Historia de un episodio trágico que aún encierra misterios, en el interior profundo de la provincia

Interés General

Informe Especial

La ejecución de Aramburu: relatos, misterios y la difícil memoria de un pueblo

03|06|20 11:32 hs.

Por Andrés Lavaselli


-General, vamos a proceder 

-Proceda

Los que hablan son el jefe guerrillero Fernando Abal Medina y el general del Ejército Pedro Eugenio Aramburu. Uno le está comunicando al otro que va a ser ejecutado de inmediato. Transcurren los primeros minutos de la mañana del 1 de junio de 1970 y ese lacónico diálogo, que después se volvería célebre, tiene lugar dos metros y medio bajo tierra, en un sótano ubicado a solo cinco cuadras del centro de Timote, un minúsculo paraje rural en el noreste del territorio bonaerense. Afuera, el pueblo se despereza como cualquier otra mañana. Todavía ignora que ya nunca volverá a ser el mismo: la violencia política acababa de grabarle a fuego una marca con la que aún hoy, 50 años después de aquellos hechos, intenta lidiar. 

Esa escena es el punto culminante del “Operativo Pindapoy”, nombre con el que los Montoneros bautizaron al secuestro y la posterior muerte de Aramburu, el golpe con el que se dieron a conocer en sociedad. Los hechos, al menos en sus tramos esenciales, son bastante conocidos, aunque vistos desde el presente siguen sorprendiendo. Es que no es fácil explicar cómo una organización cuyos jefes tenían entre 22 y 23 años, apenas 12 miembros y casi ninguna experiencia previa en acciones de este tipo, logró raptar a uno de los hombres más poderosos de su tiempo y trasladarlo casi 500 kilómetros a través del territorio más vigilado del país hasta aquel sótano trágico, todo sin sufrir el más mínimo contratiempo. 

El objetivo declarado de los Montoneros -cumplido también sin inconvenientes-, era someter a Aramburu a un “juicio revolucionario” por su rol en la dictadura que se instauró tras el golpe de Estado que derrocó el gobierno de Juan Perón, en 1955. Y al mismo tiempo, irrumpir en el escenario con un hecho que partiera en dos la conciencia política del momento. Al jefe de “La Libertadora”, que presidio el gobierno de facto casi tres años, lo acusaban de los fusilamientos de los militares leales a Perón que se alzaron en 1956 bajo el mando del general Juan José Valle. Y de los militantes de base ajusticiados en un basural de José León Suárez, episodio que narró Rodolfo Walsh, años más tarde también oficial de Montoneros, en el clásico de la non fiction argentina Operación Masacre. Además, lo hacían responsable de robo del cadáver de Eva Perón.


La tapa de Gente que da cuenta del secuestro. Montoneros lograba uno de sus objetivos: darse a conocer. (Archivo)


Fernando Abal Medina, Mario Eduardo Firmenich, Carlos Gustavo Ramus y un cuarto montonero o incluso un quinto hombre cuyas identidades permanecen en las sombras, integraron ese tribunal clandestino. Le leyeron los cargos y grabaron las respuestas de Aramburu en una cinta que se perdió para siempre. El 31 de mayo, tras dos días de cautiverio, le comunicaron que lo habían encontrado culpable. En la madrugada siguiente, lo condujeron hasta la última habitación de la casona La Celma, propiedad de la familia Ramus, por la que se ingresaba al sótano. Abal Medina le disparó en el pecho con una pistola 9 mm. Lo enterraron allí mismo, en el fondo de un pozo debajo de un par de bolsas de cal, a las que recurrieron porque les habían dicho –de forma equivocada- que así era más fácil que no quedaran rastros. 

Aunque el desenlace fue rápido, la preparación había comenzado dos años antes, en 1968. El blanco se definió recién sobre el final: una primera opción había sido otro de los jefes de la dictadura del 55, el almirante Isaac Francisco Rojas. Firmenich dijo años después que “matar a cualquiera de los dos nos daba lo mismo”, porque ambos eran íconos de la persecución del peronismo. Pero que optaron por el general porque eran menos afecto a los dispositivos de seguridad que el marino, famoso por su paranoia. Incluso contó el trabajo de inteligencia que los llevó a esa conclusión, realizado en buena medida desde la biblioteca del exclusivo colegio Champagnat, ubicada justo frente a departamento de Aramburu de calle Montevideo al 1053.


Un aviso en el que se pide denunciar a algunos de los miembros del comando que secuestró a Aramburu. Aún no está claro el rol ni la identidad de algunos de sus miembros. (Archivo)


¡Es Caín! 

Esa decisión dio pie a una de las leyendas más persistentes en torno al caso: la supuesta colaboración del dictador Juan Carlos Onganía –que llamaba “Caín” a Aramburu- con los Montoneros. Quienes la sostienen, argumentan que los unía un objetivo: evitar que el futuro secuestrado, que había intentado iniciar contactos con Perón en Europa y estaba a favor de levantar su proscripción, se convirtiera en una figura de recambio político del régimen. Un periodista denuncio incluso que, en los meses previos al secuestro, Firmenich habría estado varias veces en la sede del ministerio del Interior, que tenía a su cargo el general Francisco Imaz, un viejo enemigo de Aramburu a quien no le perdonaba el desplazamiento de los sectores nacionalistas meses después del golpe del 55. 

Lo cierto es que los documentos que fueron invocados para respaldar esa versión nunca aparecieron, aunque las dudas persisten. El hijo de Aramburu, Eugenio –hoy de 81 años- le dijo días atrás al periodista Hugo Alconada Mon que actuó “gente de adentro” en apoyo de los guerrilleros. Agregó dos elementos, para él significativos: el teléfono de la casa de su padre se cortó justo cuando se lo llevaron, mientras que horas después el gobierno “filtraba” a la prensa que se trataba de un autosecuestro. 

Entre los hechos comprobados del Operativo hay algunos de corte cinematográficos. La irrupción de Abal Medina y Emilio Maza disfrazados de militares al departamento de dónde se llevaron a Aramburu es uno de ellos. Maza había sido cadete del Ejército y le enseñó durante meses los modales y la jerga militar a Abal Medina, que era tan joven que tuvo que ponerse un bigote postizo para darle credibilidad a su personaje. No está claro aún cómo es que un jerarca de la experiencia de Aramburu aceptó acompañarlos. Pero lo más probable es que lo hayan convencido de que lo mandaba a llamar el comandante en jefe del Ejército, Alejandro Agustín Lanusse. Ese día se celebraba el aniversario del Arma y Aramburu no había sido invitado a los festejos oficiales. Lo cierto es que cuando llegaron a planta baja, ya sabía que estaba secuestrado.


El auto con el cual trasladaron a Aramburu cuando lo sacaron de su casa. (Archivo)


El montonero fantasma 
Una de las incógnitas que todavía rodean lo ocurrido tiene que ver con el momento mismo de la ejecución. El primer relato de los hechos, que de algún modo se transformó en canónico, es una entrevista a Firmenich y Norma Arrostito publicada en septiembre de 1974 en la revista La Causa Peronista. Allí se cuenta que Abal Medina disparó. Pero siempre se sospechó que hubo alguien más. La periodista María O’Donnel, en su reciente best seller “Aramburu”, apunta que Maza pudo haber estado en Timote, pese a que en el relato de La Causa desaparece de escena tras un cambio de vehículos al inicio del secuestro. El periodista Julio Grassi, autor de la entrevista a los jefes montoneros, va más allá en un libro escrito treinta años después. Dice que Maza –un cordobés estudiante de veterinaria- no solo habría sido el ideólogo principal, sino el autor de los dos tiros de gracia que recibió el militar. Y pone a un quinto hombre en la escena, a quien llama Manuel, del que nadie más dio cuenta hasta ahora.


La primera versión de la historia. El reportaje en La Causa Peronista, donde Firmenich y Arrostito dieron su versión de lo sucedido.


Por eso, es difícil estar seguro acerca de una cuestión clave: si los sobrevivientes del comando Juan José Valle son solo los que se conocen hasta ahora. Firmenich, autoexiliado en Sitges, Cataluña, desde donde hace unos días cuestionó la estrategia de Alberto Fernández contra la pandemia de coronavirus, e Ignacio Vélez Carreras, el hombre que esperaba con la puerta del ascensor abierta cuando Aramburu fue sacado de su departamento para facilitar un rápido escape. 

Las omisiones que con los años se fueron detectando en el relato inicial de los montoneros parecen indicar que el persistente silencio de Firmenich no solo obedecería a su intención de contarlo todo en un hipotético libro de su propia autoría, del que se habla hace años. Desde un principio, habría habido otro objetivo: convertirse en el guardián de los detalles que tal vez solo él esté en condiciones de contar –si es que el misterioso quinto hombre no existe o no está vivo- le reserva un paradójico lugar de poder. Es lo que piensa Vélez Carreras, que atribuye a la intención de “autoconstruirse como heredero único de Abal Medina” la omisión de los militantes que desaparecen como fantasmas del relato de Firmenich.

La maldición de La Celma 
Una investigación reciente del periodista Pablo Morosi añade otra dimensión, que se teje en torno del destino de La Celma. La casona había sido bautizada así en honor a una tía materna de Ramus y era una suerte de joya familiar. A Carlos le encantaba el lugar, al que desde finales de los 60 visitaba en compañía de Abal Medina y Firmenich, sus amigos de la militancia en el nacionalismo católico. Y de Arrostito, su novia de entonces. 

Tal vez por eso, cuando el casero Blas “El Vasco” Acebal, que vivía en una casa de servicio al fondo del predio donde le levantaba La Celma, no sospechó nada aquel atardecer de junio cuando vio llegar a su patrón junto a Firmenich y Abal Medina a bordo de la camioneta jeep Gladiator T 80. Los tres estaban cubiertos de polvo, pero no por haber realizado tareas rurales, como sugería la pila de fardos que colmaba la caja del vehículo. Acababan de viajan ocho horas por caminos rurales para esquivar los controles, con el exdictador oculto en una caja debajo del pasto.


La Celma, ya deteriorada, poco antes de que un derrumbe no dejara casi nada en pie. (Archivo)


El “Vasco” siempre dijo que ni siquiera imaginó lo que pasaba. Que Ramus le había dicho que si escuchaba ruidos, no hiciera casos: con sus amigos planeaban llevar mujeres por la noche, deslizó, cómplice. Pero eso no lo salvó de las suspicacias. Apareció muerto en La Celma el 28 de diciembre de 1971, un año y medio después del hallazgo del cadáver de Aramburu, el 16 de julio de 1970. En ese momento, se habló de un paro cardíaco. Pero como en el pueblo nadie sabía que tuviese algún problema de salud, enseguida se corrió la voz de que Acebal sabía más de lo que admitía y que por eso había terminado como terminó. Se abrió una causa judicial por muerte dudosa en un juzgado de Trenque Lauquen, donde se habría dejado constancia de que fue una muerte natural. 

Desde ese momento, La Celma parece haber sido víctima de una extraña maldición, que terminó por borrarla del mapa: hoy, apenas queda de ella en pie una pared y un fragmento de otra. El punto cero de esa decadencia ocurrió el 13 de enero del 77. Ese día, el ingeniero Gustavo Ramus, padre de Carlos, sufrió un ataque de presión y murió en el lugar, casi en el mismo momento en que su hija Susana era secuestrada por una patota de la ESMA. Amalia, la madre, puso en venta la propiedad, con una condición: que no la compraran los militares. Pero al parecer, no se la respetaron. En 1979, la finca pasó a manos de operador local de bienes raíces –Mario Castro- que la adquirió a precio de mercado y enseguida la vendió al Estado a un monto menor a su valor fiscal. Todo indica que se trató de una operación simulada que burlar la voluntad de Susana.

Ya en manos de la dictadura, La Celma fue reacondicionada –hasta se instaló un mástil en el frente- para ser sede central de un homenaje a Aramburu a 10 años de su muerte, en 1981. Hubo un desfile castrense y se bautizó a la plaza con su nombre. Hasta se planeó instalar allí un “museo de la lucha antisubversiva”, para glorificar el terrorismo de Estado. Pero la derrota en Malvinas aceleró el final del régimen y el proyecto nunca llegó a concretarse. A partir de entonces, comenzó el olvido definitivo. La propiedad padeció saqueos e intrusiones y las tormentas y las inundaciones terminaron por derrumbarla casi por completo. Por años, solo algunos visitantes anónimos y enterados se presentaron en el lugar para conocerlo. Los vecinos cuentan que ese flujo nunca se detuvo.

Con el correr de los años, lentamente, los vecinos volvieron la mirada hacia La Celma, una especia ícono de la historia que atraviesa al pueblo. En 2004, La Celma fue declarada “Patrimonio y Sitio de Interés Cultural” por el Consejo Deliberante local. Y un grupo de vecinos buscó transformarla en sitio de la memoria, con un objetivo diferente al de la dictadura, sin complacencias con la represión, sino con la idea de entender mejor su propio pasado. Pero la idea no prosperó, como tampoco llegó a buen puerto una iniciativa de un diputado provincial del Frente para la Victoria para declararla “Monumento Histórico Provincial. En 2008, un grupo de alumnos votó el cambio de nombre de la plaza, que ahora se llama Roberto Aldo Bordoy, en homenaje a un timotense muerto en el hundimiento del Crucero General Belgrano. Pero nada más. El 6 de diciembre de 2015, el Colectivo de Arte Timotense estrenó la película “La Celma”, realizada por vecinos para contar, desde su punto de vista, esta historia. (DIB) AL