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Opinión

Por Sergio Manganelli

​Esa absurda costumbre de andar triste

02|03|19 19:04 hs.

Por Sergio Manganelli                       


                                               A Rafa Curia, locutor y buen tipo en la tierra y el aire.  


En estos tiempos, en que la verba electoral nos tiene hasta los huevos, donde la vida cotidiana se nos cuaja en las pantallas de plasma, entre predicadores de pésimo diseño y desilusionadores profesionales, hay quienes dicen querer exhumar a doña dignidad. Una señora de discurso encendido jura que la hemos recuperado definitivamente. El candidato bendito en las encuestas, besa a diestra y paga a siniestros. Un cotillón multicolor anticipa la previa de otra fiesta. Mientras en las escalinatas del poder, millones de infelices duermen en harapos, resoplando entre sueños, por tan magras que se han puesto las sobras en McDonald’s. 

La lluvia desguasa la salud de los chicos de la calle, a quienes si no liquida el “Paco” o el pegamento, puede que algún mierdita de la Justicia con mayúscula les calce el Sambenito -con la venia de Lombroso padre que estás en las fiscalías- y les pique el boleto para el resto del viaje. La mujer de encías desoladas amamanta su historia que le seca los pechos. Los obreros colgados de los trenes ruegan que no les roben el franco o la quincena. Un viejo tira del carro atestado de cartones, como cansado buey de labranza urbana. En tanto la dignidad viene marchando, asmática y fumándose la vida de los pobres. 

Cuatro imbéciles con el cerebro quemado por la droga y el corazón podrido de marginalidad, gatillan sobre un niño, que bien podría ser el hijo de cualquiera, pero esta tarde ha sido un ángel chiquito, atrapado en un ciber con el vuelto del pan. Los jubilados tienen casi nada de todo y mucho menos de júbilo. La bolsa de la feria sufre la insoportable levedad de no ser lo que era. Pero crecemos a paso macho, entre euforias ministeriales, hacia el éxito global al que estamos estúpidamente condenados. 

En medio del autismo general, las empresas ofrecen nuevas glorias, que duran hasta el siguiente anuncio. No desvela el amor, sino el caldo de taurina y cafeína de la latita energizante. Las calles y la Plaza no son ya más del pueblo. En los hospitales se nos van muriendo el pasado de pena y el futuro de prisa. Los azules liman las rebabas al sistema, y cada tanto cae un aguafiestas vestido de maestro. Pero el INDEC dice que todo está bien, que vamos estables, a flote y en franca atropellada al porvenir. Lo único que preocupa es lo depredado que anda el Merval y que el dólar no se escape, ni dios permita. O que a algún iluminado no se le ocurra, para paliar el desmonte financiero del mundo, imponerle a América Latina otra política de “shock”, con su correspondiente acepción eléctrica. Pero nada es tan grave por estas pampas, todo cierra en la planilla y estamos recuperando la alegría en los carnavales. 

Sin embargo, anoche tropecé con ellos, como pececitos de miseria que arrastraba la lluvia, abrazados y aún sonriendo, frente a la indiferencia de tanto no vidente, ante esta piara de resignados -a que las cosas son como son- en que nos hemos convertido los adultos. Eran dos, iguales a miles, con la mirada hambrienta y sin reparo del clima. Los mismos ojitos multiplicados del dolor prematuro, las manos vacías, las zapatillas deshechas sobre los pies sin rumbo. Espalda con espalda, peleando algunas migajas de existencia, sin Minoridad y Familia, ni Convención por los Derechos del Niño. 

No pude torcer la mirada, ni desviar la atención. 

La culpa es mía –sentenciará un amigo- porque la vida no está hecha para cuestionarse las cosas, hay que pasarla y ya. Lo mejor, o lo menos peor que cada cual pueda. Hay que tragarse la náusea y empujar del carro, que en la marcha se irán acomodando las sandías. Tampoco se puede andar avinagrando la sangre, por asuntos que no tienen arreglo. Así han sido –aducen- desde que el mundo es mundo y el barbudo de la administración echó a la calle a Adán, por incumplir las normas. 

Uno debiera aprender, de una buena vez, a domesticar las impresiones, madurar emocionalmente, tabular la angustia, ejercer un perfecto control sobre la razón y el análisis de lo macro, sin tanto bagaje sentimental. Respirar hondo y aligerar el paso. Aprender a ser fuerte en un mundo en que sobreviven los más aptos. En suma, ganarse los galones de hijo de puta hecho y derecho, con medalla al mérito y fanfarria hedonista de fondo.

Y arrancarle al pecho esa absurda costumbre de andar triste.

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El autor
Sergio Manganelli, nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires (Argentina) el 28 de febrero de 1967. Reside actualmente en San Antonio de Padua, al oeste del conurbano bonaerense. Sus poemas y artículos han sido publicados en varios diarios de Argentina, de México y de España. Asimismo, en revistas culturales y literarias de Argentina, Cuba, Italia, España, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, Chile, Colombia, Venezuela, Brasil, Honduras, etc... Obtuvo una treintena de premios y menciones en su país, y también en el extranjero. Ha publicado “Sangre de Toro” -poemas y banderillas- (Grupo Editor Latinoamericano, 2018) En 2011 ha ganado el Premio de Poesía de la Universidad de Cali (Colombia) y el Premio de Poesía “Leopoldo Marechal”, que otorga el Municipio de Morón, Buenos Aires (Argentina).