En una vivienda de Tres Arroyos. La bandera argentina, con un arco iris en el centro y un mensaje de

Opinión

Editorial

La vitalidad de un mundo en crisis

25|03|20 08:17 hs.

Es extraordinario. Y a la vez revelador. Unos 180 países sufren una pandemia inesperada, un verdadero “Cisne negro” en los términos que lucidamente Nassin Taleb escribió en su libro homónimo que tiene como agregado en su título “el impacto de lo altamente improbable”. Los cisnes negros, según el matemático y estudioso del comportamiento humano, profesor de Ciencias de la Incertidumbre en la Universidad de Massachusetts en Amherst, tienen tres características:1) constituyen una rareza, es decir escapan a la normalidad de lo esperable; 2) producen un impacto terrible y 3) pese a su condición de algo raro, inventamos explicaciones para ellos en forma posterior a que suceden. Pero las rarezas son patrimonio de ese tipo de científicos sociales, no nuestras. Al menos su explicación. 


Lo extraordinario, más terrenal y cercano, es el enorme potencial de nuestra sociedad, local, nacional y también global. ¿Por qué no?, si formamos parte de la misma especie, que se humanizó hace más de cuatro millones de años en un lugar frente al lago Victoria, en Kenia. Y de allí partió y ocupó todo el planeta. Esa especie hoy, como pocas veces en su larga historia planetaria, está puesta a prueba, y a pesar del drama humano que esto supone, exhibe de un modo natural, y por eso maravilloso, una vitalidad extraordinaria. 

Escuelas que funcionan virtualmente, servicios espirituales mediados por la tecnología, consultas psicológicas telefónicas, películas y libros descargables y gratuitos, museos para recorrer por medio de una simple computadora o Smartphone, tutoriales de yoga, meditación, de ejercicios físicos, espacios hogareños resignificados, conversaciones retomadas, espacios privados para la reflexión, diálogos interiores, solidaridad online, cadenas de oración y la lista es larga. ¿

Esto es suficiente para contrarrestar la pandemia? No y sí. Necesitamos de la ciencia que ya está en carrera en pos de una vacuna y del personal de la salud, que constituye la infantería en el frente, para contener el arrebato impredecible de un virus sin control aparente. Por ahora. 

Privilegiando la cooperación sobre el individualismo, el entusiasmo sobre la pereza, la paciencia por encima de la ansiedad, las obligaciones comunitarias por sobre las personales


Pero nada de esto sería posible sin una sociedad que mira el futuro, porque todo lo que hacemos para pasar la cuarentena es una demostración del amor por el porvenir que todas y todos tenemos. Es un abierto desafío a la calamidad, es un ejercicio adaptativo que revela la potencialidad que tenemos como sociedad y como especie humana. 

Miremos un poco atrás. Situémonos en el mes de diciembre y recordemos nuestras preocupaciones y pesares. Si nos hubiesen dicho que un día de marzo no podríamos salir de nuestras casas salvo por remedios o alimentos o porque estamos exceptuados por alguna razón, nuestro gesto y palabras lo habrían negado con vehemencia y habríamos mirado con extrañeza a quien lo hubiese sugerido. Y sin embargo aquí estamos, en paro forzoso o trabajando desde nuestras casas y hogares. Mirando redes, portales de noticias y televisión que nos muestran una catástrofe con pocos precedentes.

Estamos y somos parte de lo que pasa, las diversas generaciones que compartimos este momento histórico. No es Spielberg y otra de sus genialidades. Pero existe un desfasaje imperceptible entre lo que leemos y vemos y lo que sucede en nuestras vidas reales. Y es una variación que no debemos desdeñar. Es un énfasis que hace la diferencia. Los medios profundizan el lado dramático de la pandemia, que es real y doloroso. Nosotros y nosotras en el día a día, hora a hora, nos movemos en otra sintonía. Nuestras vidas son vitales, esperanzadoras, no dejan de ver el futuro, quieren volver a la actividad en el afuera sabiendo que no todo será igual. Esa cualidad netamente humana, que aprendimos luego de miles de años de evolución y clave para nuestra supervivencia, es algo a cultivar minuto a minuto en nuestro metro cuadrado. Y nunca más precisa esta apreciación de tiempo y espacio.

Ese rasgo es el que tenemos que defender y proteger y alentar a que otros y otras lo hagan, con los medios escasos con los que contamos pero con el mayor entusiasmo que podemos hacer gala. ¿Cómo? Con la única receta que ha salvado a los seres humanos a lo largo de su extensa historia: privilegiando la cooperación sobre el individualismo, el entusiasmo sobre la pereza, la paciencia por encima de la ansiedad, las obligaciones comunitarias por sobre las personales, las metas comunes sobre el egoísmo individual. Nunca tuvo tanto valor como hoy un llamado, un mensaje, una video conferencia. Lleno de superficialidad o de profundidad, que al fin de cuentas es lo de menos. Cuando los otros y otras cuentan, del modo más sencillo, ponemos el ladrillo necesario para que nuestro hogar común, Tres Arroyos, resista. Con dientes apretados, con corazón y con una enorme, prudente y confiada disciplina social.