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Opinión

Por Sergio Manganelli

Corazones antiaéreos

22|02|19 19:12 hs.

Estimados amigos:

Les envío "Corazones Antiaéreos", un texto que fuera publicado por primera vez en el diario La Arena, de La Pampa, por aquellos días tenebrosos de la guerra de Kosovo, que no difieren mucho de las barbaries actuales. Ese artículo, la hoja del diario propiamente, estuvo en la cartelera del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) durante muchos meses, a instancias de la generosidad de Nazly Zaky, aquella maravillosa egipcia que fuera la Secretaria de Prensa del ACNUR en Buenos Aires. Los tiempos no han cambiado mucho, a pesar de las sofisticaciones y los avances del arte de destruir. Lo comparto con ustedes, desde mi "mesa marinera" del Parador Borneo, frente a un mar de nostalgia y soledades. Abrazo. 

Sergio Manganelli

Corazones antiaéreos
Amanece y la radio nos dice que aún hay niebla en Kosovo. Me pongo el chaleco antiangustias y salgo a la vereda, bajo una lluvia empecinada como el odio. El vocero de la OTAN sonríe ante las cámaras por el daño causado al contrincante. Dios y el diablo siguen jugando a ver quién la tiene más grande, y acá abajo, la guerra no es el Ludo-matic. 

La guerra no son los cazas derribados. Ni la fila de tanques volados por el aire. La guerra no son misiles y contramisiles. Tampoco una cifra en los gastos militares. Ni las secretarías de estado. La guerra son los pibes que se quedan sin padres. Las madres que juntan sus hijos de a pedazos. Los campesinos muertos sobre campos que ya nadie cosecha. Fábricas fulminadas. Las escuelas desiertas. Los hospitales llenos. El corazón del mundo que se colma de muertos. La guerra es el amor que te explota en las manos. En la vereda hay pibes jugando con las hojas, tratando de atrapar las que se lleva el viento. Tendrán unos tres, cuatro o cinco años, pero seguro ignoran las cosas de las que somos capaces los adultos. El dolor es una inmensa calesita, en la que el señor que aprieta los botones reparte generoso la sortija. Qué sabor en la boca tendrá muerte ajena. Juguetes pisoteados en el barro. De quién aquella muñeca sin sus brazos, de quién aquél carrito, ese corcel de palo inmóvil en la nieve. A qué mirada habrán pertenecido aquellos lentes. Con qué vaivén de amor se mecieron las camas mordidas por el fuego. Dónde fugan los sueños, en qué pobre país pedirá asilo la esperanza. 

Refugiado, qué palabra terrible, aunque peor sea no poder pronunciarla. 

Pienso en Naszly Zaky, desde las oficinas del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados, tratando de explicarme todo el horror y el odio desatado en la tierra. No cumplí mi promesa, será que la pena es mucha y uno anda siempre con el alma en carne viva. 

La vida humana no tiene precio, quizás por eso los pragmáticos de turno no dan un centavo por ella. Los chicos no lloran. Solo dibujan casas y más casas, que ya nunca tendrán. Sobrevuelan aviones de crayón, y se les tiesa el pulso. El lápiz negro comienza a rellenar todo de humo, se pierden en la bruma las calles y los patios, los juegos de la infancia, la magia a cuatro manos. Y no hay colores que podamos darles, para hacerles dormir la pena por un rato. 

La Farolera tropezó y no ha vuelto a levantarse. Mambrú quiere volver, desesperado. Manuelita es refugiada en Guantánamo, y Pehuajó está lejos. El Payaso Plin Plin tiene un tiro en la frente. Acaban de volar el Puente de Avignon. Pobre Gallo Pinto, devorado por soldados hambrientos en las líneas de fuego. El Mono Liso trabaja en el Pentágono. El Elefante Trompita acarrea cañones de 125 mm. Y Trapito es apenas jirones esparcidos, como un mísero desecho de inocencia. 

Don Pirulero es el rey de la fiesta, senil pero tenaz. 

Cómo pudimos traicionarlos tanto. En dónde están esos niños que fuimos. Judas reproducido en el espejo inagotable de los siglos. Y una legión de pibes, caminando desnudos, repitiendo con las manos en alto: "Elí, Elí, lama sabactani?" en todos los idiomas del planeta. 

Mientras el diablo lustra su foto de Hiroshima, treinta monedas caen a los pies de del verdugo. 

La soldadesca se juega a los dados las ropas destrozadas de la humanidad. No sé cómo se llama, pero he visto sus ojos sobre un puente en Belgrado. Y yo todavía sin cumplir mi estúpida promesa, tan estéril, tan sin razón, tan nada. Qué ganas tengo de armar un barrilete. Cuántos deseos de comer mandarinas de Paso del Rey. Qué espantosa ansiedad por sentirme alegre de cuerpo entero. Pero no me sale. Mi felicidad es solo refractaria. Hay un jardín de infantes cruzando la otra esquina. 

Propongo la creación de un banco de dadores de alegría. No la alegría fofa, la complacida, la pobre estereotipo de la banalidad. Sino otra, la vital, la sencilla. 

La que veo en la borra de tu melancolía. 

Empecemos mañana, hoy quiero comenzar ese artículo que prometí hace mucho.

Regreso tarde, mi hija se levanta para saludarme. La gata sobre el techo anuncia que ya pasó la medianoche, estamos justos a tiempo. 

En algún lado Dios acaba de bajar el as de espadas.

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El autor 
Sergio Manganelli, nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires (Argentina) el 28 de febrero de 1967. Reside actualmente en San Antonio de Padua, al oeste del conurbano bonaerense. Sus poemas y artículos han sido publicados en varios diarios de Argentina, de México y de España. Asimismo, en revistas culturales y literarias de Argentina, Cuba, Italia, España, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, Chile, Colombia, Venezuela, Brasil, Honduras, etc... Obtuvo una treintena de premios y menciones en su país, y también en el extranjero. Ha publicado “Sangre de Toro” -poemas y banderillas- (Grupo Editor Latinoamericano, 2018) En 2011 ha ganado el Premio de Poesía de la Universidad de Cali (Colombia) y el Premio de Poesía “Leopoldo Marechal”, que otorga el Municipio de Morón, Buenos Aires (Argentina).