Opinión

Por Roberto Barga

Falsos dilemas

20|09|20 10:21 hs.

  La disputa política de los últimos días se da entre el hambre y las ganas de comer o entre el muerto y el degollado, cuando en realidad, los dos son finados. 


 El hilo de la conversación pública arrastra el sedimento barroso de la coparticipación, pero suma presión con las medidas restrictivas adoptadas por el Banco Central para acceder a uno de los bienes más preciados por los argentinos: el dólar. La turné semanal se completa con el anuncio de la extensión de algo así como una cuarentena. 

 En cualquier caso, cualquiera de los temas que antes nombramos, exponen con pavura, cómo la Argentina ha emprendido una caída vertical sin solución de continuidad. Con el riesgo añadido de envolver los ejes de la discusión con títulos rimbombantes, que suenan a mamandurrias, para no ponerle nombre y apellido a las cosas. 

 Por ejemplo: a la Ciudad Autónoma se le quita 1% de los fondos coparticipables porque según algunas voces del oficialismo la “Capital es rica”. Más allá de la justicia de la medida, que finalmente va a dirimirse en la Corte Suprema, lo cierto es que Buenos Aires también sufre la pauperización del país. 50% de los porteños no paga el ABL y 60% no abona la patente de sus coches, la recaudación está en caída libre. Más datos del paisaje portuario, que algunos confunden con Paris, porque, según dicen, hasta los helechos tienen riego: 33% de los habitantes de CABA estaría comprendido por los márgenes de la pobreza, 14% de personas de la Ciudad Autónoma se encuentra desocupada, y, si cruzamos la avenida Rivadavia hacia el sur, el paro sube al 21%. Estos son algunos de los números de CABA, que en la era del dataísmo, a mayor gloria del filósofo Byung Chul-Han, vale consignar que nos acercamos a 48% de pobreza total en el país. 

 La Capital Federal no es rica, en todo caso es un poco menos pobre que el resto. 

 Verde que te quiero verde 
 Como en el poema del genial Federico García Lorca (Verde que te quiero verde), todos quieren verde. Las medidas adoptadas por Miguel Pesce, presidente del Banco Central, pegan de lleno en el inconsciente colectivo de los sectores medios y medios bajos. Si alguien tuvo oportunidad de visualizar la conversación de las redes sociales, allí se observa con claridad, que los reproches al supercepo adoptado el martes por la tarde, vienen de muchos laburantes que accedían a los 200 dólares mensuales como manera de protegerse y en lo posible de ahorrar. Pero la triste realidad es que al Banco Central se le fueron, en ese goteo cotidiano, casi 3000 millones de billetes estadounidenses y que, por supuesto, no entraron reemplazantes. Pero no miremos la foto, visualicemos la película. ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? De los últimos 10 años, en 6 cayó el PBI, es decir, nuestra capacidad de generar riqueza, por lo tanto, de generar recursos. No estamos contando el Producto de 2020, porque no sabemos de cuánto será la caída como consecuencia de la pandemia, pero descontamos que el número será brutal, como en todo el mundo. 

 Y aquí nuevamente, el argumentario que salió a relucir desde algunos sectores vinculados al oficialismo, es que el problema del sector externo es que hay fuga. Menudo descubrimiento sería inferir que el dinero es miedoso. Dejémonos de tonterías, el dinero va donde hay rentabilidad y seguridad y esos ejes hoy están ausentes en la Argentina. Es un reduccionismo vincular estos temas estructurales con el gobierno actual, que está recién llegado y encima lo agarró el coronavirus. La falta de rumbo estratégico es un problema estructural que atraviesa al turnismo argentino. Cuando el turno le toca a los librecambistas, traen como única respuesta al estrangulamiento del sector externo (falta de dólares), un endeudamiento irresponsable que después juega como condicionante a futuro. Y cuando el turno es del populismo (y lo de populismo lo decimos en el sentido del empoderamiento de los sectores populares) la respuesta al problema del dólar es cargar de regulaciones las transacciones o intervenir de tal manera en el comercio exterior que cualquiera que analice invertir prefiere salir corriendo. 

 Yendo a la estricta coyuntura, lo del dólar esta semana era crónica de una muerte anunciada. Basta recordar un reportaje que el presidente Fernández le dio a Eduardo Aliverti un mes y medio atrás. Allí Alberto, frente a la requisitoria periodística del problema cambiario, no tuvo mejor idea que decir que todo estaba en estudio, inclusive una suspensión de la venta de dólares ahorro. En adelante todo fue ruido entre el ministro de Economía, Martín Guzmán, que no quería restringir el acceso a esos dólares, con el argumento de que con el arreglo de la deuda algunos verdes vendrían, y el presidente del Central que quería cerrar el goteo hace mucho tiempo. Está claro qué criterio se impuso. 

 Los temas sensibles, y el dólar lo es, no pueden quedar librados a improvisadas declaraciones y bien podría la coalición gobernante tener una política de comunicación más institucional que exponga menos al presidente y exponga más a ministros y funcionarios. No es el fondo ni la solución a los problemas, pero a veces las formas ayudan. 

 La cuarentena o algo así 
 Se anunció una nueva extensión de la cuarentena hasta el 11 de octubre. Los datos de este tiempo indican que el área AMBA se encuentra estabilizada en el número de casos, pero con registros altos, aunque con una luz de esperanza hacia la baja. El problema de los contagios se extendió al interior y ya estamos empatados entre AMBA e interior. 

 Esta vez no hubo largas esperas frente al portón verde de Olivos y el formato elegido para los pocos y redundantes anuncios fue un simple video leído por la locutora oficial. Es evidente que el cansancio de la gente obliga a no saturar la televisión con conferencias tripartitas que ya generaban más desgastes que beneficios. 

 Frente a la falta de vacunas y a las noticias que llegan del mundo anunciando demoras hasta la primavera boreal, lo mejor es insistir con los protocolos, porque, entre otras cosas, la vida continúa.