Opinión

Por Juan Francisco Risso

Bioética y familia

28|07|19 12:30 hs.

Pocos temas tan recurrentes como el aborto. Siempre habrá alguien que saque el tema en los medios. Y quien habla de aborto, invariablemente habla también de eutanasia. Y quien habla de eutanasia, si hila un poquito fino (lo cual no es común), hablará de esos medios para mantener con vida artificialmente a una persona. Y de la posibilidad de -como quien no quiere la cosa- desenchufarle el aparatito.

Pongamos que un tipo ya casi no respira, que viene desde hace rato con el cebador tirado. Primero oxígeno, después el respirador, y la paciencia de los familiares se va agotando, pues el tiempo pasa y nada sucede. 

Todos están de acuerdo en que al enfermo ya le han otorgado una plaza en el Purgatorio, y que sería una lástima que -por no ocuparla a tiempo- otro se la birlara. De modo que comienzan a averiguar qué pasaría si detienen el respirador, y dejaran al hombre respirar a su libre albedrío, como todos los seres vivos. Si alguien hiciera notar que sin ayuda no podría respirar, el familiar abrirá los brazos y echará la cabeza hacia atrás, como diciendo que eso ya escapa al control de los simples mortales. 

Es un tema con más preguntas que respuestas. Yo le contaré un caso real. Cambiando nombres, por supuesto. Y usted -con su conciencia, con su familia- decidirá si está bien (o no) lo que se hizo, o qué debió hacerse. Allá vamos. 

Había una vez un señor, grande ya, a quien apodaremos “El Pibe”, apodo algo anticuado que conviene a un señor grande, y propietario de una buena fracción de campo. Un hombre acomodado. 

El asunto fue así: El Pibe empezó a olvidarse de las cosas, y -más tarde- entró a decir más pavadas que de costumbre. Su esposa -doña Lita, pongamos- lo llevó al médico. Llámese arterioesclerosis, Alzheimer, o lo que fuese, a El Pibe ya no le subía el agua al tanque. El tordo lo medicó, pero sólo por cortesía, pues le pronosticó un agravamiento progresivo e inevitable, pronóstico que doña Lita escuchó meneando la cabeza con aire fatalista.

A poco de aquello, a El Pibe lo sacaban a la puerta, lo sentaban como quien mira para la calle, si llovía lo entraban (no siempre a tiempo), y todo así: un vegetal.

Se ve que doña Lita todavía lo quería, porque, sin resignarse, lo llevó a otro galeno que le cambió la medicación, y… dio en la tecla. El Pibe se empezó a avivar, empezó a manejar su auto de nuevo, retomó las riendas de su campo, charlaba, hacía chistes. Todo un éxito, el nuevo tratamiento.

Pasó el tiempo, y todo fue como un día sin nubes. Cierto día, un vendedor de autos -amigo de la familia- le hizo una secreta confesión a la nieta de El Pibe. El Pibe acababa de comprar un pequeño y reluciente autito, al parecer un regalo de cumpleaños para ella. Ciertamente, faltaba muy poco para su cumpleaños, y la muchacha -emocionada- refirió la charla a sus padres, quienes participaron a doña Lita de la novedad. 

Finalmente llegó el día, llegó el festejo, llegó el momento de la entrega de los regalos, y en las manos de El Pibe apareció un coqueto estuche que entregó a su nieta. La muchacha lo abrió, suponiendo -como todos suponían- que adentro estaría la llave de un “cero”. Pero en lugar de la llave brilló una hermosa gargantilla. Quedáronse todos de una pieza, la música dejó de sonar, y un viento helado pareció recorrer la sala.

La muchacha agradeció (como pudo) la gargantilla, el festejo se deslució, languideció y finalizó por allí nomás. Ni El Pibe ni los demás entendían qué había pasado.

Por supuesto que doña Lita realizó una sumaria investigación, temiendo que El Pibe hubiese perdido nuevamente la chaveta. Pero el resultado de la investigación arrojó el resultado contrario: El Pibe había mejorado tanto que se había conseguido una novia. Jovencita. Flamante propietaria de un reluciente “cero”, para más datos.

“Ah, no”, dijo doña Lita mirando a sus otros familiares. Tomó el frasco de pastillas, marchó al baño, las arrojó por el inodoro y apretó el botón. Fue un acto simbólico. Definitivo.

Al poco tiempo, El Pibe estaba otra vez sentado en la puerta de su casa, como mirando hacia la calle.

¿Tenían derecho a suprimirle la medicación? ¿O debieron atacar el problema por otro lado? 

 Y pregunto yo (como dicen los curas en el sermón) ¿El Pibe tenía realmente un problema? ¿Acaso el tratamiento no fue todo un éxito? ¿No lo fue? ¿Demonizaron inocentes medicamentos?

Buenas preguntas. Por el momento -queridos amigos- sólo diré que, al fin y al cabo, estas cosas suceden en las mejores familias. Y qué decir de las peores…