La Ciudad

El adiós a Mirta Rey

Talento, referencia y estilo

13|11|19 00:22 hs.


¡Mi amor! ¿Dónde lo conseguiste..? La pregunta tronó como un cañonazo, hace años, en la colmada sala central de la Biblioteca Pública Sarmiento. 

La destinataria, sorprendida en medio de la exposición de arte allí exhibida, atinó a responder, casi como con culpa… ¿qué? ¡El color, mi vida! ¡El color! ¿Dónde conseguiste ese color de rouge…? Y sí, el color era, sin vueltas, impactante, desprejuiciado, personalísimo… Mirta Rey lo descubrió al instante. Se veía singular entre todos los demás labiales e incluso entre los demás colores del recinto: impecable, límpido, firme… como ella. Como la pintora en su inmaculado atuendo amarillo, su moño al tono en la cabeza, sus ojos negros, profundos, llenos de optimismo, sinceridad y alegría. 

Así era. Así continuó siendo, entre esta y otras mil anécdotas, hasta los últimos momentos en que se la vio por las calles de este Tres Arroyos al que le aportó su impronta de ángeles y palomas, de jarrones y pátinas que, como nadie, creaba libremente en su taller de la primera cuadra de la calle Pringles. 

Allí, en muchos casos, de la mano de las actividades de su esposo Angelo Cofone, con quien desde muy joven comenzó a compartir el camino de una vida que le dio a sus hijos Juan, Sebastián, José Manuel y María Agustina. Y tantas otras cosas. 

Tempranamente se inició en las artes plásticas, con el eterno profesor José Rodrigo, incursionando luego en la decoración, disciplina a la que también le impuso su inconfundible belleza, pasión y la imprescindible cuota de trabajo duro. 

Mirta Rey fue una artista fuera de lo común, una mujer que por propios y extraños, por el común de la gente y también por sus colegas, resultó querida y admirada. 

Su visión optimista de las cosas, su alegría, sus palabras siempre amenas, su predisposición al elogio más sincero o al consejo más certero fueron seguramente los motores que le permitieron generar un mundo tan real como fantástico en el que convivían, se alternaban y complementaban las personas, los objetos y los sueños. 

Siempre lista para compartir, cuando era necesario, algún secreto de la alquimia en la que se basamentaba su accionar creativo. Fue un talento, una referencia. Y un estilo. 

Partió tras haber sobrellevado los avatares de una cruel enfermedad, cuando tenía 69 años. Se marchó cuando la lluvia despojaba a un nuevo lunes de la luminosidad de sus colores. 

Quizá fue necesario que ese gris de ausencia acompañara la partida de la mujer polifacética que reiteradamente conoció el aplauso, que cosechó amigos, que generosamente se brindó a la actividad coral y a la lírica con su agradable voz y que en 2015 fue reconocida como Mujer Destacada de la Provincia de Buenos Aires por el Senado bonaerense. 

Entre otras tantas cosas que podrían decirse, Mirta Luján fue reina de sus realizaciones, de sus utopías, del eterno desafío que nos lleva a aprender el arte de sobrellevar la vida.  

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