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La Ciudad

Pablo Heim

Entrenó su fuerza de voluntad y ganó

14|04|19 11:08 hs.

Pablo Heim nació varias veces. Nació una y otra vez en sus sueños, en su delirio, en su coma farmacológico. “La gente te pregunta qué se siente estar en coma o muerto”, cuenta a LA VOZ DEL PUEBLO y recuerda: “Armo la historia con cosas sueltas del día antes del accidente y lo que pasó después. Lo armo con lo que me cuentan”. 


Se vio en una habitación de sábanas y paredes blancas que tenía un ventanal gigante, detrás de él un parque maravilloso, una hermosa laguna y el sol radiante que ingresaba a través de los enormes vidrios. Dos mujeres de blanco aparecían recortadas por la luz que emanaba de la ventana y le decían: “Bueno Pablo, es la hora de trabajar”. 

Se levantaba de su lecho blanco y al apoyar sus pies sobre el piso todo volvía a repetirse, la misma escena una y otra vez. “Antes de despertarme recuerdo que les decía: “¡Pará, cuántas horas querés que trabaje!”. Hasta que un día sin que se diera cuenta despertó. Pablo tiene 38 años y a los 24 se accidentó en una moto que conducía. 

Es el mayor de cuatro hermanos, nació en Coronel Dorrego, pero cuando tenía un año se radicó con su familia en Tres Arroyos. Fue unos meses al Colegio Holandés -no siguió porque le costó adaptarse-, luego a la Escuela N°8 y el secundario lo hizo en el Colegio Industrial, la Escuela Media y el ex Colegio Nacional, fue una etapa de rebeldía que lo hizo saltar de institución en institución. 


Pablo hoy tiene 38 años y sabe que a los 24 volvió a nacer


La fatalidad lo sorprendió trabajando, algo que hace desde que tiene 14 años. Comenzó con su tío electricista del que aprendió ese oficio así como la albañilería. El primer trabajo formal fue de cadete en la Farmacia Gonzáles, después hizo de mensajero, se desempeñó en una estación de servicio de la ruta 228 durante cinco años, también en una casa de deportes, hasta que tuvo el accidente. 

Dos años después de aquella experiencia traumática comenzó a trabajar en el Bingo. El derrotero que vivió le enseñó más acerca de la vida y sus dolores que el propio transitar por ella. 

Médicos, enfermeras, ambulancia, tubos, frío, pus, infección, escaras, clavos, tornillos, hospitales. Los fines de semana -durante 2004- trabajó en un restaurante junto a un amigo, como aquel 8 de julio en el que decidió dar una vuelta en la moto que tanto le había costado tener al finalizar su jornada laboral. 

“El auto -que todavía tengo- lo compré con el trabajo de la estación de servicio y, como me encantan las motos me compré una de enduro que estaba fundida y estuve un año armándola, comprando las partes. La había dejado flamante, di un par de vueltas, aunque la disfruté bastante poco. Ese día había mandado a pintar el casco para personalizarlo. Por eso esa madrugada no lo tenía”, relata. 

Pablo estaba de estreno esa noche, se había comprado toda ropa nueva -un jean, un sweater, una camisa- paseó y pasó por algunos lugares donde solía frecuentar con sus amigos y luego partió -no recuerda bien hacia dónde-. Transitó por la calle Chacabuco hasta llegar a Rivadavia frente a la Estación de Servicio. “Había muchos autos estacionados sobre el playón de la estación porque se guardaban ahí, la niebla confundía la visión, los semáforos ya estaban en amarillo, me preparé para cruzar porque creí que no venía nadie”. 

Sin embargo una camioneta transitaba al mismo tiempo que él por la avenida Rivadavia. Chocan, Pablo vuela por encima del vehículo y cae a mitad de la calzada, cerca de la rambla. La pierna izquierda le quedó girada y con fractura de fémur expuesta, el brazo sufrió fractura de cúbito y radio, quedó boca arriba… Los ojos abiertos y convulsionando en el piso, “yo no me acuerdo de nada, pero un amigo que presenció el accidente no se olvida más”, revela. 

La consecuencia de no llevar casco fue una triple fractura craneal y dos coágulos en la cabeza por el impacto. Estuvo siete días en coma en Bahía Blanca, las primeras atenciones se las brindó el Hospital Pirovano para estabilizarlo, algo que logró el doctor Adrián Laborde. 

Mientras tanto la búsqueda de una cama en un centro de mayor complejidad lo llevó -sin que él supiera nada de esto- a la Clínica del doctor Matera donde quedó internado. El accidente fue a las tres de la mañana y cerca de las nueve del día siguiente pudieron trasladarlo, él en la ambulancia y la familia detrás rezando todo el camino para que logre llegar.

La internación 
En Bahía Blanca estuvo internado por 45 días, incluso el de su cumpleaños que es el 30 de agosto. “Me perdí todos los partidos de Huracán que por aquel entonces había ascendido a Primera División y junto a mis amigos lo seguíamos a todas partes. El partido con Boca que fue en Tres Arroyos lo miré por la tele internado en Buenos Aires”, recuerda. 

La prioridad médica fue operar su mano por las arterias que podrían comprometerse y luego una sola operación más para sacar los coágulos de su cabeza. Mientras tanto la familia recibía día a día los partes en los que les decían que podía tener secuelas graves porque no se sabía cómo iba a evolucionar. 

Estuvo en coma farmacológico siete días e inconsciente diez. “Me desperté en una cama que no era la mía y no sabía ni dónde estaba. La primera persona que vi fue a mi abuela, mi mamá justo estaba trabajando en Bariloche y todavía no había llegado”. 

Pablo vivía con sus abuelos y fue muy duro para ellos todo ese proceso que compartieron junto a sus tías y su mamá. También el papá, a quien había conocido cuatro años antes, lo acompañó en esas circunstancias. “Imagino el sufrimiento de la gente que me rodeó esos días de los que no recuerdo nada”. 

Una vez que estuvo bien la siguiente operación que tocaba era en la pierna, pero una neumonía retrasó la intervención. Cuando finalmente la realizaron, le colocaron tornillos por afuera del fémur. 

En ese momento del relato, Pablo saca de una caja y pone sobre la mesa de su casa una bolsa con más de 20 piezas metálicas y varillas gruesas que tuvo por mucho tiempo en su cuerpo. Allí están como testigos de sus padecimientos. 

Al mes de la operación tuvo una infección que tomó el hueso, algo que se produce en el 99% de las fracturas expuestas. En Bahía Blanca comenzó a tratarlo un infectólogo de la misma clínica con diferentes medicamentos, pero la infección no cedió por más de un año. 

Mientras, Pablo siguió con los tornillos a cuestas. Ya era inmune a dos de los cuatro medicamentos que combatían la infección, además se hizo alérgico a otros medicamentos como los protectores gástricos. Se movía en muletas y ambulancia. Una enfermera le sugirió ir a Buenos Aires a otro centro especializado porque la infección no cedía y los médicos en Bahía Blanca mencionaron la posibilidad de cortarle la pierna. “Para mí fue terrible, hacía deportes, jugaba al futbol y con 24 años eso era peor que morirme”, reflexiona. 

Así es que se trasladó al Hospital Naval de Buenos Aires donde lo atendieron 15 especialistas que analizaron el caso y dieron un pronóstico más alentador. Le sacaron los clavos y tornillos, diez meses de medicación estricta y así lograron terminar con la infección. Eso llevó otro año más. “No recuerdo si volví a caminar al año y medio o a los dos años del accidente”, cuenta dejando al desnudo que tanto padecimiento le borroneó ciertos datos.   

Pablo en acción en el gimnasio. “Hago lo que me gusta”, dice en referencia a su trabajo


Rehabilitarse 
La rehabilitación fue difícil porque perdió mucha masa muscular, “querés caminar y no te responde la pierna, el cerebro le comunica a la pierna que se mueva y no pasa, el pie lo llevaba a la rastra porque tenía un nervio casi cortado, el que le da movilidad a los dedos del pie”. 

Recuperó más de un 90% de flexibilidad, le quedó la pierna unos tres centímetros más corta, algo que Pablo sabe le provocará problemas de cadera más adelante. “Me gustan los desafíos y esto fue lo que elegí”, refiere respecto a la vida que vino después de las internaciones y operaciones. 

El entrenador 
Siempre fue al gimnasio y le gustaba mucho aunque no tenía contextura física voluminosa. Había conocido a Guillermo Tata Flores -un entrenador reconocido de personalizado y musculación- y eso era lo único que sabía hasta el momento de decidirse por esa profesión. 

Cuando trabajó en el Bingo le dieron un ascenso y lo enviaron a ocupar un cargo mejor en la ciudad de Zárate. A la vuelta del departamento donde vivía había un gimnasio al que concurrió. Un día vio que dictaban un curso de entrenamiento personalizado y se puso a estudiar. 

Tuvo el primer trabajo en esa actividad que lo entusiasmó muchísimo. Siguió un tiempo más desempeñando tareas en el Bingo hasta que la balanza se inclinó por lo que le gustaba. “Vivo y hago lo que me gusta”, afirma. 

Consejos
“Le digo a todos que usen casco, que hay que respetarse uno y a su familia. Después del accidente he parado a los que no llevan casco para decirles que por favor se lo pongan o que no lo lleven colgado del brazo. Cuesta que la gente lo comprenda, por eso quiero contar mi historia. Siempre agradezco al doctor (Adrián) Laborde que me logró estabilizar, al de arriba que no quiso llevarme y a la fuerza de voluntad que ayuda mucho, algo que es fundamental”. 

Pablo vive intensamente su día, tranquilamente su vida, seguro de la elección profesional que hizo, sensible ante la irresponsabilidad de otros -que como él no ven el peligro de circular sin casco- y al sufrimiento, feliz del encuentro con su hijo, con su padre… 

Pablo entrena su corazón que late fuerte y sobrepuesto. Entrena porque no quiere volver a las sábanas blancas de ningún hospital y porque se abraza fuerte a su hoy y el mañana que lo espera lejos del ventanal con el que soñó en coma. 

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El empuje de la familia y los amigos 
“Me quebré dos veces porque no podía más del dolor, era tener un cuchillo clavado todo el tiempo y al estar acostado tuve una escara en la pelvis que tenían que hacer sangrar para curarla. Eso era llorar todos los días. Imagino y sé el sufrimiento de mi familia al verme y sentirme así”, cuenta Pablo Heim que deja caer esos sentimientos en el living de su casa. 


Cartas de amigos, estampitas, recortes de diarios, todo lo que le fueron mandando sus amigos y familiares mientras estaba internado


Sobre la mesa una caja de “Palette” vacía, su contenido todo desparramado sobre la mesa, cartas escritas con cariño, enfermeras que le daban aliento y enviaban escritos amorosos y motivadores. Más cartas de amigos, un diario que otra amiga escribió en el que relató lo que le iba pasando a ella con lo que le iba ocurriendo a él.

“Un amigo que vivía en Olavarría me escribió que prometió que si me salvaba se pelaba -tenía el pelo larguísimo- y en una carta que envió para mi cumpleaños me mandó una foto y escribió: “Acá tenés la prueba” y se veía él pelado. Mientras estuvo hospitalizado recibió muchas tarjetas, cartas, estampitas, rosarios, “todo me lo colgaban en la cama”. 

Benicio 
Pablo Heim habló durante toda la entrevista de Benicio, contó cómo llegó hasta él y cómo la vida lo puso en ese lugar de búsqueda y encuentro de amor. “Mi nene es maravilloso, si ves una foto mía y de él somos iguales. Fortaleció el vínculo con mi papá -que conoció a los 20 años- con el que tenemos una relación muy linda”. 

La casa de Pablo es hermosa, luminosa, prolija, decorada con muy buen gusto, “Benicio tiene su habitación, acá tiene su lugar”. Pablo habla también del amor de pareja, “tendrá que ser cuando tenga que ser. Hay cosas que pasaron porque tuvieron que ser así. Todo lo que me sucedió hizo un cambio muy grande en mi vida, cambió en todo sentido, tanto afectivo como físico”. 

Por eso no deja de tener en cuenta a todos lo que estuvieron en esos años de tanta soledad, impotencia. “Siempre trato de agradecer a todas las personas que estuvieron, más que nada apoyando a mi familia y a mí”, dice. 

Finalmente reflexiona, “las personas que pasan en tu vida, no todos están para quedarse, pero rescato algo de todo esto que es lo afectivo, el amor de las personas que enriquece siempre el alma”.