Opinión

Por Juan Francisco Risso

¿Y el ama de casa?

31|12|19 10:28 hs.

Esa nota la escribí hace bastante más de diez años. Y fue una de las que tuvo más rebote de los lectores. De las lectoras, mejor dicho. La empezaba así:


“De lo que hace el ama de casa te vas a enterar cuando, por lo que sea, te falte”. 

En mi caso, por haber vivido solo y feliz por muchos años en aquella época, tomé contacto con esta cuestión por otra vía. Como abogado solía hacer derecho de daños. Un día tuve que argumentar la pérdida que se experimentaba cuando un ama de casa no podía desempeñar su rol. Entonces tuve que ir desglosando cada cosa que hacía la dueña de casa, y plantear el costo del reemplazo. Por cierto, a veces no vemos cosas que tenemos frente a nuestras narices. “Hay estudios que indican que ese trabajo (no pagado) de la mujer conforma entre el 25 y el 40 por ciento del PBI, incluso en países desarrollados…”, ahí arrancaba el razonamiento. 

La mujer empieza a la mañana, con el desayuno de los chicos y del marido, en muchos casos. Sirve el desayuno en la mesa (en un bar, ya habrían intervenido dos personas) y luego prepara a los chicos para el cole ¿trabajo de niñera? Podría ser. 

Después, con su bolsa, va al mercado ¿cadete? Puede ser, pero ya en el mercado, evalúa las compras y planea el menú del día a tenor de los precios y calidades que va viendo. Eso es tarea de una ecónoma, que también se extiende a la compra de elementos de limpieza, etcétera. Una tarea intelectual, de criterio y de experiencia. No tan fácil. 

Y bien: la mujer de mi ejemplo cocinaba, quizá lavara los platos, quizá limpiara la casa. Como van las cosas a fines del 2019, está para borrar el “quizá”. El hilo se corta por lo más delgado. Con un sesgo algo teatral continué: “Vuelven los chicos, y acomete la tarea de costurera: pegar un botón, zurcir y demás”. 

“Más tarde el borrico del hijo mayor no entiende los deberes, y la madre hace de profesora particular y le explica el teorema de Thales”. 

Luego imaginé que, por la noche, uno de sus hijos tiene fiebre, y la madre lo asiste, utiliza el termómetro, y decide -o no- llevarlo a la guardia del sanatorio ¿enfermera? Y agregué que iba al banco, que hacía cosas de jardín. Por lo visto, quería ganar el juicio. Pero en el camino iba encontrando verdades… invisibles para mí. Yo desayunaba en un bar, comía en un restaurant, y así por largos años. De allí que debuté como padre a los 45. Pero esa no era la realidad cotidiana de los demás. 

El caso es que al ama de casa no se la puede reemplazar por una sola persona de servicio. Pensemos, recapitulemos… ¿cuántas personas se necesitan para todas y cada una de esas tareas? ¿Y los horarios? Porque un niño no se enferma de 15 a 18. Suelen elegir los peores momentos. 

Allí venía una aclaración: “No, no estoy hablando del amor de una madre, ni de esa esposa que –chancleteando- acarrea mates para el vago de su marido, (porque ella cree que tiene un genio incomprendido ahí, en el lecho nupcial). Hablo de guita, de costos, de cash. Un viejo estudio estadounidense determinó “que se necesitaría una combinación de ama de llaves, gobernanta y consejera, sobre una base de 24 horas al día para cuidar una familia”. Con sueldos y cargas sociales. 

Seguía: “Al comenzar los 70 los suecos -ojo- hicieron una estadística. Suecia tomaba de sus trabajadores unos 1290 millones de horas de trabajo por año. Pero la compra y cocción de alimentos y el fregado de vajilla insumían 2340 millones de horas por año. Todos los días, las suecas (y algunos suecos) empleaban -por día- un millón y medio de horas sólo en lavar la vajilla. Tomando como base lo que cobraría una doméstica por hora, multiplicá y calculá el aporte al PBI de esos trabajadores del delantal y la pileta”. (Al parecer, yo imaginaba que en Suecia eran tan machistas como acá, que insultamos diciendo “andá a lavar los platos”, estilo Mingo Cavallo. Ay de mí, que cagada estaré haciendo ahora mismo). 

Pero algo había, porque puse que “...-aún en las sociedades más desarrolladas, y por más que la mujer labure afuera- siempre ella liga el detergente y la ballerina. Más que el marido, quedate tranquilo”. Y eso no lo inventé, estaría en los libros. Porque Internet no había. Hasta sé de qué libro lo saqué. 

Cerraba con que un señor que gana mucho dinero genera un aporte mayor que la mujer. Otro que gana lo justo está empatado. Y en los hogares muy pobres el tipo gana poco y los hijos suelen ser muchos. Y ellas generan el mayor aporte. “Para ellas no corre el efectivo, no, pero el trabajo y el beneficio están”. Palabras mías de aquel entonces. Tomá mate.

Y miren este remate: “Bien, hay muchas mujeres quejosas que, mientras lavan los platos, rezongan: “Si yo cobrara por todo lo que hago...”, para hartazgo de sus sufridos maridos. Espero no fomentar esa onda. Pero lo que acabo de decirte es todo cierto. Y hay que decirlo. Chau.” 

Agrego: buen año 2020, vamos que todavía se puede. Y aquellos maridos que no tienen ganas de hacer trabajos domésticos, expresen siempre que “valoran” lo que hace su esposa. Háganme caso. 

Abrazo a todos.     


Por Juan Francisco Risso