Opinión

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La historia reciente

29|09|19 11:21 hs.

Por Juan Francisco Risso


Escrita el 1° de febrero de 2012. Publicada en La Voz del Pueblo por esa misma fecha. Y por alguna razón extrañaba a doña Bianca Giusti. Tan pintoresca… 

En aquellos años Lavagna se la agarraba con Cristina, y yo con Lavagna. Creo que Cristina ni se habrá inmutado, ni Lavagna se habrá siquiera enterado de mi nota. Se llamaba “intrascendencias”, título bastante obvio. 

Hoy Lavagna me parece… ¿sabe qué? bondadoso. Un viejo amable, bondadoso y medido. Tras algunas meditaciones descubrí el origen de mi cambio. Hoy don Roberto juega en la “B” con Espert. Y ahí está la cosa: si ponemos al bacilo de Koch junto a Espert, el bacilo de Koch parece bueno. En un ballotage, voto por el bacilo. Tengo más defensas. Los defensores de Espert me dirán que ni con el mejor microscopio se le ve la carita al bacilo de Koch. Y que quizá el bacilo tenga más cara de fierecilla que Espert. O que el bacilo dice barbaridades, pero que habla muy bajito. Puede ser.

Pero la “B” es la “B”, y todos estamos con las antenas en Primera “A”. Ahí va la nota sin cambios. 

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“…un político riguroso, serio y que no anda buscando títulos escandalosos…” (Alfredo Leuco, en referencia a Roberto Lavagna, viernes 1º de febrero, hora 16:25 aprox.; radio Continental).

Tras décadas de vivir en Argentina, doña Bianca Giusti aún hablaba en italiano. Lo mezclaba con un quince por ciento de palabras castellanas, no más que eso. Los gestos y los ademanes hacían el resto, y doña Bianca siempre supo hacerse entender. Por cierto, era expresiva: por momentos abría los ojos bien grandes, remarcando un párrafo, por momentos abría los brazos, significando lo obvio. Italiana de pura cepa. 

He averiguado que los japoneses no adoran el trabajo de tintorero. Que, fuera de Japón, simplemente eligen una actividad donde no deban hablar demasiado. El negocio de tintorería cumple el requisito, pues la mancha sale o no sale, y allí quedan las tratativas con el cliente. 

Tengo razones para creer que doña Bianca Giusti siempre fue ama de casa, y que sus exigencias idiomáticas eran aún más reducidas que las de un japonés tintorero. Para reprender y acusar a un verdulero por la mala calidad o el alto precio no necesitaba mayores conocimientos de retórica. También encuadraba doña Bianca en aquello que aquí llamamos “ser mal llevada”, de modo que bien puedo imaginarla señalando la hortaliza en mal estado con ademán indignado. Tan propio de un italiano, por lo demás. Ellos se indignan e increpan con gran facilidad. Tampoco necesitaba demasiada retórica para decir unas palabras al depositar la fuente con la pasta sobre la mesa. Y sus familiares le entendían, o no le prestaban atención. Suele suceder en el seno de una familia. Suelo captarlo. 

Tras escribir su nombre, doña Bianca agregaba “V.C.” Al preguntarle yo qué significaba ese par de letras adicional, abrió los brazos, dando a entender que era algo obvio: “viuda Ciampi”. Pronunciaba “Champi”, no asesinaba el hermoso idioma del Dante. Por cierto, todos sabíamos que doña Bianca Giusti, nacida en Provincia de Luca, Partido di Firenze, era viuda de Ciampi. Especialmente sus hijos, que llevaban ese apellido. 

Supongo que su nieto Fernando -alias Fideo, mi amigo- habría ido al baño; dejándome a merced de doña Bianca Giusti, quien tomándome por interlocutor válido comenzó un encendido monólogo contra algo.

La baja proporción de palabras castellanas, su acento itálico y su indignación conspiraban contra mi entendimiento, y no acertaba a individualizar la razón de su enojo. Por momentos ella negaba enfáticamente.

Tras unos ocho o diez minutos -Fideo no se decidía a regresar- entendí que se trataba de algo relacionado con Cristóbal Colón. Luego capté una referencia a Génova. Finalmente comprendí: personas malignas y mentirosas (sin duda de nacionalidad española) afirmaban ahora que Colón había sido español. Pero ella bien sabía que no era así: Colón era genovés. Italiano. 

Tras entender, pude confirmarle que Colón era italiano, de Génova, y el temperamento de doña Bianca amainó. Para cuando Fideo regresó, yo ya había logrado salir de la situación por mis propios medios. No le guardé rencor a Fideo, pues doña Bianca Giusti -viuda Ciampi- me caía bien. 

De más está decir que, a mis quince años, la disputa por la nacionalidad de Colón me traía sin cuidado. Doña Bianca podía afirmar eso o lo contrario, tanto me daba. 

Esa misma sensación -de ser ajeno a lo que se dice- la experimenté días pasados al leer las declaraciones del duhaldista-menemista Roberto Lavagna. 

A la manera de aquellos españoles que provocaban el enojo de doña Bianca Giusti, Lavagna afirma ahora que en las últimas elecciones presidenciales existieron “…niveles de fraude que han sido altísimos”. A esta altura, algo tan importante como la nacionalidad de Cristóbal Colón o el sexo de los ángeles. 

De haber podido, le habría reconocido -también a él, como a doña Bianca- que hubo un terrible fraude, porque bien poco me habría costado conformarlo a don Roberto. 

Y le habría agregado que Cristina, acompañada por Abal Medina, tocaba timbre en viviendas aledañas a la quinta de Olivos, para retornar corriendo a la misma, espiando desde sus portales cómo el vecino miraba hacia ambos lados. Habría sido mi contribución a su campaña. 

Menos piadoso, Aníbal Fernández le trató de “pavote”. 

En fin, habrá que asumir que un ex ministro de la Nación pueda afirmar con soltura que en las elecciones presidenciales ganadas por Cristina haya existido un gran fraude, como si dijera que se le casa un sobrino. Curioso ¿no? Y que la repercusión más sonora consista en ser tratado de pavote. Es lo que va de ayer a hoy. Pero hay más.

La fundación de la Real Academia trajo consigo a una caterva de individuos que afirman conocer sus dictámenes al dedillo. Tras decir cualquier barrabasada, afirman muy sueltos de cuerpo que la Real Academia lo permite así. “Está aceptado”, afirman con desafiante seguridad. Todos les conocemos. Yo los tengo por individuos desagradables, aunque para otros, probablemente, no sea tan grave. Poco a poco se van extinguiendo. 

Como fuese, jamás se me habría ocurrido incluir al atildado y preparadísimo Dr. Lavagna en esa categoría, claro que no. Sin embargo, la página 17 de la edición del 18 de enero de este diario me genera inquietud. 

Quizá Lavagna siga creyendo que para conocer las definiciones de la Real Academia hay que poseer su diccionario, dos tomos marroncitos, pequeños. Y quizá especula con que nadie gasta su dinero en eso. No lo sé. Lo cierto es que –hoy- basta con poner RAE en el buscador de internet, para que aparezca la página web de la Academia, incluidos un par de diccionarios. 

El caso es que, con fervor anticristinista, Lavagna dijo que esas cifras electorales abultadas -producto del antedicho fraude- “…sirven para armar un escenario con un cierto relato”. Y en procura de desasnarnos y despabilarnos agrega: “La Academia Española define al relato como un cuento ajeno de la realidad, incluso es un embuste. Eso es un relato”. 

Estuve a punto de agradecerle el concepto. Siempre es un gusto atender a un hombre serio y bien vestido. Leuco habría dicho lo mismo. Y me gustan las cosas de la lengua. 

Pero de pequeñín, en lugar del fútbol yo leía el diccionario. Estoy familiarizado. Ni me cerraba la definición de relato, ni me cerraba que el diccionario de Lavagna se detuviese tanto en explicaciones. Sólo faltaba que ese diccionario de la Real Academia tuviese palabras desfavorables a Cristina. Y entonces demoré mi agradecimiento, hasta ver algo más. 

Lo que ahora sé es que la palabra relato, según la Real Academia, tiene dos acepciones. La primera: “Conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho”. La segunda: “Narración, cuento”. Y “cuento” recién en su quinta acepción significa embuste. 

Como un caballito de ajedrez, Lavagna entonces salta -olvida, soslaya, esquiva- nada menos que la primera acepción de relato, y aterriza disimuladamente en la segunda. Olvidemos la primera, entonces, para seguir el pensamiento de don Roberto. Y ahora posicionado en “cuento” salta cuatro (4) acepciones para llegar a embuste, en quinto lugar. Detalles que su enseñanza nos ahorró. 

Para leerlo por leerlo no hace falta nada. Lentes, si fuesen necesarios. Pero para entender a don Roberto en rigor hace falta un mapa de la búsqueda del tesoro. Porque, para mí, relato es -ante todo- “conocimiento detallado de un hecho”. Muy distinto al “cuento ajeno a la realidad” de don Roberto. Instrucciones: recuerde que Lavagna no quiere a Cristina, busque siempre la acepción desfavorable. Segundo: si tiene otro profesor de lengua, no vacile en elegirlo.

Mientras veía a Lavagna enredado en sus propias explicaciones, yo pensaba en “relato”, palabra escogida por todo el arco opositor (periodistas incluidos) para desprestigiar a Cristina. Pensaba: es la primera vez que alguien inventa un juego, pone las reglas y… pierde. Se enreda él mismo en su red. Pensé que bastaba con haber dejado la palabra “relato” ahí, solita, y todos habríamos entendido. Porque en comunicación las palabras suelen sobrar, y la idea estaba. 

Pero a Lavagna le pareció poco, y quiso explicarle al común de la gente el noble idioma cervantino. Gracias, doctor Lavagna. Puede usted estar satisfecho de su noble tarea. De hecho, usted siempre está explicando. Pero se dice que un colaborador suyo, mientras leía el diario, murmuraba: “Otra explicación como esta, y estamos perdidos”. Y que meneaba la cabeza. 

Pero somos el pueblo, y absorbemos todo: desde el rodrigazo hasta un genocidio. Un maestro ciruela casi ni nos molesta. Es simpático. Y nada tan argentino como una dosis de macaneo. A mí, por ejemplo, me llevó a informarme seriamente. 

Es verdad: me caía mejor doña Bianca. Pero ella falleció de puro viejecita, y ahora me entretengo con don Roberto, con sus tremendas revelaciones y con sus enseñanzas del idioma. Maestro: buenas elecciones. De corazón. Y si le afanan votos, me los deschava enseguida. Pero enseguida. No se quede juntando orines, porque después lo toman a la chacota.