Carta de Lectores

Por Gladis Naranjo

Hablando de discursos formidables…

04|10|20 15:36 hs.

Escribe Gladis Naranjo  

Hace muchos años, cuando asistía a la escuela primaria (en la época del vasito telescópico, el pupitre de madera con el hueco para el tintero y la Libreta de Ahorro) teníamos en 6to grado una materia que se llamaba EDUCACIÓN DEMOCRÁTICA. 

Aprendíamos los conceptos básicos y el significado de la democracia y de la república, de los poderes del estado, de sus funciones y sus limitaciones, del derecho y el deber del voto, y a recitar de memoria (igual que “Mi Bandera”) el Preámbulo de la Constitución Nacional. 

Con la letra prolija de mi maestro, estuvo muchos días escrito en el pizarrón de la galería, donde se escribían las cosas importantes. 

Qué orgullo cuando pude repetirlo íntegro y ningún error! Recuerdo también que en mi pueblo eran una fiesta los domingos de elecciones, y el misterio del cuarto oscuro, que pude develar muchos años después… 

Ya en la escuela secundaria, EDUCACIÓN DEMOCRÁTICA se transformó en INSTRUCCIÓN CÍVICA. Y entonces, además del Preámbulo, de memoria el Artículo 14. Y rebuscábamos en otros artículos hasta encontrar cuántos diputados y senadores, cómo se renovaban para integrar las Honorables Cámaras, los requisitos para acceder a esos honorables cargos, y los necesarios para los cargos ejecutivos…y nos empapábamos de solemnidad y respeto por la división de poderes… 

Los más aficionados al tema (futuros maestros), mezclados con Historia Argentina, leíamos y analizábamos los encendidos y formidables discursos de Alfredo Palacios o los más lejanos de Lisandro de la Torre escuchados en los debates del Congreso. 

Poco tiempo después de finalizar la escuela secundaria, un enorme y tenebroso paréntesis me sumergió primero en el desconcierto, después en el dolor y la rabia, y la lucha callada y persistente para recuperar aquél Preámbulo aprendido en mi niñez. 

Hasta que sucedió. Hubo un hombre que hizo (con su discurso tan formidable como los anteriores) que lo recitáramos otra vez a coro, en voz muy fuerte, con lágrimas en los ojos, reunidos en una plaza, en la esquina del barrio o en nuestras casas. Y se me arraigó para siempre. Lo del Preámbulo, lo del Art. 14, lo de la división de poderes, lo de la investidura y el respeto, lo de las Honorables Cámaras…

A veces esos conceptos languidecen en mi memoria, esmerilados por circunstancias políticas, económicas y sociales. Es que han pasado muchos años. 

Me ha llegado la edad de entender el desconsuelo de Discépolo, de la Biblia junto al calefón, del merengue en el que estamos revolcados, de la vidriera irrespetuosa… pero me niego a sentarme a un lado, a que sea lo mismo un burro que un gran profesor, o un sabio lo mismo que un chorro, a que todo es igual, al dale que va… 

Mantengo la esperanza en el esfuerzo, en seguir estudiando, en el trabajo, en la “sábana y el mantel”, en el olor a pan fresco sobre la mesa, en la mano tendida con respeto, sin gritos, sin abismos, sin cajas fuertes inexplicables, sin miedos, sin atajos mezquinos y vergonzosos, sin prepotencias… 

Permítanme compartir con ustedes el infantil e ingenuo deseo de poder saborear otra vez el recuerdo del patio de mi escuela, de la campana del recreo, del Preámbulo escrito en el pizarrón de la galería con la letra prolija de mi maestro. 

Y el poder recitarlo otra vez orgullosamente, en una esquina de mi barrio, o en la plaza, frente a frente con la bandera.