Sociales

El rincón de Andrés Errea

Sin movernos de casa

28|06|20 00:04 hs.

Si algunos de los jóvenes de la actualidad, suponen que el servicio de “delivery” es un invento de su generación, están totalmente equivocados. Lo que ha cambiado es el formato y, por supuesto, el medio de transporte con que se distribuye la mercadería. 


Los que éramos niños allá por las décadas del ’40, ’50 y comienzos del ’60, pudimos comprobar que los artículos de primera necesidad, es decir, los alimentos, llegaban a nuestras casas para que las madres no añadieras, a sus fatigadas tareas domésticas, el tener que deambular de un local a otro, buscando carne, pescado, leche, pan, verduras y frutas, con el fin de preparar la comida para el grupo familiar.


El carnicero Dionisio Prado, en una imagen de 1940


¿Cómo se realizaba entonces el suministro de todos estos productos? Pues por medio de carruajes de reparto; así llegaban, en días determinados, el carnicero, el lecheo, el panadero, el vendedor de pescado, el verdulero y el kerosenero. Este último aportaba el combustible de esa época, para llenar los tambores que alimentarían las cocinas y estufas a kerosene; todo un invento revolucionario en ese momento.


Edmundo Cortés fue lechero durante 25 años


El carnicero (el Sr. Dionisio Prado, por ejemplo), cortaba prolijamente los bifes, a gusto del ama de casa, con una sierra de mano. Todo llevaba su tiempo, pero al final, y en este caso en particular, el cliente siempre quedaba conforme. 


Una fotografía de la década del ’40. El panadero Alberto Llamas


En cuanto al verdulero, también la elección de la mercancía se hacía en la calle, directo del charré al consumidor. El vendedor atendía en el carro pesando la verdura en una balanza “romana” y el vendedor de pescado, pasaba una vez por semana, casi siempre los martes. 

Muy distinta era la venta de leche y de pan, pues los repartidores hacían un trayecto directo a la cocina; el lechero con su tarro grande y un jarro medidor, surtía las ollas preparadas a tal efecto (una de ellas era el hervidor) y el panadero, bajaba con su canasta con lo que él sabía que consumía cada familia. 


La familia Tempone en la villalonga y un carruaje de Tempone Hnos. en la estación del ferrocarril


Hay que acotar que no todas las panaderías, así como las carnicerías, contaban con reparto a domicilio. 

Lo anecdótico, tanto en el caso de los lecheros como en el de los panaderos, es que si no simpatizaban con los animales de las casas, más de una vez se venían en apuros cuando algún perrito “ratonero” se prendía a sus pantalones y ahí la señora de la casa debía salir a restablecer el orden. 



Los ejemplos ya citados, a excepción del kerosenero, hacían posible un cómodo acceso a los alimentos frescos y de paso, varios repartidores se permitían algunos minutos de charla en distintos contextos familiares, tomando algún matecito antes de reiniciar su tarea. 

En lo que respecta a los almacenes, la cuestión era distinta, pero de eso nos ocuparemos en otro momento. 

Los tiempos y los modos de comercializar y distribuir los productos han cambiado, pero no podemos ignorar que hay un comienzo para todas las cosas. Sería bueno reconocer que llegamos a este presente, luego de atravesar un pintoresco pasado.     


El mercachifle Cinforoso Lezcano Goñi



En 1933, el kerosenero Isidoro Blanco



Un carro charré, muy bien presentado



El lechero Facundo Brosio, de San Francisco de Bellocq, en 1989



Maestras de la Escuela 13, en 1966



Mariano Montequín (quien era abuelo de Andrés Errea) reparaba y restauraba carros. En la foto se encuentra junto a su hijo Arturo