Opinión

.

Confesiones

24|11|19 12:04 hs.

Por Juan Francisco Risso


En aquella cena el sacerdote tuvo la mala fortuna de sentarse a mi lado. De joven era yo aún más díscolo que ahora, pero en el transcurso de la charla el sacerdote siempre sacaba de la manga una salida humorística, que permitía sobrellevar la cena hasta los postres y aún hasta el brindis final. Entre bocado y bocado me contestaba algo oportuno. Creo que también él lo disfrutaba. Lo adjudico a las pavadas que escucharía a diario en ejercicio de su ministerio. 

Afectando una mirada -llamémosle- científica, de entrada le hice ver que ningún varón joven podía retener sus fluidos seminales más de treinta días. No lo decía yo, lo había leído en algún artículo médico. Y le habré recordado que los pastores de otras religiones eran hombres casados y con familia. De hecho, eso le exigía una respuesta, que él debía dar bajo la mirada expectante de los invitados más cercanos, que le miraban en silencio. 

Como predicador avezado, avanzando sinuosamente y usando palabras medidas, recaló en la llamada “polución nocturna”; solución que lo alejaba tanto de las mujeres como del vicio solitario. Que también es pecado. Punto para mí; a nadie le cerraba el método, obviamente, cuando según la pirámide poblacional la mitad de nuestros congéneres son mujeres. Poco creíble, digamos. Nadie tuvo el mal gusto de pedir detalles. Si alguien no entendió, intuyó que debía callar. 

Precisamente, el caso era que el reverendo aún era joven, bien parecido, con agradable conversación, y se rumoreaba de él esto y aquello. Tarde habría de confirmar que en materia amatoria este sacerdote me dejaba chiquito. Pero chiquito. En posteriores visitas a esta ciudad el padre era la comidilla de los remiseros. El itinerario del padre era un secreto... a voces en la agencia. Pero volvamos a la cena. 

En otro momento -sin duda aún en el primer plato, tal mi agresividad con el clero- también le exigí que explicara aquello de aconsejar matrimonios, siendo ellos célibes, y supuestamente sujetos a la polución nocturna, según propia confesión. Mala plataforma para dar consejos. Y otra vez se me fue por la tangente con esta frase, dicha con el acento de España: “¿Tú no sabes que el sacerdote vive mil vidas?”. Le pregunté entonces si se refería a la confesión de los feligreses y asintió, tragando un bocado. 

Mi contraataque consistió en preguntarle si sacaban un promedio. Pregunta levemente vejatoria, claro. Por su parte, esquivó el golpe y llevó la conversación a otro terreno, con bastante gracia, recuerdo, sesgando el rumbo de la charla. Un sacerdote -narró- recitaba los diez mandamientos desde el púlpito. La grey lo seguía con unción, mirando y escuchando todo. Cuando llegó a “no fornicar” se detuvo un instante, y en ese lapsus pensó: “Ya sé dónde olvidé el paraguas”. 

Touché, me dije. Este sujeto sí que sabe llevar una conversación. Reímos todos los que escuchamos el desenlace. Ahí solté mi presa, y todos comimos y bebimos como buenos hermanos. 

Quienes practicamos el arte de leer también tenemos frases pretenciosas. Como esta: “Quien no lee vive una sola vida. Quien lee, vive mil vidas”. Una mentira con mucho de verdad. Hace un tiempo -recordarán- demostré que sabía hacer soltar su presa a un perro. Y admití haberlo aprendido en un libro, y no en el monte cazando con dogos. El libro era un famosísimo best seller -El País de las Sombras Largas- que narra la vida en el Artico. Eso era mencionado al pasar, cuando los perros de la traílla se acometían. 

He cazado perdiz con perro, tengo libros de perros, pero de caza menor. Libros de razas, de crianza, de adiestramiento. En ninguno vi esa técnica. Pero ahora recuerdo haber abierto uno, que aún estará en mi biblioteca. Un libro pequeño, dividido en capítulos. Y cada capítulo venía precedido de una frase que lo inspiraba. Frase que escogía el autor de algún lado, y que consideraba adecuada al caso. 

Arriba del texto, y con otra tipografía, el primer capítulo era precedido por esto: “Es más difícil reemplazar un buen perro que una buena amante - Pitigrilli”. Y luego se desarrollaba el capítulo. Pareciera que la cinofilia fuese una actividad de varones. Y no es exactamente así. 

En segundo lugar, es una generalización ¿qué es un buen perro? Ahora mismo tengo un buen perro, cuyas virtudes -raras- son las siguientes: no revuelve el tarro de basura ni se sube a los sillones. Pero es como decir que una buena amante es aquella que no anda haciendo llamaditas misteriosas a la legítima esposa. Se hable de perros o amantes, todo queda en el tintero. Son mundos, en la galaxia de la vida. 

Pitigrilli –Dino Segré- fue un escritor y periodista italiano, nacido a fines del 1800 y fallecido en 1975. Anduvo por Argentina en la primera presidencia de Perón (escribía en La Razón, creo). Los entendidos lo han denostado por su liviandad. Yo diría que era un provocador. A la hora de sacar conclusiones, Pitigrilli y el cura de las mil vidas eran lo mismo. Quizá ambos se la creyeran ellos mismos, no lo sé. 

-Es cosa mía: siempre pienso que aquellos sacerdotes muy inteligentes simplemente actúan de sacerdotes. No puedo evitar pensarlo-. 

Estos cotilleos de alcoba bien pueden escapar del ámbito de peluquería para trascender a la mismísima política internacional, y, a la larga, a la historia. Desde la becaria de Bill Clinton hasta Catalina La Grande. No tanto la becaria como Catalina. Comenzó dando un golpe de estado palaciego a su propio esposo, Pedro III; que al parecer no respondía al pedigree, y era hombre timorato por excelencia. Catalina reinó en la segunda mitad de los años 1700, y falleció casi llegando al 1800. Diría que joven aún. 

Como gobernante transformó Rusia, nada menos. Pero quien habla de Catalina La Grande inevitablemente recala en su vida sexual. Las exageraciones llegan al punto de vincular su fallecimiento con un acto de zoofilia. Así son las exageraciones. En medida más moderada, otra cortesana era su “catadora de amantes”, trabajo que muchos y muchas querrían tener. Querríamos tener, si se puede cambiar la conjugación del verbo. Cuando el poder se ha consolidado, la vida en la corte puede ser atractiva. 

De hecho, la zarina se había hecho lo que aquí llamaríamos “bulo”, al cual se accedía por escalera, quizá buscando alguna privacidad. Así dice mi libro Las Infieles, de María Isabel Sánchez, prologado por Gabriel Rolón. Por ese bulo desfilaba la flor y la nata de Rusia. Y todo iba rápido. De hecho, cierto día se cruzaron en la escalera el príncipe Potemkin (que habría de reemplazar al Conde Grigori Orlov) y el mismísimo Orlov. Embarazosa situación. Potemkin: “¿Qué tal conde? ¿Qué novedades hay en palacio?”. Orlov, irónicamente: “Nada, príncipe, lo que veis: yo bajo y vos subís”. 

El caso es que la autora menciona seis o siete amantes destacados, de la legión de Catalina. Ya se sabe que cuando nombres y apellidos rusos se trasladan al español, hay pequeñitas diferencias, como si dijéramos Gorbachev o Gorbachov. Detalles. 

Y bien: uno de esos seis o siete amantes se llamaba igual que un contacto mío en la red. Entre tanos y gallegos el apellido ruso sin duda resalta como un cartel de neón. Y la sinapsis de mis neuronas funciona a mil cuando se trata de cosas raras. De modo que me dirigí a él en forma privada, y confirmó mis sospechas. Su abuelo, recuerda, se carteaba con algunos Romanoff. 

Me vi en la obligación de decirle que su antepasado –del cual lleva nombre y apellido- era un hombre de moral disoluta. Pero que en el rubro “vida disoluta” nos había ganado a todos. Catalina La Grande. Está todo dicho. Llegó al bulo, estuvo y fue reemplazado. Así funcionaba. 

Ha llegado el momento de cerrar la nota y enviarla a las rotativas. La releo y siento que me sobrevuela el fantasma de la Tía Valentina, aquella señora que enseñó el arte del chismorreo en la televisión en blanco y negro. No se volverá a repetir.