Juan y su fiel compañera, la querida Chevrolet Apache modelo ‘65 (M. Hut)

Sociales

Juan Agustín Lantero

Juan esquila vellones de memoria

08|03|20 12:31 hs.

Por Valentina Pereyra


Una vieja Chevrolet Apache amarilla con la caja cubierta por una lona verde descansa de su labor diaria en Cerrito al 250, en la quietud de la tardecita de marzo. Un pasillo corto y bien pintado desemboca en la casa familiar que se colma de hijos, nietos y bisnietos alrededor de un buen asado. Un esquilador avezado sonríe parado en el umbral.

“Juan Agustín Lantero, de Las Mostazas”, se presenta. Lo bautizaron así en honor a su padre y abuelo, pero todos lo conocen como “Las Mostazas”, apodo que recibió por la estación y la estancia donde se crió. 

Juan busca en la casa el termo y el mate para abrir la charla que fluye entre amigos. Se pone de pie y mira hacia la vereda desde el pasillo, no ahorra palabras para ponderar a su querida camioneta del ‘65 que todavía lo lleva y lo trae como en los años dorados de la esquila. 

Gira y se sienta en el único banco que decora el pasillo y le pide a su hijo menor, Diego, que traiga el mango de la esquiladora. El joven abre la puerta que da a un garaje y recoge el artefacto que Juan toma entre sus manos. “Todos tenemos uno que queremos más, hay muchos, pero éste es mi preferido”. 


(Marianela Hut)


Recorre con sus manos trabajadas las secciones del peine y las cuchillas para buscar entre sus estrías los cuentos y recuerdos que pelean por salir. 

Tiene miedo de olvidarse alguno, por eso, se pone de pie, sale hacia el interior de su casa y vuelve con una libreta desteñida que abre y lee. “Es la contabilidad de las esquilas, que dice la cantidad de lanares que se esquilaron, el hacendado para el que se hizo el trabajo, el precio, la fecha y los lotes. Llevar los gastos de combustible y otros, es muy importante y más antes, cuando se esquilaban unas 10 mil ovejas”, explica mientras da vuelta las hojas de su libreta y relaciona la merma del trabajo con la cantidad de páginas que se completan por año. 

Llevar los números es fundamental para el esquilador, Juan lo sabe porque su padre y abuelo, que no sabían leer ni escribir, se fundieron por no anotar bien el trabajo que hacían. Tal fue el golpe de esa experiencia que su padre le decía a la familia: “El día que Juancito termine la escuela voy a comprar otra máquina para que él nos ayude a sacar las cuentas”. La libreta ajada entre las manos del esquilador confirma que confiar en sus estudios fue una muy buena decisión. 



La infancia en el campo 
Juan Agustín nació en Coronel Pringles el 21 de julio de 1941 y estuvo en esa ciudad hasta los tres años, de allí emigraron a la zona de El Pensamiento y luego a la estancia donde creció, en “Las Mostazas”, donde cursó sus estudios en la Escuela Primaria Rural N° 375 y también tomó la primera comunión con el padre Victoriano Fuhr, un joven misionero con el que se reencontró en Tres Arroyos años después, cuando lo casó y bautizó a sus hijos y nietos. 

Su padre compró una casa de catorce habitaciones en el campo donde vivieron hasta que se mudaron a Tres Arroyos y se instalaron en una vivienda alquilada frente a la Estación del Ferrocarril. “Por los ‘60 -con 20 años- teníamos una máquina limpiadora que no andaba muy bien en esa región de sierras, por eso, decidimos vivir acá y trabajar por la zona, mientras también esquilábamos cuando nos contrataban”.


Juan Lantero con sus dos grandes amigas: su tijera y la oveja



Baja la vista hacia el mango de su esquiladora y se pierde en sus filos, “aprendí a esquilar cuando era chico, aunque estudié por correspondencia para ser mecánico en el Instituto Americano de Motores, pero después de superar las materias de electricidad tuve que abandonar porque tenía que trabajar”, explica y señala hacia la vereda de enfrente. “Ahí tengo una limpiadora que fabriqué yo para descolar y le puse la piedra, es con la que andamos, la otra, la de mi padre, es la que está ahí medio abandonada, la compró para trabajar en épocas en las que no había esquila”.

La luz cae sobre el Barrio Boca y las sombras envuelven por partes la limpiadora de cereal vieja que yace entre los árboles, pasaron varios años desde su esplendor, pero sigue viva en las palabras de Juan. 

Gira el mango de esquilar sobre sus rodillas, lo empuña e interpela, así sale el recuerdo de una yerra en la que su papá comentó que ni bien su hijo terminara la escuela iba a tratar de conseguir dos mil ovejas para esquilar y así comprar la máquina. Elías Crianti, un productor agropecuario, lo escuchó y le dio 4 mil ovejas para hacer su trabajo, así se convirtió en el primer cliente de los Lantero y Juan, en el encargado de envellonar. 

El esquilador levanta la vista y murmura, “ya no quedan muchos esquiladores, yo hace más de 60 años que aprendí este oficio, también mi padre me enseñó a afilar -explica mientras toca las cuchillas con la yema de sus dedos- y a ser maquinista. Como no hay repuestos los invento, me parece fácil el trabajo, todo lo que sé me lo enseñó mi viejo”, dice y se retracta al instante entre risas: “La verdad que no es nada fácil, la esquila es un arte y el modo en que se hace también, el peine y las cortadoras necesitan estar bien afiladas porque de eso depende la cantidad de ovejas que se esquilen o si apretás el mango se recalienta y te salen llagas en las manos”. 

Dejar el campo para ir a Dista 
En 1964 Juan se casó con Lidia Hilda Fredes, una hermosa mujer que había conocido en los bailes un año antes, tuvieron once hijos -viven ocho y todos en Tres Arroyos-. Tan fructífera paternidad motivaba que sus compañeros de la Fábrica Dista hicieran chistes al respecto: “Vos tenés hijos para cobrar los salarios familiares”, le decían, pero no les dio la razón y tuvo otros aun trabajando en forma particular. 

Un enojo con su padre -en 1974- lo alejó del campo por lo que se empleó en Dista donde trabajó 14 años, aunque no dejó de dar una mano con la esquila y la limpiadora. “Mi viejo -ya grande- nos dio la limpiadora y salimos con el hijo mayor a trabajar. Todos mis hijos anduvieron conmigo, ahora mi nieto, un sobrino y un amigo, que era un hermano”. 

Apoya el mango sobre el banco, lo blande con gran habilidad y dice: “Ahora hago solamente la esquila, todo pucherío. Antes hacíamos en 8 lotes, 50 mil ovejas, ahora, en 70 u 80 lotes, unas 5 mil porque cada vez hay menos ganado”. 

Reclina su cuerpo hacia el mango y lo deja entre las manos que pone en posición de rezo, se incorpora y agradece su vida entre vellones.  

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¡Vellón y lata!
Juan Agustín Lantero es un artista de la esquila, uno de los últimos en este oficio, un trabajo muy sucio en el que hay que estar parado todo el día y tener muy buen registro de lo que se hace. Un motor le da tracción a unas poleas a través del cardan que gira las cortadoras del mango de la máquina de esquilar, así como el espíritu de Juan, el otro motor mueve a las cuadrillas montado en la Apache del ‘65 color sol. 


Sus manos marcan los años de trabajo, como las miles de ovejas que seguro ha esquilado Lantero (Marianela Hut)


La tijera de esquilar le recuerda quién es, por eso guarda esta empuñadura como reliquia aunque todavía la tiene en funcionamiento. “Es un oficio en extinción, un arte, algo que no se va a ver más”, se lamenta Juan que relata el proceso que hay que realizar para esquilar una oveja. 

“Una vez que se voltea al animal se pasa el mango que se maneja de a peinazos largos que empiezan por las patas. Los lanares están sueltos y el que los agarra tiene que manearlos de a tres patas porque son animales grandes. Luego se envellona, se junta la lana y se ata con hilo hecho con papel o cartón torcido”, describe y aclara que actualmente los vellones se meten en un bolsón y se prensan. 

Las varillas
Las comparsas -nombre que recibían los grupos de esquiladores- llegaban a hacer su trabajo en máquinas que tenían varillas, con las que daban tracción al mango, además de dar el nombre a los esquiladores que se convertían en “el varilla uno, el dos…”. 

El hombre de la Chevrolet amarilla se emociona ante el recuerdo de su “amigo-hermano” Osvaldo “El Sol” Saldain, con el que trabajó por 30 años y busca una agenda telefónica pequeña que le sirve como ayudamemoria porque no quiere olvidarse de nadie.



Mueve el dedo de un renglón a otro y dice: “Otro que anduvo conmigo fue Carlos Dorado, también Del Viso y Oscar Reynoso, Casino, Zapata, con el que fuimos a la escuela juntos, Fittipaldi, René Bustasi, Gatica Lazarte, Miguel Ramos, Fermín Currina”. 

Se detiene y vuelve a tomar el mango para contar una anécdota que incluye a “Tomalito” Garrido, “era muy ligero y decía que si la tijera tenía filo hacía más de 200 ovejas y, si no tenía, metía unas 180, pero yo lo vi trabajar con una que no andaba bien y hacer 280”. Hoy, su cuadrilla la completan Pancho Muñoz -de Indio Rico- y Angel Rodríguez -de Juárez-. 


El grupo completo de la esquila con Juan Lantero


El control 
El conteo de los animales que se esquilan está a cargo de los agarradores que son los que, una vez que el esquilador saca el vellón del lomo y patas, colocan unas moneditas de chapa que llevan en sus bolsillos en una lata que cuelga de las varillas a modo de “pago”. 

“El playero tiene las chapitas y el esquilador termina y grita: ¡Vellón y lata!”. Juan usa diferentes técnicas aconsejado por su papá porque cada a raza se la esquila diferente: echado, sentado, de dos paradas, de la cabeza.

“La esquila se va terminando, ya no se consiguen esquiladores, lo bueno sería que los jóvenes aprendan los oficios, es un trabajo bruto y muy sucio que nadie quiere hacer. Hoy los chicos quieren ir al campo y volver rápido, además preguntan si hay señal, pero no se puede usar el celular mientras se hace el trabajo”. 

La anécdota 
Juan sonríe mientras relata cómo se esquila y brota un recuerdo que lo divierte. “Mi papá llevaba una escoba de paja nueva para juntar el vellón y cuando terminaba se iba a dormir y los más jóvenes nos quedábamos a divertirnos. Cuando empezaba a roncar le robábamos la escoba, -que usaban como guitarra- y el vino. Así que pasábamos toda la noche cantando y tocando hasta romper la escoba y las uñas tanto rasgarla. Papi se levantaba y me reclamaba la falta de vino, yo le decía: ‘No sé qué pasó, yo despacho bien’”, cuenta y renueva la felicidad de esos días.