Sociales

El rincón de Andrés Errea

Algo más que una joya arquitectónica

12|07|20 00:59 hs.

Los grandes edificios de una ciudad son una suerte de libro de historia abiertos en la página de determinada época. Nos hablan de los estilos predominantes, así como de la pericia del arquitecto y del frentista, quienes con mano casi artesanal, moldearon exquisitos detalles y pusieron punto final a una espectacular obra, en este caso, la sede del Banco Comercial de Tres Arroyos. 


Fue en “esta magnífica ciudad del Sur” (según la expresión de la revista “Caras y Caretas” de 1934), donde un grupo de vecinos se reunieron con el propósito de fundar una entidad crediticia que respondiera a las necesidades de la región y que ellas se solventaran con capitales de la misma. 



El día 2 de septiembre de 1906, en el Teatro Español de nuestra ciudad, se cristalizó ese sueño. A proposición del señor Miguel Baratteri, una comisión provisoria se instaló en su casa de avenida Moreno 182, pero es recién el 2 de abril de 1907 cuando, bajo la presidencia de Don Sebastián Costa, el Banco Comercial de Tres Arroyos, abrió sus puertas por primera vez. 



Ya para 1911, el mismo comenzó a funcionar en el edificio de avenida Moreno e Istilart, construido en tiempo record, si se tienen en cuenta sus características arquitectónicas. La institución fue creciendo a paso firme, aumentando su capital a la par de su cartera de clientes. Pero el cimbronazo mundial que produjo la crisis de 1930, no dejó afuera al Banco Comercial; es así que muchos de sus clientes retiraron sus depósitos generando una verdadera crisis, puertas adentro. De todo ello salió airoso de la mano de Don Juan B. Istilart que por aquel momento fue nombrado presidente del directorio. Con su visión de futuro, generó nuevamente confianza en la entidad y para el año 1934 (año del Cincuentenario de Tres Arroyos), la cuestión ya estaba superada. 



Comprimir en estas pocas líneas la trayectoria de esta institución es muy difícil, seguramente mucho “quedará en el tintero”, no obstante podemos acotar que abrió sucursales: una en nuestra ciudad, en la esquina de avenida Rivadavia y calle Larrea, otra en Claromecó y la última en Buenos Aires. A ello debe sumarse la ampliación del edificio con un anexo sobre calle Istilart, con destino aún incierto.



Quien no conoció por dentro la estructura antigua, no tiene idea del tesoro que encerraba. Solo la sala del Directorio era una verdadera joya; tenía piso de parquet de tablitas muy angostas formando una guarda alrededor de la misma. Además contaba con un revestimiento en madera de roble de Esolvenia, con un mueble al fondo donde reposaba un reloj del mismo material y el conjunto remataba con una gran mesa larga, casi oval, rodeada de hermosos sillones. El acceso a este ambiente eran unas puertas altas lustradas de la madera antes mencionada, con vidrios chicos biselados. Como último gran detalle, unas arañas de bronce completaban la decoración. 



Más allá del aspecto arquitectónico, esta era una institución que con Don José Carrera (Don Pepe), como presidente del Directorio durante 27 años, promovió eventos artísticos como la Bienal del Banco Comercial, que convocaba a destacados pintores no sólo del ámbito local, sino también zonal y nacional; en ella actuaba siempre un jurado que adjudicaba los premios a las obras más logradas. 



Toda esa trayectoria de 91 años, concluyó con la venta de este banco al Lloyds Bank, institución de origen extranjero, que por esa época contaba con 25 sucursales y 135 años de presencia en el país. 

La Voz del Pueblo del martes 16 de diciembre de 1997, anunciaba este duro golpe para los tresarroyenses en general y sobre todo para sus empleados, en particular, ya que los más antiguos se quedaron sin trabajo. A estas malas noticias hay que añadir una buena, ya que al menos el exterior de edificio tiene su periódico mantenimiento que corre por cuenta de sus actuales propietarios. 

Los jóvenes de ahora piensan que el presente es lo mejor y no está mal, ya ellos tienen una breve historia de vida. Pero los que somos “adultos mayores” y hemos vivido más, no tenemos por qué renunciar a la tentación de pensar, a veces, que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”.