Opinión

CUENTO

La agencia de Lamatto

19|01|20 16:19 hs.

Por Valentina Pereyra


Me dijeron que en la Agencia de Lotería “EL DIECISIETE” que está en la esquina de Saavedra y 25 de Mayo necesitan una chica para hacer la limpieza. Dudé en venir porque mi papá -que murió hace unos meses- se persignaba cada vez que pasaba por esta vereda y decía que el dueño es un viejo ladino, pero abandono ese pensamiento y ato la bicicleta a un árbol para entrar. Espero mi turno detrás de tres personas que compran sus tickets y observo una pizarra decorada con luces de neón y la frase: “Dime qué sueñas y te diré qué juegas", de ese listado de significados “el cazador” está circulado con rojo, por ahí tendría que apostar al 65. 

Detrás del mostrador un hombre encorvado de unos 80 años toma los pedidos. Tiene pelo cano y raído, ojos saltones, arrugas profundas, piel en degradé del gris al verde en la zona de las ojeras y, un negro que estalla con furia para enmarcar las órbitas sobresalientes que le dan cierto toque étnico. 

-“Señorita. ¿Vio un fantasma o quiere jugar un numerito?, me dice el viejo. 

- “Vengo por el trabajo de limpieza”- respondo. 

 El hombre estira su mano en un saludo amable y gentil: “Abel Lamatto, dueño de la empresa”, dice y me toma los datos en una libreta roja que usa para anotar los números que canta el locutor de Crónica TV. Levanta los ojos y me mira, detiene el lápiz y me apunta. “¡Qué espera! ¿Me va a decir quién es?” 

- “Sofía Garrido, tengo 25 años, dos hijos pequeños y experiencia en limpieza de empresas y comercios. ¿Cuándo empiezo?”, apuro la contestación antes que el viejo reaccione. 

- “El puesto es suyo, es atrevida, eso me va a servir”.

La frase me desorienta, pero aunque fuera un asesino me quedaría, tengo que llevar la comida a casa, así que enseguida cuelgo mi cartera en el perchero y me pongo a disposición. Lamatto me indica el trabajo que tengo que hacer y dice: “Ahí no repases nada, de ese sector me ocupo yo”, mientras señala una puerta cubierta por un poster con la imagen de cuerpo entero del sonriente Riverito que tiene en sus manos varios billetes de cien pesos. Inmediatamente paso detrás del mostrador y me pongo el guardapolvo gris que me alcanza. 

- “¿Sus chicos van a la escuela?”- interrumpe mi silencio el viejo.

- “Sí, sí. Uno a cuarto y la nena está en primer grado, ya sabe leer”.

- “¡Pensar que aprendí el castellano a los treinta años porque con mis padres sirios hablaba solo en su lengua”, me cuenta y echa una sonrisa nostálgica al aire al mismo tiempo que empiezo mi tarea. 

Repaso los carteles, los pisos, el baño, las sillas, el teléfono, la máquina registradora. Lamatto me explica que al mediodía hace los bancos y me aclara que va a confiar en mí por eso apoya un llavero sobre el mostrador, me pide que cuando termine cierre la puerta y lo pase por el buzón porque él tiene una copia, gira y se va. Me asomo por la puerta y lo veo cruzar la calle a paso lento mientras creo que desaparece entre la gente que ingresa al banco de Tres Arroyos. Relojeo todo para poder irme, pero veo una tela araña que baja desde el cielorraso y se descuelga por el cartel que cubre la puerta a la que no tengo que acercarme. Con el movimiento brusco del plumero se cae el banner y desnuda una entrada de acero grueso, gris, sin manija y una frase grabada sobre el dintel: “La suerte está echada”. 

Un sabor rancio sube y baja por mi esófago que fluye hacia el estómago revuelto. En la huida me choco con un baúl pequeño color negro


La toco con la punta de los dedos y no se mueve, busco en el bolsillo izquierdo de mi guardapolvo una llave, elijo la larga y retorcida con estrías bien marcadas que introduzco en la cerradura, la giro y abre, entonces la empujo con fuerza. Me asomo a la oscuridad que baja por una precaria escalera para dar el primer paso, pero trastabillo y un zapato me queda apoyado en un escalón mientras el otro se pierde en el aire. 

Bajo despacio con un solo pensamiento: “Este viejo debe tener guita guardada. Algún tesoro tiene bien escondido”. No encuentro ninguna perilla para encender la luz, por eso me ilumino con la claridad que llega desde la agencia y que de pronto proyecta una sombra sobre el poster, pero no reparo en eso. El olor es asqueroso y para mitigarlo me cubro la nariz y la boca con el pañuelo que tengo en el cuello. Llego hasta el último escalón y vuelvo la mirada hacia arriba, de nuevo me parece ver la sombra, voy a tener que apurarme porque si llega Lamatto seguro que me va a echar, me advirtió que no me acerque a esta puerta, pero ya no aguanto más la miseria que hay en casa, no creo que este tipo sufra demasiado si me llevo algunos pesos extras. 

La humedad entra por mi nariz y garganta, un gusto ácido que me obliga a tragar más saliva, aunque quiero correr una fuerza me clava al piso. Frente a la escalera veo una caja de madera rectangular de unos dos metros de alto y uno de ancho con una chinche que atraviesa un ticket de lotería justo en el número 51, “el serrucho”. 

Abro la caja segura de que allí está la plata que busco, sin embargo, cae hacia adelante un esqueleto descuajaringado y un serrucho que cuelga entre su clavícula y el esternón. 

Pego un salto hacia atrás mientras me saco de encima una costilla que antes de desparramarse se engancha en el pañuelo que llevo de barbijo. Corro el cuerpo y miro si encuentro la plata, pero no hay más que trapos podridos. 

Al lado de la caja de madera un telón de terciopelo rojo cuelga como un biombo, no escucho a mi razón y me quedo. Deslizo el cortinado y aparece otro esqueleto al que le quedó el hueso piramidal de la muñeca colgado de una esposa clavada al techo. En el piso, junto a unos trastos con restos de algo cubierto por gusanos secos, otros más grandes apilados y, entre las falanges de la mano que tiene suelta, el ticket ganador de esa fecha, el número 60, “la virgen”. 

Doy un paso hacia atrás y miro rápido entre los jirones que cuelgan del esqueleto, pero tampoco encuentro nada de valor, sólo un anillo de fantasía color verde baila en el meñique. 

En cuatro patas trato de enfilar hacia la escalera. Un sabor rancio sube y baja por mi esófago que fluye hacia el estómago revuelto. En la huida me choco con un baúl pequeño color negro del que cuelga un candado abierto con forma de dado, entonces me incorporo como puedo, mareada por el olor del sótano que se suma al sudor hediondo que emana mi cuerpo. Abro el cofre y encuentro varios recortes de diarios amarillentos bien ordenados por fechas, necesito saber qué pasó, pero me doy cuenta que dejé el celular en la agencia y no tengo mucha luz, así que para leerlos me acerco a la escalera y uso el reflejo que llega desde arriba. 

Lamatto me indica el trabajo que tengo que hacer y dice: “Ahí no repases nada, de ese sector me ocupo yo”, mientras señala una puerta cubierta por un poster con la imagen de cuerpo entero del sonriente Riverito


“GANADORES DEL GORDO DE NAVIDAD”, anuncia la tapa del diario LA VOZ DEL PUEBLO del 24 de diciembre de 1967. En la foto tres personas: Dos hombres, uno calvo que viste suéter y pantalón oscuro con la raya bien marcada, el otro se parece a Lamatto y la tercera, una mujer alta de tapado de piel, tacos aguja, muy maquillada según los tonos más grises que distinguen sus labios. 

El epígrafe dice que son compañeros de trabajo de la fábrica de cocinas a leña “Istilart” y que la suerte los benefició con un pozo de tres millones de pesos. 

Otro recorte del año 1997 muestra al mismo señor calvo un poco más viejo que posa frente a la Agencia “El Diecisiete” con un ticket sobre su pecho y el número 51 que salió a la cabeza en esa jugada de la quiniela de la provincia de Buenos Aires. Una nota de dos meses antes refleja la suerte de una mujer elegante que posa frente a la misma agencia. Lleva en su meñique un anillo con una enorme piedra oscura y enredado en él, un ticket con el número 60 ganador de la vespertina de ese día. 

El último artículo es de la sección policial y dice: “Personal de la Estación Primera de Tres Arroyos solicita a la población datos sobre el paradero de María del Carmen Muñoz de 43 años propietaria del cabaret del pueblo ‘La Orilla’ y de José Larriestra de 60 años, dueño del Bingo local que permanecen desaparecidos”. 

Encuentro en el fondo un cuaderno marrón muy ajado con manchas rojas dispersas entre las hojas. No tengo más tiempo, la atmósfera me aplasta, pero necesito encontrar aquello que vine a buscar. Lo hojeo y me doy cuenta que es el diario personal de Lamatto. Un pañuelo bordado que fue blanco alguna vez marca una página que elijo abrir: “¡Aprendí a leer en español! ¡Por fin voy a ver los titulares del diario que anunció el premio que nos ganamos con el gordo de navidad”, escribió el sirio. 

Unas hojas más adelante otro texto corto: -“En la nota dice que ganamos tres millones, ellos me dijeron que era sólo uno”. Al mismo tiempo que levanto el cuaderno y sacudo bien todo su contenido pienso en el final de estos dos, mientras caen tickets de premios de lotería, una escritura raída en la que alcanzo a ver la dirección de la agencia, entradas al cabaret del pueblo y otras al bingo de la ciudad. Todo menos plata, seguro que este viejo avaro tiene todo en el banco y ¡es capaz de cualquier cosa, de acá me voy a la Comisaría! 

Levanto la cabeza y la sombra que vi antes se corporiza en Lamatto que me dice: “La avaricia mata” y sin otra palabra me tira el ticket de la quiniela provincial con el 65, ”el cazador” que salió a la cabeza en la matutina. -“Te lo ganaste como ellos, nadie engaña a un sirio que no sabe leer”, dice mientras la puerta se cierra y el papelito con el premio ganador cae y se pega en mis lágrimas.