Opinión

Editorial

Próceres

16|08|20 21:00 hs.

Si el lector busca en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE) encontrará a la palabra definida de este modo: persona de alta calidad o dignidad o, como algo eminente, elevado o alto. Es un término que refiere a alguien destacado o destacada por sus méritos comunitarios, que sobresalen de la media y que son reconocidos por la mayoría. Vidas rodeadas de un halo noble, positivo, así como también de superación frente a la adversidad y que tienen la facultad del contagio, de la imitación por el resto.


Hay escalas y variedades: deportivos; pertenecientes al mundo del arte; integrantes de una comunidad pequeña o de una ciudad mayor; reales; mitad verdad mitad mentira a causa de transitar una existencia misteriosa; entre otros u otras tipologías. Sirven cómo faro para ser guía o cómo espejo para poder mirarse y examinar las acciones propias comparándolas con las de una existencia fuera de lo común. O simplemente están ahí para conocer sus historias, visitar los museos en donde se guardan con pericia sus reliquias o descubrir calles, plazas, monumentos, escuelas, hospitales, clubes o lo que se nos pueda ocurrir, llevando su nombre a cuestas. Homenajes tienen y de todo tipo. 

En los Estados Unidos los llaman “Padres fundadores”; en muchas naciones sus vidas se enlazan con dioses y su humanidad adquiere de este modo cualidades mejores. Constructores de naciones; generales en batallas claves, liberadoras de países asolados por enemigos como en el caso de la joven Juana de Arco, los próceres del mundo de la política tienen siempre un lugar más destacado en el barrio en donde viven junto con sus colegas de otros ámbitos de la vida ciudadana de sus países. 

No vivieron ausentes de polémicas o debates en torno suyo y sus haceres. Muchas veces con crueldad y desprecio, con mentiras y falsificaciones. Pero es parte de vidas que están en la vidriera permanente. Nada asombroso, nada extraño, nada singular. Incluso fueron echados de sus países, seguidos por espías, enviados a empresas imposibles, quemadas vivas, perseguidos o humilladas por sus rivales políticos, por razones de género u origen social. Todas las razones fueron válidas. Y en nuestro país las usamos a granel, sin exclusiones, en un ejercicio democrático y plural de todas las formas de desprecio. 

 Pero sobrevivieron, y en nuestro caso particular como nación, en muchos casos, sin recibir el agradecimiento en vida. Agradecer no significa aceptar todo, avalar puntos de vista sin reflexión o reconocer actos ajenos cediendo el derecho a su examen. Ni siquiera es un modo de amistad, como tampoco una forma de claudicación principista. Es quizá el modo de reconocer en otra persona su compromiso, su arrojo por una causa mayor a sí misma, por el bien común de un grupo humano. Es reconocer la dignidad y voluntad de aquellos y aquellas, que renunciaron a su privacidad y sus beneficios, para que otros y otras las ganen para sí. Es asumir sus sueños como nuestros, sus dudas como propias, sus aciertos con admiración y sus errores con humanidad. Nada más sencillo, nada más poderoso que el agradecimiento. 

 Así lo describía Juan Bautista Alberdi, que conoció a San Martín en París, en casa de un amigo y que luego visitó en Grand Bourg. Corría 1843: “…Entró, por fin, con su sombrero en la mano, con la modestia y apocamiento de un hombre común. ¡Qué diferente lo hallé del tipo que yo me había formado oyendo las descripciones hiperbólicas que me habían hecho de él sus admiradores en América! Por ejemplo: yo lo esperaba más alto, y no es sino algo más alto que los hombres de mediana estatura. Yo lo creía un indio, como tantas veces me lo habían pintado, y no es más que un hombre de color moreno, de los temperamentos biliosos. Yo creía que su aspecto y porte debían tener algo de grave y solemne, pero lo hallé vivo y fácil en sus ademanes, y su marcha desnuda de todo viso de afectación. Me llamó la atención su metal de voz, notablemente gruesa y varonil. Habla sin la menor afectación, con toda la llaneza de un hombre común”. 

 Mañana será diecisiete de agosto y, como seguramente y sin decirlo jamás, le gustaría, mejor que el boato, la solemnidad y la figuración, unas sencillas gracias, serán suficientes para José Francisco. Acompañadas de una mirada firme, amistosa y unas manos estrechadas, para luego dejarlo seguir el día, sumergido en su rutina austera de siempre.