Opinión

EDITORIAL

El riesgo del desaliento

29|12|19 17:28 hs.

El riesgo es el de la desilusión colectiva, el del contagio de un virus engañoso que habita en las conversaciones cotidianas, en ciertos programas televisivos, en canales de noticias, en la prensa escrita, en las redes sociales, en los videos que circulan en nuestros aparatos Smart. El mal es el olvido, que es una forma de la memoria, que nos sirve para sacar el dolor del medio y seguir. Pero no solo para eso. La buena memoria no recuerda solo lo malo, debería también recordar lo bueno, porque la vida social, al igual que la personal está cocida y amalgamada con matices. Y la existencia es matiz, una conversación intensa entre la ventura y la desventura. No es extremo, que es lo excepcional. 


Es importante recordar que la Argentina no estuvo ni está condenada al fracaso. Es un país que puede exhibir históricamente victorias comunes y no sólo galardones individuales, que son importantes, pero que no definen por sí solos la performance colectiva de una Nación. 

Nuestro país tiene uno de los sistemas educativos más inclusivos y abiertos del mundo. Y eso se forjó en el siglo XIX (ley de Educación Común), en el XX (Reforma Universitaria) y en el nuestro (Ley de Educación y la obligatoriedad de la educación secundaria). Leyes sociales, de paridad de género y de derechos de tercera generación dentro de las más modernas del mundo; una tradición en materia de derechos humanos modelo en el planeta; al igual que un sistema de salud, también abierto e inclusivo. Cimientos construidos por distintas generaciones, que con su diversidad ideológica, respetaron y honraron los principios del Preámbulo de nuestra Constitución, abierto al mundo y a la diversidad humana en todas sus formas de expresión. 

El poder de cambio de una idea o proceso histórico, así como su veracidad, se valora por quienes gozan de sus beneficios


En materia económica nuestro país tuvo altibajos, ciclos de auge y caídas. Profetas con explicaciones de estas coyunturas los hay variados, sensatos e insensatos. Estos últimos, ocupan mucho espacio de opinión porque conectan rápidamente con algunos de los síntomas del descreimiento vernáculo, con esa curiosa pasión social por la desgracia, el drama y lo escatológico. Es cierta nuestra inestabilidad económica y sus consecuencias humanas, pero es una parte de la verdad, que no debería censurar lo descrito en el párrafo anterior, que no es más que un breve y discreto enunciado de lo que los argentinos y argentinas hemos realizado positivamente a lo largo de nuestra historia. 

No quiere ser esta editorial un conjunto de palabras frívolas y superficiales que desdeñen el presente. No. Quiere reflejar que este presente también está construido con otros matices, texturas y visiones, no sólo con la difusa e impresionante maquinaria de poder e influencia de los medios en materia de desencanto. Desea expresar que el poder de cambio de una idea o proceso histórico, así como su veracidad, no se mide por la cantidad de likes que recibe, ni por su viralización masiva contada en millones en las redes sociales. Se valora por quienes gozan de sus beneficios, sociales, humanos y económicos. Si son mayorías ampliadas, democráticas y abiertas o minorías exclusivas, cerradas y llenas de prejuicios. 

La belleza del tiempo histórico se encuentra en su desapego de la inmediatez, en la maduración de sus resultados a un ritmo mayormente reposado. Se acelera su velocidad a veces, es cierto, y se producen crisis. La Argentina sabe de eso. Por ese motivo, mirar la realidad en perspectiva ofrece la posibilidad de no quedar presos del último tuit o posteo. Salir del contexto y ver, ofrece la ocasión de observar mejor y no caer presos del desaliento. Fragua probada para el mesianismo, la demagogia y la anti política. 

La fatalidad argentina no es tal. Su destino trágico tampoco. Redescubrir lo mejor del país, en épocas de dificultad, es honrar un pasado y apostar de modo realista a las futuras generaciones. Con seriedad, responsabilidad y con una ilusión templada en las vicisitudes de nuestra historia. Del mismo modo en el que hacemos el balance de un año, cuando éste llega a su fin.