Termino la ronda y vuelvo para la redacción. Faltan unos minutos para el mediodía, en cualquier mome

Opinión

Cuento de Valentina Pereyra

Suena el teléfono

06|10|19 13:48 hs.

En diciembre siempre hay más trabajo. Los anunciantes se desesperan por publicitar los productos en los suplementos de Año Nuevo. La Voz del Pueblo es un diario centenario y aunque la tecnología ocupa ahora un lugar importante, la dinámica, organización y logística se conservan. Trabajo acá desde los 14 años, me llamo Francisco Rivas, pero nadie me dice por mi nombre, todos usan mi apellido. Así fue de entrada, nunca tuve un jefe de redacción que me tuteara, tampoco a mis compañeros, todos éramos señor y usted, por eso yo fui Rivas. 


Los muchachos de la redacción a fin de año están más irritables y, no es para menos. La puerta de ingreso parece vaivén, entra un abogado que vino a buscar el último edicto antes de la feria, sale un canillita que deja la recaudación y devuelve el sobrante, entra el fotógrafo con las imágenes de la final entre Costa Sud y Huracán en cancha del Globo, sale una señora que trajo una carta de lectores para publicar. Mientras espero mi momento. 

Voy y vengo, junto las últimas chapas impresas en offset de la edición de ayer que quedaron en el piso y las ubico en el galpón principal al lado de los enormes rollos de papel. Las máquinas impresoras son viejitas, la más nueva se fabricó en 1965, el año que nació mi hijo Martín. 

Ese día estaba en el sanatorio Policlínico con mi bebé cuando recibí un llamado del jefe de taller. Desde los altoparlantes una señorita muy amable repetía: “Señor Rivas teléfono. Señor Rivas habitación 31, teléfono”. Así que bajé por las escaleras que separan la maternidad del resto de la clínica y tomé la llamada. Enseguida reconocí del otro lado a Guevara, mi compañero y jefe. “Venite enseguida, se trabó un engranaje y solo no puedo”. Me despedí a las corridas y fui para el diario a solucionar el problema. Esa noche imprimimos a las cuatro y media de la mañana porque no había forma de ensamblar y alinear los ejes de los rodillos que cargan la tinta. 

María Ester nunca me perdonó que la dejara recién parida. Pasó sola su primer día de maternidad, nuestro hijo no paró de llorar, no quería agarrar la teta, ni quedarse en la cuna y yo en la sala de máquinas de La Voz del Pueblo. Durante toda esa noche le pidió una y otra vez a la empleada administrativa del sanatorio que la comunique conmigo, pero nunca escuchamos sonar los teléfonos que estaban en la redacción, lejos del galpón en el que trabajábamos. María Ester nunca me perdonó. 

Hoy es el cumpleaños de nuestro hijo, la fecha que recuerda el día que la dejé para arreglar las impresoras. Ella nunca me lo perdonó. 

Paso de una oficina a otra, reviso todos los escritorios y constato que los teléfonos funcionen bien. Josesito está a cargo de la página web, su escritorio es el primero que aparece ni bien se cruza la puerta de ingreso. Me paro cerca de él, pero no me registra, está demasiado ocupado y no quiere que nadie lo jorobe, quiere terminar e irse a su casa temprano. Los de administración están con los pelos de punta porque hay demasiados avisos de Año Nuevo y las páginas no se definen todavía. Paso entre sus escritorios sin interrumpirlos, nadie levanta la cabeza de sus computadoras. 

Vuelvo a revisar que funcionen los teléfonos que están sobre los escritorios de la redacción. Josesito se estremece, sacude el cuerpo como si se quitara polvo, gira la cabeza hacia sus compañeras y les dice: “¿Sintieron eso?”. Unos minutos después responde Delia, que trabaja en el diario hace 25 años: “¿Qué decís?”.

“Sentí una corriente fría, como un viento por la espalda. ¿Dejaron alguna puerta abierta?”, insiste el joven recién egresado de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de La Plata. Esta vez no hay respuesta. 

Por las dudas voy hasta el fondo y compruebo que todos los ingresos estén cerrados, incluido el portón que da al patio por donde entra un chiflete cálido. Termino la ronda y vuelvo para la redacción. Faltan unos minutos para el mediodía, en cualquier momento llama. 

Soy inquieto por naturaleza, no me voy a quedar acá apoyado en el marco de la puerta sin hacer nada. De pronto recuerdo que no controlé el teléfono del archivo, no me quiero mandar solo, pero el chico de la web está demasiado concentrado así que le aviso y me meto. Cruzo el pasillo largo hasta que llego a ese lugar increíble en el que se guardan todos los ejemplares desde el año 1902 hasta la fecha. El olor fuerte a papel viejo, a tinta nueva y fresca me renuevan las energías. Camino entre las estanterías, no encuentro el teléfono, seguro alguien lo sacó y no me avisó. Miro de nuevo el reloj, ya son las doce y diez, dejo la nostalgia atrás y salgo hacia la entrada, paso entre los escritorios vacíos de los periodistas que no llegan hasta las cinco de la tarde. Me paro un rato detrás de Josesito para mirar qué sube a la web, veo que se estremece, pero no se da vuelta. 

Doce y quince minutos exactamente, como todos los 31 de diciembre los teléfonos de la redacción, del taller, de la administración, la dirección, de la oficina del jefe de redacción empiezan a sonar sin parar al mismo tiempo. 

“Hola”, atiende Josesito. “María Ester, cómo le va, ¿se acuerda de mí? Hablamos el año pasado. Rivas no está”, dice y cuelga. No se percata que estoy parado cerca de él. 

Dos minutos después vuelven a sonar todos los teléfonos al unísono. Esta vez atiende Manuel que ya terminó de acomodar las publicidades sobre su mesa de trabajo y se prepara para diagramarlas. “Hola, ¿Quién habla? ¡María Ester! ¿Cómo está? No, Rivas no está”, lo escucho decir una y otra vez. Delia desde su escritorio avisa “¡Empezó el baile de fin de año!”. Dos minutos y medio después otra llamada, gritan todos los teléfonos, pero esta vez no atienden, los dejan sonar. Me pongo nervioso porque ella va a estar impaciente. Después de un rato, ‘Susana, la más joven de las secretarias toma el auricular. “Hola, ¿María Ester? Ya le dijimos que no está, ¿Qué le digo? ¿Qué se apure? ¿Qué el niño llora?”, cuelga y suelta un grito “¡Ay Rivas, volvé por Dios!”. 

Tres minutos más tarde el ruido ensordecedor del ring, ring no deja de golpear los oídos de los empleados del diario. “María Ester, ¿Qué necesita?, pregunta Josesito. “No está Rivas, pero le doy su recado” 

Sigo apoyado inmóvil contra la puerta. 

Ya son las cinco de la tarde, están por llegar los demás periodistas y el teléfono suena por última vez. Este año lo hizo cada dos minutos y medio o tres, María Ester preguntó por mí, exigió que vuelva al sanatorio… “El niño tiene hambre, no quiere dormir”. No paró de pedir que me llamen, que me digan que me está buscando. 

Ella nunca me lo perdonó. 

Por un rato los aparatos enmudecen: “Si llama de nuevo hay que decirle la verdad o nos va a enloquecer a todos”, vocifera Juan que acaba de llegar y ya atendió seis veces.

Sé que se viene el final, lo percibo. 

“¿Les pasó como a mí?, reitera Josesito y vuelve la mirada inquisitiva hacia sus compañeros de la administración. “Me volvió a correr frío por la espalda”. 

Es de día y de pronto el cielo se cubre de nubes y anuncia una tormenta de verano de ésas que vuelven todo negro de un momento a otro. Algunos rayos de luz se cuelan igualmente por las vidriadas paredes del diario, líneas caprichosas que me dan forma. No me pienso mover de la puerta, me van a tener que sacar si no me quieren cerca.

Las cinco y cinco y no llegó nadie todavía, la oscuridad entró al diario y, el frío intenso del aire acondicionado se vuelve todavía más helado. Cinco y cuarto y los timbres de los teléfonos braman de nuevo. 

¿Qué pasa que tardan tanto en atender? Se va a poner nerviosa. Me inclino hacia Josesito y le hago un gesto con la mano, ¡Atende de una vez!”. Suena, suena, suena, ring, ring, ring, diez veces, cien veces, mil veces. 

De pronto se descuelga un trueno feroz, le sigue el repiqueteo ruin de la piedra que cae sobre el techo del diario. Cinco y media, ring ring, clash,clash, rum,rum, brum brum, la orquesta de rayos, relámpagos, lluvia, piedra y teléfonos, todos al mismo tiempo. Me inquieto. De pronto Josesito toma el tubo del aparato negro que tiene al lado de la computadora, lo levanta y a los gritos dice una y otra vez: “Rivas no está María Ester, Rivas no está”. La oscuridad es tal que aunque estoy a dos metros sólo veo su sombra. La lluvia se estrella en el techo de chapa del diario y eso dificultad que escuche bien la conversación. 

María Ester no se va a rendir. El joven periodista se para, me enfrenta y enfurecido, pero tranquilo repite pausadamente “MARÍA ESTER, RI-VAS NO ESTÁ, RI-VAS NO ESTÁ, MARÍA ESTER RI-VAS SE MA-TÓ HACE QUINCE AÑOS”.

Nunca me lo va a perdonar. 

Por Valentina Pereyra