Sociales

Martín Oñatibia, más de 50 años de Bombero

La chispa intacta

07|06|20 10:01 hs.

Por Valentina Pereyra


“Vivía en Charcas al 800, atrás de la cancha de Olimpo, cada vez que volvía del cuartel de Bomberos y pasaba por la puerta de la casa abandonada en Sargento Cabral 554 pensaba en comprarla”. 

Martín Oñatibia montado en su bicicleta le hacía la pasadita todos los días a la casa de sus sueños, a dos pasos del Cuartel. 

“Tenía la idea fija, la quería, iba a hacer todo para tenerla, por eso fui a ver a Eduardo Miqueleiz que me dijo que la casa era de la viuda de Khun, la quería, pero no tenía plata, así que ofrecí el cambio, el trueque, la mía de Charcas por esa”. 

“El negocio se hizo y por 1300 pesos tuve mi hogar bien cerca de los Bomberos. Llegamos con mi mujer y mis dos hijos, nos paramos en la vereda que apenas se distinguía de la calle de tierra y tratamos de descubrir la casa que asomaba entre los yuyos. Un paso más y estuvimos cerca del patio, en el que había una higuera que tenía un camello atado a su tronco, que era del circo que estaba instalado en el terreno de atrás”. 

“Sin puertas, ni ventanas, sin cloacas ni luz eléctrica, sólo agua corriente y alguna pared de pie, sin importar la lluvia que en noches de tormenta nos obligaba a dormir de canto y a saltar los enormes gotones que se desprendían del techo, empezamos a construir nuestras vidas”. 

Martín ató su bicicleta a la higuera una vez que sacaron al camello y miró hacia la calle La Madrid -hasta la que se podía llegar a campo traviesa- e imaginó un nuevo galpón para la herrería -el viejo había quedado en Charcas al 800-. 

“No todo fue fuego, incendios y camiones, para mantenernos hice de todo, repartí soda, iba a las fundiciones, al campo a pisar girasoles en los acoplados, a limpiar terrenos para arreglar la casa, para comer, porque la herrería no daba para todo, changa que salía, changa que hacía y, muchas veces, íbamos todos, como los baldíos de la calle Córdoba que los trabajamos con Nelly y los chicos a los que llevamos en el cochecito”. 

Los domingos Nelly vestía de punta en blanco a los chicos para ir a pasear y a tomar helado. Caminaban desde el Barrio Olimpo hacia el centro, pero si sonaba la sirena, la mujer sabía que volvería sola a casa, muchas veces llorando de rabia, porque Martín correría a cumplir con su deber.


Martín junto a Nelly, su inseparable compañera de la vida


“Hubo un incendio en Güemes y Lavalle, la esquina de mi casa, se prendió fuego el almacén de un turco y con Pedro Brunard -que tenía enfrente la bicicletería- ayudamos al hombre a sacar las cosas a la calle, eso me inspiró, sabía desde chico que quería ser bombero, pero eso me decidió”.

“Cada vez que sentía la explosión de la bomba de estruendo que tiraban antes de hacer sonar la sirena agarraba la bicicleta para seguir el sonido desde Mar del Plata 450 hasta donde pudiera escucharlo, me llamaba mucho la atención. Alguna vez tenía suerte y venían para el lado de mi barrio, así que me paraba para ver pasar a los camiones. Siempre decía que quería ser bombero, pero mi novia no me dejaba”. 

A Martín le encantaba dar vueltas con su bicicleta hasta encontrar el humo que lo llevaría a los bomberos. En septiembre de 1967 se casó con Nélida Noemí De la Torre y en enero del año siguiente se hizo bombero. La mujer lamentó que no lo hubiera hecho antes, aunque recordó su enojo el día que Juan Carlos Martínez le trajo el documento de identidad de Martín -que lo había olvidado en el Cuartel cuando se inscribió- y le anunció que su esposo ya era bombero. 

"Que me dejaba, que no me dejaba, así hasta que nos casamos, tenía 20 años y no aguanté más, me decidí y fui a anotarme al Cuartel. Para ser bombero tenía que presentarte un servidor más antiguo y esa era la garantía, no tenías que tener ningún mal antecedente, ser trabajador, no haberte peleado nunca en la calle, tener una conducta impecable. Cuando recién nos casamos alquilábamos una casa en Rodríguez Peña al 700 por donde pasaba de camino al Cuartel Juan Carlos Martínez así que charla va y viene le comenté que quería ser bombero”. 

“Era verano, había incendios a cada rato, me decidí y fui al Cuartel, hablé con mi amigo que me presentó y me anotaron. Al lunes siguiente, el 8 de enero de 1968 hice la primera academia ya hace 52 años y nunca me fui hasta hoy”. 

El novato recibió su sobrenombre de bautismo, “Yelmo” porque imitaba la propaganda de esa marca de electrodomésticos. “La prueba de fuego llegó inmediatamente, fue un año de muchos incendios en terrenos, una época en la que había 400 salidas, casi 20 por día, además viajábamos a las localidades donde no había Cuartel de Bomberos como Reta, Oriente, Copetonas, Orense, Claromecó, recorríamos kilómetros para ir a incendios en los campos”.


Uno de los cascos que Martín el bombero guarda en su casa junto al fuego, dos protagonistas de la vida de Oñatibia


“Una vez asistimos cinco veces a un incendio en el mismo campo. El dueño, un señor dinamarqués que hablaba bastante mal el castellano nos decía: ‘No sé qué pasa, la cosechadora tira pedos, tira pedos y prende fuego’. Lo que ocurría era que cuando el motor hacía explosiones, el carbón del escape caía en cualquier lado y se prendía fuego todo lo que estaba alrededor. Cinco veces fuimos en el día. ‘¡Vengan hay fuego, acá, en campo mío!’, nos dijo la primera vez que llamó sin explicar dónde era”.

Sonaba la sirena y Martín dejaba todo, se subía a la bicicleta y recorría el camino hacia el Cuartel, entraba por el portón que siempre estaba abierto y no regresaba a su casa hasta terminar. Durante la época estival podía llegar a las 14 horas y hasta la noche no volver. “Todas las mujeres y los hijos de los bomberos iban al cuartel, desde la mamá del más chico hasta la señora del jefe, hacían distintas tareas, su ayuda era fundamental en incendios o inundaciones grandes porque se encargaban de secar la ropa, hacer café, cebar mate, hacer tortas fritas, la familia estaba unida. El jefe Haedo le pidió a Nelly que trajera unas herramientas durante un incendio grande en el vivero de Claromecó, y, ese día, ella también fue bombera. Hasta hoy nos tratamos con todos, nos visitamos con los bomberos viejos, con algunas viudas y con Negra -la esposa de Otto Haedo- que es como si fuera una madre”. 

“Me crié ahí adentro, lo que aprendí fue impagable, el jefe sabía muchísimo y daba los mejores consejos. Nunca había visto nada de lo que hacían los bomberos, lo primero que supe es que cuando alguien llama es porque algo terrible le pasó, o se le quema la casa o su negocio, o su hijo, cuando vas es porque a otro le pasó una desgracia, sinó no te llaman. Hacés de tripas corazón y después te acostumbras”. 

La bicicleta de Martín viajó desde su casa al Cuartel por 25 años ininterrumpidos de servicio activo, después de eso, cuando se jubiló, siguió yendo y viniendo cada vez que la sirena la llamó. “En el verano me la pasaba en el Cuartel y trabajaba de noche entre los fierros o si tenía que entregar algún trabajo me levantaba a la madrugada para terminarlo y quedar libre por si me necesitaban para manejar el jeep los primeros tiempos y luego, por más de 40 años los camiones”. 

“Fui segundo jefe -Roberto Rodríguez era el jefe- hasta los 60 años que pasé a la reserva activa, porque ¡cómo me tenés en casa si suena la sirena! Hasta mi perrita Chuli sabe que el estruendo que escucha me avisa que tengo que subirme a la bici y salir para el Cuartel, por eso tengo que tener cuidado que no se escape atrás mío”. 

Riesgos
“Hay riesgo siempre y en todos lados, por eso hay que hacer cursos de enfermería, de rescate en altura, rescate en el agua, estudiar de todo un poco, prepararse para lo que toque ya sea bajarse a un pozo de 20 metros de profundidad o colgarse de un edificio alto. Cuando entré usábamos el casco de aluminio y una capa de lona con algo de goma que sujetábamos con un cinto ancho que todavía conservo”. 


Martín con su querido casco blanco. “Este fue el último, pero no quiero limpiarlo, que quede así con los rastros del humo, las chorreadas, amarillento y sucio”


“Haedo nos decía que nos dejemos puesto un pulóver o chomba abajo porque con el calor se derretía la capa y se pegaba a la piel. Trabajamos así por más de diez años desde que entré, después vinieron los cascos de fibra de vidrio que tienen vencimiento. Este fue el último, era blanco, pero no quiero limpiarlo, que quede así con los rastros del humo, las chorreadas, amarillento y sucio”.

 “Los incendios son todos peligrosos, en los campos el calor modifica la circulación del viento por eso hay que cuidarse que no te encierre el fuego, pero siempre hay que cuidarse”.

Martín ensilla la bicicleta para hacer un recorrido, pasar a saludar a los viejos amigos y a su hijo-también bombero-que está en el Cuartel. Pero antes de salir saluda amable a su vecino de enfrente y tira al aire un último comentario. “A los políticos, abogados, jueces, a todos les digo que sean bomberos para que sean buena gente, es el mejor certificado de buena conducta”. 

           00000000000000000000000000000000000000000000000000

El jefe Haedo 
Martín Oñatibia recordó que el jefe Otto Haedo estaba en nuestra ciudad cuando casualmente hubo un incendio importante en una carpintería que había frente a lo que hoy es el Colegio Jesús Adolescente. Como era bombero en Necochea salió de la casa de su padre y junto a los hermanos asistieron en auxilio y con un balde combatieron el incendio, ayudados por un camión de la municipalidad. 

Eso fue lo que motivó que pensaran que tenía que haber un Cuartel de Bomberos en Tres Arroyos, por lo que convocó a una reunión para promover su formación e instruyó a los primeros integrantes una vez que se radicó en nuestra ciudad. “Había un gran respeto por él, tuvo mucho don de mando, sabía enseñar y liderar”, contó Martín. 

         0000000000000000000000000000000000000000000000000

Cuando son chicos pega más
“Cuando salís a un llamado sabes que es porque ocurrió una desgracia, lo que no te imaginás es que puede ser alguien de tu familia. Me pasó una vez que fuimos a asistir en un accidente en la zona de La Tigra y cuando llegué encontré que un auto había atropellado a mi sobrino”, recordó Martín. 

“En otro siniestro en la ruta tuve que sacar a dos tías que se habían metido abajo de un camión, eso pega”, agregó. “Pero lo que más fuerte te pega es cuando se trata de chicos, como la vez que llegamos a una casa muy precaria que se había prendido fuego y sobre la cama había una nena. La madre había salido a bailar y una vela que dejó encendida causó el fuego. En la desesperación arranqué el toallón que colgaba del tendal de una vecina y con eso envolví a la chiquita porque no podíamos levantarla sin que se desarmara…” 

El bombero recordó que “en otra salida hace unos 15 años nos tocó llegar a la calle Charcas al 800 y encontrar a dos hermanitas quemadas, eso es muy fuerte. En Güemes al 1400 apagamos un incendio muy dramático, era una familia con varios hijos grandecitos y un bebé. Los chicos veían siempre a su papá reavivar el fuego echando gasoil, lo que hicieron cuando vieron que el fuego se extinguía sin advertir que su hermanito dormía en el moisés que estaba apoyado en el suelo frente al fogón. La explosión quemó al bebe con moisés y todo”.

Martín explicó que “a algunos le afecta más, vos sabes que elegiste eso y hay que hacerlo, pero leo una y otra vez los artículos del diario LA VOZ DEL PUEBLO que tengo guardados en una colección de notas y fotos, no lo pienso mucho, pero vuelvo a mirar lo que pasó varias veces”.