Opinión

Editorial

El retorno de la puja

17|05|20 17:10 hs.

El economista Thomas Piketty sostiene que el ahorro de las familias ha descendido en las últimas décadas, que la desigualdad ha aumentado en el mundo desarrollado y que vamos hacia un “capitalismo de patrimonio”, a causa de que la tasa de acumulación del capital es mayor que el crecimiento de la economía, por tanto esta inercia del sistema refuerza la desigualdad al interior de las sociedades. En criollo básico: los ricos son cada vez más ricos, los pobres cada vez más pobres y los ubicados en el medio de la tabla ven mermar paulatina y consistentemente su poción de participación en el PBI. 


Esto, escribe el autor de “El capitalismo en el siglo XXI” (2013), libro que se convirtió en best seller y que causó revuelo en el mundo intelectual, político y económico, tiene enormes implicancias políticas y en la gestión de los Estados democráticos. El poder económico cada día más concentrado da forma a oligarquías económicas o plutocracias que amenazan la gestión política y económica de los gobiernos en donde realizan sus operaciones. Su poder creciente, condiciona decisiones y perturba los resultados de las mismas. 

Sus advertencias generaron controversias, pero sus concepciones están fundadas en estudios comparados de series económicas de larga temporalidad. Es decir: estadística e historia, en un formidable y ameno libro sobre una especialidad de la Ciencia Económica denominada la economía de la desigualdad. Sus soluciones no dejan de ser polémicas, pero se enlazan dentro de una concepción económica más heterodoxa, más liberal, en términos norteamericanos (Paul Krugman es un ejemplo de ello), cercana a interpretaciones más progresistas del mundo y la economía: impuestos a la riqueza, impuestos internos progresivos, rol activo de las instituciones políticas, entre otras acciones. Pero Piketty no deja de ser lo que es: un académico, no un político en campaña. 

En nuestro país, muchos de sus puntos de vista causaron y causan escozor en el mundo del columnismo mediático, más aferrado al corto plazo, que a una mirada seria de la errática historia del capitalismo argentino y de las razones de sus continuos avances y retrocesos. La denominada “puja distributiva”, piedra angular de toda política económica, está en el centro de muchas de las observaciones del economista francés. En el contexto actual, cuando la pandemia y sus efectos, van dejando cada día más minutos a la discusión económica, en rigor de verdad muy sesgada y superficial, el tema sensible de la redistribución de la riqueza entra de a poco en el debate. 

Uno de los problemas que persiste es el tenor poco sólido de la discusión y la imposibilidad de argumentar los puntos de vista con claridad y fundamentos fácticos. La historia, no las urgencias del eterno presente, iluminan sobre lo que ocurre en nuestro país. Y cualquier pronóstico, sin un análisis y reflexión sobre el pasado, no deja ser una impostura, en términos de otro economista francés Michel Musolino. Una apuesta azarosa que cambia al ritmo de la coyuntura por otra aún más errática que la primera, con la cual solo comparten la carencia de un sustento científico. 

Y no es un reclamo al mundo de la opinión económica en forma única y particular. Está dirigido muy especialmente al universo de la política en su totalidad, que no elabora discursos públicos consistentes en esta materia, más allá de los clásicos “pases de factura” o de enunciar eslóganes de modo recurrente. 

Qué tipo de política económica se debiera implementar para hacer de nuestro país una sociedad más equilibrada socialmente y progresivamente más desarrollada, tendría que estar en el centro de las preocupaciones del mundo dirigencial. Las reflexiones de Piketty abonan la idea de que existe un problema global y que el caso argentino expresa su crudeza en estado puro. La pandemia agudizó una condición estructural que la Argentina arrastra desde hace décadas, cuyos efectos nuevos solo recién estamos empezando a ver, y, en algunos casos, de manera dramática. Es por ello que la exigencia a quienes nos representan es mayor, no solo en la profundidad del debate y en la rapidez y eficacia de las medidas de emergencia. Sino en forma especial, en su compromiso para construir la respuesta de una pregunta clave: ¿qué tipo de sociedad queremos ser en lo que resta del siglo XXI?