Martín Guzmán

Opinión

Editorial

Deuda

19|04|20 18:01 hs.

El presidente, junto a la vicepresidenta, gobernadores, y en la voz de su ministro de Economía, Martín Guzmán, presentó en sociedad el día jueves pasado, los detalles generales del plan de reestructuración de la deuda soberana argentina, emitida bajo legislación extranjera y en manos de tenedores privados, unos U$S 68.843 millones, proponiendo una quita del 62% de los intereses y un 5,4% del capital. Además de una solicitud de gracia para el pago de capital e intereses de tres años (hasta el 2023). El viernes 17, fue presentada formalmente a la Comisión de Valores de los Estados Unidos. 


De esa reunión nos parece relevante resaltar algunos aspectos que deben ser tomados en forma conjunta, como unidad, de tal modo que no pierdan su significado político y económico: 

1. Estaban presentes mandatarios y mandatarias provinciales, del oficialismo y de la oposición. 

2. El proyecto se sustenta en un argumento crucial: la reestructuración no debe suponer hundir más en su naufragio a la economía argentina. Sus requisitos imprescindibles son dos: ser social y macroeconómicamente sustentable. En ese orden inalterable, en términos del propio gobierno.

3. El ministro Guzmán es un teórico especialista en la materia y, a raíz de ello, investigador de la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia (en Nueva York) y director del programa de Reestructuración de Deuda Pública de la Iniciativa para el Diálogo de Políticas en la misma institución. 

Lo que sigue, son unos veinte días para evaluar y medir el grado de aceptación de los acreedores, que ya mostraron reticencias y rechazos. De todos modos es la primera instancia de una negociación dura de la cual el Gobierno no solo tiene clara conciencia, sino también, de lo que está en juego en todo el proceso. 

Podríamos analizar y describir los vericuetos de la historia de la deuda externa argentina y las páginas de los libros de historia económica contemporánea escritas sobre el tema, como así también a las revistas especializadas, los economistas serios, los gurúes de moda, que se han ocupado y se ocupan de ello. Sería redundar en un debate interminable que divide aguas. Queremos expresar, de todos modos, un argumento que sustenta nuestra posición: todo comprador de bonos argentinos sabe el riesgo que asume al hacerlo, al igual que los bancos que los asesoran. Ambos organizan una apuesta financiera para hacer una diferencia económica exorbitante, con la complicidad de organismos internacionales que prestan a gobiernos a sabiendas de (redoblando la apuesta, claro) que no podrán cumplir en tiempo y forma, con los requisitos pedidos a cambio del dinero contante y sonante otorgado. Todos, en sus cálculos mezquinos, envuelven a la alicaída economía argentina, que arrastra problemas estructurales, un déficit social inmedible en términos humanos y una serie de malas decisiones de política económica tomadas, sobre todo, en los últimos casi tres años.  

Menudo desafío tienen el Gobierno y la sociedad argentina, en un período exótico, pandemia mediante, de la economía mundial con una depresión que algunos miden, por su equivalencia, a la ocurrida en los años ´30. A riesgo de lo problemático que supone expresarlo, la realidad del mundo opera indirectamente a favor de nuestro país. Caída del PBI; reducción del comercio; desempleo creciente en muchos países (Estados Unidos es un caso) e incertidumbre general acerca del futuro, son rasgos que refuerzan la idea sobre la cual se fundamenta la propuesta esbozada el día jueves pasado, lograr una deuda sostenible “…que no postergue a la Argentina…", como lo expreso el presidente. 

Los lapsos son cortos; la necesidad de Argentina de retomar la senda del crecimiento lo más rápidamente posible es enorme, en un contexto problemático y teniendo en cuenta que el resultado de esta negociación afectará, sin dudas, la microeconomía de todos los argentinos y argentinas. La pandemia de la deuda como se calificó desde un medio nacional, es el otro gran desafío de un gobierno que no tuvo tiempo de acomodarse, que se quedó sin luna de miel y que enfrenta una complejidad sin precedentes en la moderna historia de nuestro país. La suerte está echada y un difícil Rubicón espera para ser cruzado con éxito.