Santiago Pazos y su particular relación con el mar lo llevó a conocer 14 países (Caro Mulder)

La Ciudad

Santiago Pazos

Un tresarroyense en la Fragata Libertad

02|02|20 14:34 hs.

Por Leticia Lembi


El 17 de agosto partió la Fragata Libertad con 46 guardiamarinas a bordo, mientras que contó con la presencia de diez futuros oficiales de la Marina Mercante, procedentes de las escuelas Nacional Fluvial y de Náutica y con invitados de armadas extranjeras pertenecientes a Brasil, Uruguay, Paraguay, México y Ecuador, junto a personal de las otras fuerzas armadas del país. 

Santiago Pazos, oriundo de Tres Arroyos, le cuenta a La Voz del Pueblo a orillas del mar, como no podía ser de otra manera, que la propuesta le llegó mediante un mail que vio tarde porque estaba embarcado hacía dos meses en un buque petrolero haciendo sus prácticas del último año de la carrera de piloto de ultramar, que se cursa en la Escuela Nacional de Náutica “Manuel Belgrano”; explica que “no sabía si aceptarlo o no” porque perdía el lugar donde estaba trabajando. “Lo hablé con el primer oficial y con el capitán y me dijeron que no lo dudara”, rápido, abandonó el puesto y comenzó los papeles en junio del 2019 para alistarse en una aventura que duraría cinco meses. 

Se embarcó dos días antes y recuerda haber tenido que hacer “víveres”, actividad encargada de colocar todos los alimentos dentro de las cámaras frigoríficas. Riéndose dice, “nunca vi tanta carne junta en mi vida”. Eran doscientas ochenta personas exactamente a bordo. 


Santiago Pazos y la Fragata Libertad, unidos para un viaje que el joven no olvidará en su vida


Bajo la lluvia, el 17 de agosto de 2019 la Fragata Libertad zarpó del puerto de Buenos Aires para dar inicio a un nuevo viaje de instrucción en el que luego de dos años volvió a tocar puertos de Europa, “todo fue como una película”, define haciendo referencia a los gobernantes que llegaban, el helicóptero, las camionetas negras. Pero lo que más recuerda Santiago es el saludo emocionado de sus padres, “mi papá lloraba, nunca lo había visto así” significaba mucho para él porque además de la experiencia que viviría su hijo, Jesús Alberto es retirado de la Armada. Su mamá, Esther, también estaba emocionada aunque “chocha, con una sonrisa gigante” que él guardará por siempre en la retina. 

La fragata lucía hermosa, brillosa y realmente imponente. Se alejó del puerto con una lluvia que le brindó una mística especial al viaje; zarparon con los saludos de los familiares que a lo lejos se sumaban cantando el Himno Nacional Argentino. Emoción, orgullo, felicidad son algunas de las palabras que brotan de Santiago “todo el viaje fue increíble, llega un momento que te aclimatas y te acostumbras a esas vivencias, pero fue hermoso”.

"Buenos días Fragata Libertad” era la voz que escuchaban a diario a las siete de la mañana acompañado con datos de ubicación, temperatura y estado del viento. En el barco, él junto a los de su mismo rango se ubicaban en la parte del medio porque allí se siente menos el movimiento, “como somos nuevos tendemos a marearnos” explica Santiago. La convivencia es difícil, eran muchas personas que no se conocían y dormían algo apretados, aproximadamente treinta personas en trinchetas “es complicado pero a mí lo malo no me interesaba, tenía una actitud muy positiva”, mientras iba aprendiendo día a día con la experiencia propia, pero también, nutriéndose de sus superiores. 

Tareas 
El puesto que tenía el joven de 24 años a bordo era de invitado, por lo que no había tareas asignadas específicamente para él. “En este caso fuimos cinco de cada escuela y asignarnos era complicado”. 

Pero se acercó al jefe de Brigada consultando sobre la posibilidad de “hacer guardias de puente” que es estar cuatro horas en la parte más alta del buque controlando todo lo que respecta a la seguridad de navegación. 

Eso fue aceptado y los acoplaron. Cuenta que le costó porque “era muy distinto a lo que yo hacía y cómo lo hacía en el buque petrolero”, siendo el espacio más chico y más personas alrededor “era un mar de gente”, sostiene. La organización y la estructura eran muy diferentes y exigentes “aprendí muchísimo”. 



La navegación a vela fue algo a lo que Santiago también debió acostumbrarse “para abrirlas –cazarlas como le llaman en la jerga- necesitas veinte personas” cuenta sorprendido. Además de tener que subirse a los palos para abrir la parte más alta, espacio al que “estaba desesperado por subir”, aunque asegura que cuando lo hizo por la escalera de sogas le costó mucho y estaba muy asustado “te agarra como una especie de vértigo” en la que necesitas de mucha concentración. Al final de viaje, ya era algo común y esa adrenalina, le gustaba. 

Si bien el rol de invitado les permitía no tener una tarea específica, Santiago decidió también ayudar en oficios como lijar y pintar “uno como invitado da una imagen, representa a una institución”. 

Un momento difícil 
La furia del mar y sus tormentas han inspirado una buena cantidad de películas y relatos literarios; Santiago decía que había vivido una película y ellas también tienen momentos críticos. 

La tormenta de Irlanda a Boston, fue uno de esos momentos complicados en el que un frente en el Atlántico se avecinó y estuvieron a punto de no zarpar. Lo hicieron igual cambiando el rumbo hacia el sur, donde esquivaron el foco pero la tempestad pasó igual “yo quería sentir una, ver cómo era” asegura. 

Tuvo la suerte de que no se mareó aunque asegura que la convivencia se pone algo tirante porque el descanso no es el mismo, hay que estar atento a todo, trincar todos los implementos e incluso así, hay cosas que se siguen cayendo. Todo se mueve y los días se ponen difíciles. Además de ello no está permitido salir a tomar aire a cubierta, ya que es altamente peligroso por lo que “en esos días no hicimos guardias, pero iba igual al puente porque quería ver lo que era”, define aventurero. 



En esos tres días que duró la tormenta el mar estaba revuelto, las olas “estaban por todos lados y medían nueve metros”; el operativo para capar el temporal es bajar la velocidad para que el buque no golpee tanto con el agua. 

Nutriéndose a bordo 
Las actividades dentro y fuera del barco eran muchas, algunas abocadas al turismo y otras para los tripulantes. 

Al llegar a los diferentes puertos se realizaban visitas a la Fragata Libertad de aproximadamente cuatro horas; a veces ellos tomaban el papel de guías por dentro y en otros momentos los visitantes recorrían solos las instalaciones de la misma. Antes de llegar a cada país, se les brindaba charlas informativas sobre el mismo en diferentes cuestiones: política, comercio, comidas, costumbres, etc. Las recepciones también ocupaban agenda, una especie de “copetín” en el que se mostraban y ofrecían carnes argentinas y vino a diferentes autoridades, gobernadores y también participantes. 

Santiago cuenta que muchas veces embarcaban personajes a dar charlas; un historiador, representantes de la organización Browniana y los extranjeros a bordo brindaban sus conocimientos sobre sus armadas, “muy nutritivo en ese aspecto y se aprende mucho de los otros países como del propio, lo tienen muy presente”. La legislación internacional como forma de abarcar a todo el mundo también tuvo una participación importante en este viaje, sumado a las visitas que se daban a museos y parques importantes; La Fragata Libertad nos representa en los puertos en los que recala, difundiendo la realidad geográfica, cultural y productiva del país. 


Santiago en Claromecó, donde fue entrevistado por Leticia Lembi y fotografiado por Carolina Mulder


La fragata, bien argentina, tenía una banda de folclore “muy buena” integrada por cabos de la tripulación; bailaban chacarera o zamba con un clima cálido también para las personas que viven en el exterior y entraban a navegar. 

Luego de las actividades y eventos ya pautados el tiempo era libre. “Podías pasear, salir de noche, ir a la playa y si pedías permiso quizás viajar a otra ciudad”, lo que le permitió pasar de solo conocer Uruguay a conocer catorce países, “igual tengo que repasar a qué lugares fui, porque se me confunden”. Todo era muy de golpe, en poco tiempo y un constante aprendizaje. 

Cómo y porqué 
Se define como una persona cambiante. Estudió un año y medio Ingeniería en Bahía Blanca, que decidió no seguir porque no le gustaba. A partir de allí, debió encontrar eso que sí quisiera hacer a lo largo de su vida para formarse para el futuro. “Mi viejo es retirado de la Armada”, explayó. En ese momento, él le comentó sobre la Escuela Naval y la Náutica. “él sabía que me encanta el mar, me gusta meterme con el kayak y yo quería algo que interviniera más lo corporal y el físico, no tanto oficina”. 

A partir de allí se mudó, comenzó sus estudios e hizo la preparación pertinente. El cuarto año es en el que se realizan las prácticas, estilo pasantías, donde hay muchos buques que tienen convenio. Al rendir la última materia en febrero, se embarcó y consiguió un buque llamado Punta Mogotes de la empresa Antares Naviera. Allí permaneció hasta un mes antes de la experiencia en la Fragata; a pesar de haber abandonado ese puesto para embarcarse en ella le confirmaron que podrá volver, “si haces un buen pilotinaje te tienen en cuenta”, sostiene. 

El futuro de Santiago consistirá en terminar el tiempo estimado de navegación para poder obtener su título; luego la posibilidad es continuar con ese mismo o apelar al centro de capitanes donde se anotan y cuando hay trabajo los llaman, “puede pasar mucho tiempo”, por lo que no sería una opción. Deseo trabajar en un buque de gran porte o probar la vida en un crucero, que “son de última generación, con mucho trabajo y responsabilidades”.