es cierto, pero una linda familia. 

Si alguien no conoce la historia que hay detrás de ellos, jamás podría sospechar que hace apenas un año y medio los chicos estaban en uno de los Pequeños Hogares y Alan Rasmussen vivía solo sin demasiadas expectativas por conseguir compañía. Mucho menos se imaginaba que hoy iba a celebrar su segundo Día del Padre. 

“Nunca tuve esa necesidad de ser papá, yo no funciono así. Pero sí siempre quise ayudar. Desde que trabajo me tocó darle clases a chicos que tenían muchas necesidades y me hace bien hacer algo para que estén un poco mejor”, cuenta el profesor de danzas folclóricas y que dicta expresión corporal en varias instituciones de la ciudad. 

Serena está frente a la computadora buscando una imagen de patines para que una de sus tías decore la torta de cumpleaños. Falta poco para que cumpla 10 años y por estos días acapara la atención de la casa. Mientras, Dylan, dos años menor, espera su turno para poder jugar con la compu. Es más introvertido y más sensible que ella, se nota. 

Los dos se muestran educados y con la dosis justa de respeto. “No te dejes engañar, se portan así porque hay visitas…”, dice Alan haciendo muecas y gestos, dando entender que son bravos. La respuesta de los chicos es instantánea, se abalanzan y lo zamarrean, y los tres se ríen con ganas. La escena destila ternura y sirve para reafirmar esa sensación que se siente al entrar a la casa de la calle 12 de Octubre, que son una familia consolidada pese al corto recorrido que llevan compartido.


Serena, Dylan y Alan a pura sonrisa. “Ellos saben que yo soy el adulto y quien pone los límites, pero también que puedo estar paveando como un chico más todo el día”, cuenta el papá feliz


Conociéndonos 
El primer contacto entre Alan y los chicos se dio en el Centro de Educación Complementario. Los tuvo como alumnos en la sala que compartían de maternal, Serena tenía cuatro años y Dylan dos. Meses después, cada uno siguió su camino. El profe dejó de trabajar en el CEC y ellos también dejaron de ir. Sus vidas volvieron a cruzarse tres años después, en 2016, cuando la nena empezó a cursar primer grado en la Escuela N°7, a donde también iba Alan. 

De a poco se empezó a forjar el vínculo. “Serena se venía conmigo en los recreos, eran apenas 10 minutos, pero era claro que teníamos una muy buena conexión. Y un día empezó a pedirme que la fuera a visitar”, recuerda. Eran tiempos en los que los hermanos vivían en uno de los Pequeños Hogares. Hijos de una mamá adolescente que ni siquiera puede lidiar con su vida, los chicos fueron alejados de su casa. 

“La situación de ellos era complicada, de riesgo. Y me enteré que habían quedado a disposición de la justicia para ser dados en adopción. Entonces sentí la necesidad de ayudarlos, de hacer algo por ellos. Entonces empecé a averiguar qué posibilidad había de lograr adoptarlos o al menos sacarlos de los Pequeños Hogares. Pero la verdad era que no tenía muchas expectativas. Yo ya me había anotado en 2013 en el listado para ser Familia de Abrigo y nunca me habían llamado ni para entrevistarme”, recuerda. 

Pero ese antecedente a Alan no iba a frenarlo, entonces comenzó a preguntarles a las asistentes sociales cuál era la situación de los hermanos, y así le sugirieron que fuera al Juzgado de Familia. Así lo hizo y consiguió una entrevista para plantear su inquietud. En esa charla le pulverizaron la ilusión de conseguir la adopción de Serena y Dylan. “Me explicaron que no tenía ninguna posibilidad porque ni siquiera estaba en el listado de adopción. Y además, una vez anotado me aclararon que me podía tocar cualquier nene, porque el listado es a nivel provincial”, dice. 

Alan completó igual el papelerío porque entendió que fueran ellos u otros chicos, era lo mismo. “Mi necesidad real era ayudar a alguien que lo necesitara, entonces, más allá de la conexión con ellos (por Serena y Dylan), me parecía que podía adoptar a otros”, agrega.

Completó los trámites e incluso, en lo que sería toda una señal, lo hizo en tiempo record. En su caso, la burocracia no metió la cola. En un par de semanas el docente estaba habilitado para lograr la adopción. Mientras tanto, cada vez que tenía contacto con el juzgado o con alguna de las asistentes sociales insistía en preguntar por la situación de los hermanos. Así fue que terminó pidiendo una audiencia con el juez de Familia, Diego Granda. 

Dos semanas después, a menos de un mes de haber completado los trámites, Alan fue convocado al juzgado y le hicieron la mejor pregunta de su vida: “‘¿Cómo te ves con uno de cinco y una de siete? Tenés 48 horas para contestar’”, recuerda como si fuera hoy que le plantearon. “¡Qué 48 horas!, les contesté. ‘Ya te digo que sí, vamos mañana al hogar a visitarlos’”, cuenta gesticulando y con la mirada brillosa lo que les dijo. 

“Yo estaba solo, salí del juzgado y me puse a llorar de la emoción. Estaba feliz como nunca”, completa sobre lo que pasó aquel mediodía del 14 de noviembre de 2016. 

“Yo no soy un pastor ni nada por el estilo, a mí me sale así, para mí lo normal es esto. En realidad, siento que no es normal que a los demás no les nazca hacer lo mismo”.


Fideos para tres 
Al otro día, a las 10, Alan y la asistente social Itatí Arigo entraron al Pequeño Hogar. Serena y Dylan estaban despiertos desde las 5, la noche anterior les habían dado la noticia. La nena le había intentado explicar a su hermano quién era su probable futuro papá adoptivo, pero él recién se dio cuenta cuando lo vio. 

Y empezaron a jugar con un rompecabezas con la misma naturalidad y confianza con la que se pelean hoy. Entonces, todo fluyo a mil. Al otro día, los chicos fueron a almorzar a lo de Alan. “Fideos con tuco comimos”, aporta al relato Serena. “Y después no se querían ir, me costó un montón bajarlos del auto cuando los llevé al hogar”, asegura Alan.

Un día después, los tres durmieron bajo el mismo techo por primera vez y ya nunca más se separarían. 

El profe consiguió una excepción y le otorgaron una licencia de 90 días, el plazo que tenían los tres para adaptarse a la nueva vida en familia. Cumplido ese plazo quedaría sellada la adopción. “Los primeros días no fueron fáciles, sobre todo para Serena, que había vivido muchas cosas que Dylan, por ser más chico, no se acordaba. Pero de a poco todo fue mejorando. Incluso ella empezó terapia y un par de meses después le dieron el alta”, cuenta Alan. 

Los vínculos 
Habiendo logrado la adopción plena, Alan no tiene la obligación de hacer que los chicos mantengan la relación con su familia biológica. Sin embargo, él siempre eso lo dejó en manos de los nenes. “Cuando ellos quieren ven a su mamá, o a la tía, o a los abuelos. Yo estoy abierto a eso, porque me hace bien que mantengan el vínculo. Es parte de su historia”, explica. La situación es distinta con el padre, no por decisión de Alan, sino porque los hermanos no tienen registro de él. 

Sabiendo los chicos que podían ver a su familia cuando lo desearan, no dudaron en pedirle a Alan que los llevara al hospital cuando nació su hermana Nicol, en julio del año pasado. 


“Con el paso de los días uno se da cuenta lo importante que es para ellos esto, que seamos una familia. Una vez le preguntaron a Dylan ‘¿qué pasó con tu mamá?’, y él contestó: ‘antes tenía una, pero ahora tengo las dos cosas (por el papá y la mamá) en uno’”


“Allá fuimos los tres caminando, porque justo se me había roto el auto”, recuerda sobre la tarde que no sería una más para él. “Después que estuvieron con su hermana recién nacida, volvimos caminando y fue la primera vez que me dijeron papá. Hasta ese momento yo había sido Alan para ellos. A partir de ahí, del 13 de julio, me pusieron el título de papá”, cuenta. “Fue algo muy loco. Y lindo. Porque en realidad yo no lo había buscado”, agrega. 

Recorriendo las fechas que han marcado la relación de los tres, surge también el 21 de diciembre del año pasado, cuando le otorgaron a Alan la adopción definitiva y los chicos quedaron en condiciones legales de sacar el nuevo documento con el apellido de Alan. “Ahora falta que lleguen unos papeles de La Plata para ir al Registro Civil y anotarlos, pero en el barrio y en todos lados ellos ya son Rasmussen”, cuenta. 

La charla después deriva en las cuestiones del día a día, “porque toda esta historia es muy linda, pero después vino la realidad, y hay que ponerles límites y repetirles las cosas, hacer que valoren lo que tienen”, dice Alan con tono de padre. “Mi mamá y mi abuela, que tienen locura por ellos, me ayudan también en eso”, aclara.  

Dos en uno 
“Con el paso de los días uno se da cuenta lo importante que es para ellos esto, que seamos una familia. Una vez le preguntaron a Dylan ‘¿qué pasó con tu mamá?’, y él contestó: ‘antes tenía una, pero ahora tengo las dos cosas (por el papá y la mamá) en uno’”, cuenta Alan. Y se ríe con ganas por la ocurrencia del nene, que pintó como nadie la relación que han generado. 

Alan muchas veces se sorprende por la reacción que tiene la gente al escuchar cómo se transformó en papá, y cómo se anima a criar solo a los dos chicos. Entonces, aclara: “Yo no soy un pastor ni nada por el estilo, a mí me sale así, para mí lo normal es esto. En realidad, siento que no es normal que a los demás no les nazca hacer lo mismo”. Y agrega: “Yo tenía ganas de ayudar, la necesidad de ayudar, si no, ¿para qué vine?”. 

Aclara sí que hay una limitante: la económica. “Lo que más me costó de esta movida fue el bolsillo. Por eso lo único que pide es tener trabajo”, cuenta. 

Y volviendo a las fechas, tiene anotado en rojo el 1° de septiembre. “Tengo que ir a renovar mi posición en el listado de adopción. Porque yo quiero más”, asegura. 

Ese “más” tiene nombre: Nicol, la hermanita de Serena y Dylan. “Hay sangre familiar y yo quiero traerla para casa. Ellos están desesperados para que venga”, dice. 

Es más, Dylan está juntando plata para cuando logren sumarla a la familia. “El me dice que yo no voy a poder comprar pañales, leche y comida, y que me quiere ayudar”, cuenta Alan con la cara iluminada. Y la anécdota emociona, porque es la señal que el nene ya heredó lo más importante que tenía para darle su papá del corazón. 



“De todo lo bueno que estamos viviendo, y de cómo han evolucionado ellos, el 50% es responsabilidad del Holandés. La verdad es que son unos grosos cómo laburan y lo que hacen por los chicos”


Gracias totales 
Alan es muy anárquico para contar su historia con Serena y Dylan, entonces, en pleno tsunami de datos, fechas y anécdotas que tira, por momentos se frena y deja definiciones fuertes. Como el rol que cumplió el Colegio Holandés en esta linda aventura. 

“De todo lo bueno que estamos viviendo, y de cómo han evolucionado ellos, el 50% es responsabilidad del Holandés. La verdad es que son unos grosos cómo laburan y lo que hacen por los chicos”, asegura. 

También hizo mención a lo bien tratado que se sintió en el Juzgado de Familia. “Yo no tengo nada de qué quejarme, todo lo contrario. Conmigo se portaron más que bien y ayudaron para que esto pudiera darse”, dice. 

Su mamá, su abuela y todos sus amigos y amigas (“que son un montón”) asegura que tienen también su cuota de responsabilidad de que hoy los tres sean una linda familia.