Opinión

Por Juan Francisco Risso

Couso, lechero

25|08|19 12:17 hs.

 A esto lo escribí hace más de diez años. Probablemente lo hayamos publicado. Ahora va para mi blog, que es como mi horizonte. Es decir: yo avanzo dos pasos, el blog avanza dos pasos. Y siempre así. Pero sigo con su preparación. Esto es un adelanto para mis lectores, porque calculo que La Parca me va a llevar de puro viejecito y yo voy a estar en veremos. Ahí va. Sin cambios.


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Los dos timbres de Couso me hacían brincar en la silla. Couso llegaba a mi casa tipo once y media, doce menos cuarto, horario en que yo me sentaba a hacer los deberes. La comida estaba poco menos que lista, obviamente. De hecho, escuchaba cómo ponían la mesa, ruidos que potenciaban mi angustia. 

Por alguna razón que desconozco, siempre había que calcar un mapa de Argentina. Lo hacía casi de memoria. Lo más dificultoso era la parte de Chile, con tantas islitas… 

Además, había que terminarlos a tinta china y plumín. Yo ponía ahí el frasquito de tinta, marca Chin Chin o Pelikan, empuñaba el plumín, y cuando lo mojaba en el frasquito de tinta, Couso -el lechero- tocaba sus eternos dos timbres. Eso me recordaba que faltaba muy poco para comer, y que además del mapa tenía catorce cosas por delante,e involuntariamente daba un brinco en la silla. Ahí aceleraba: de las islitas chilenas hacía sólo algo parecido a Chiloé, y las Malvinas -cuando las hacía- eran como dos papitas, hechas bien al voleo. Todo mal. Y eso era así de lunes a viernes. Jamás pude arrancar media hora más temprano. Quizá Couso, con sus dos timbres, me salvó de una debacle completa. 

De modo que mi relación con el colegio primario era una cuestión de mala conciencia, de estar siempre debiendo algo, y así por siete largos años. 

En mi descargo, debo decir que la escuela me resultaba un poquitín aburrida. Vean ustedes este episodio. 

La señora Marta -Marta Barutta- era la más alta, la más linda y la más elegante de la Escuela Nº 1. En su estilo tan femenino, un día nos dictó una muy sentida página titulada “Amor filial”. Pueden imaginarla. 

Cuando finalizó, nos indicó que hiciéramos una ilustración alusiva. Yo había copiado maquinalmente, sin darle importancia alguna. Intuía que se trataba de algo relacionado con la familia, con el amor familiar, pero fue terminar el dictado y cerrar yo el cuaderno casi con impaciencia. 

Ya en mi casa, recordé el asuntito ese del dictado, y -a falta de otra diversión mejor- acometí la ilustración. Era algo relacionado con la familia, eso lo recordaba. Tras morder el extremo del lápiz unos instantes me vino a la mente una escena muy de moda entre los historietistas de la época: el viejo que llegaba de parranda, bastante en copas, y la vieja que lo esperaba pacientemente, empuñando el palo de amasar. Delicias de la vida conyugal. Se estilaba que la vieja fuese más alta y corpulenta que el viejo, como si el devenir de la vida matrimonial agrandase a uno y achicase al otro. 

De modo que, bajo las hermosas palabras de la señora Marta, plasmé esa escena, donde el viejo escapaba con la botella vacía en la mano, y la vieja -en camisón- lo corría por detrás, palote en mano, por el living de la casa. 

Tras una semana, la señora Marta pidió los cuadernos para corregir. El mío fue a la pila, sobre su escritorio. 

No recuerdo qué hacíamos nosotros mientras ella corregía. Pero recuerdo que en un momento gritó la palabra “Risso” de un modo que no me gustó. Cuando comparecí junto a su escritorio, me puso mi ilustración bajo las narices, y me espetó la siguiente frase: “¿Qué significan estos muñecos todos de costado?”. Olvidé decir que, por ser niño, aún no dominaba la perspectiva, y por tanto dibujaba a la manera de los egipcios. Aún persiguiéndose, el viejo y la vieja aparecían de frente, la vieja con camisón y palote, y el viejo de traje y con una botella en la mano. No supe cómo contestar a su pregunta, pero ella ya estaba poniendo el cuaderno en mis manos, diciéndome: “¡Vaya y borre esto ya mismo!”. Lo borré, claro, con una mezcla de contrición y risa. Los compañeros más cercanos me pedían que demorara el borrado, para apreciar mi obra, que fue festejada. 

A decir verdad, con la señora Marta siempre nos llevamos bien. Sólo recuerdo un par de encontronazos. El primero, cuando le proponía a Alejandrucho Cano que repitiera rápidamente “lápiz japonés”, sin advertir que la señora Marta estaba justo detrás de mí. Y nada peor para una señora elegante que escuchar esas chuscadas de cuarta categoría. “¡Risso, no sea infantil!”, me retó furiosa. 

El segundo tuvo lugar mientras un compañero leía algo sobre la aventura de Charles Lindbergh. Me pareció que debía yo mostrar que asimilaba y evaluaba el relato. De modo que puse en mi rostro el gesto adecuado, y elevé los ojos al cielorraso, afectando atención.

“¡Risso, deje de hacerse el tonto!”, me retó la señora Marta, que interpretó que jugaba a ponerme bizco, o algo así. 

Sin embargo, al finalizar el ciclo lectivo, ella estampó en mi boletín, con su hermosa letra, esta frase: “Sigue así y triunfarás”. 

Tenía pocas dotes adivinatorias, y como pitonisa se hubiese muerto de hambre. 

Pero yo tengo mi propia teoría. Couso, el lechero, se jubiló. Y yo nunca más escuché sus dos timbres. Quizá, si en muchos momentos de mi vida hubiesen sonado los dos timbres de Couso, otra hubiese sido la historia. Pero se jubiló, dejé de escuchar sus dos timbres, hube de convertirme en adulto sin él, y aquí estoy.  

Por Juan Francisco Risso